Cuatro siglos de mala escritura

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Cada vez se escribe peor, se quejan de continuo algunos profesores y gentes con cultura. Se le echa mucha culpa al sistema educativo, sin reconocerle el mérito de haber logrado que cada vez se escriba más: triste elitismo. Por otra parte, esta extendida decadencia de la prosa de cada uno no me parece que esté anulando la conciencia de la buena escritura: por ejemplo, cada vez se componen también más manuales de redacción y centros de consulta para el buen decir. Creo más bien que la responsabilidad de la escritura correcta y elegante se está desplazando a otros sujetos. Estaríamos volviendo a una relación con el texto similar a la de los primeros siglos de la imprenta, sobre la que nos ilustra Francisco Rico en su prólogo al Quijote (Santillana, 2011, pp. 1175-1176):

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Napoleón en la RAE

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La devoción por la memoria no es tan unánime como parecen sugerir todos los museos, leyes y elogios que se le dedican. Por ejemplo, está bastante claro que la detestan multitudes de estudiantes, y también pocos pero influyentes educadores. Resurgen además, de cada vez más vez en cuando, hablantes hipersensibles que pretenden borrarle la memoria a la lexicografía del español, extirpando del diccionario de la Real Academia Española aquellas definiciones que ciertas palabras tuvieron en ciertos momentos pero hoy ofenden (por eso han dejado de usarse).

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Don José Ido sigue clamando en el desierto

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Hoy como en 1887, quien tiene su gramática bien aprendida y ejercitada sufre al pasearse por la calle y clama en su rincón sin mucha esperanza. Sobre todo pensando la  cantidad de puestos de trabajo que se podrían crear extendiendo la profesión de corrector de estilo, necesaria en toda república. El ay del alma llega hasta el gobierno, a quién si no, como si este no pecara ya de suficientes cosas y que le importan a más gente, analfabetos incluidos:

Andando, andando, le entró de improviso un celo tan vehemente por la instrucción pública, que le faltó poco para caerse de espaldas ante los estólidos letreros que veía por todas partes. No se premite tender rropa, y ni clabar clabos, decía en una pared, y D. José exclamó: «¡Vaya una barbaridad!… ¡Ignorantes!… ¡emplear dos conjunciones copulativas! Pero pedazos de animales, ¿no veis que la primera, naturalmente, junta las voces o cláusulas en concepto afirmativo y la segunda en concepto negativo?… ¡Y que no tenga qué comer un hombre que podría enseñar la Gramática a todo Madrid y corregir estos delitos del lenguaje!… ¿Por qué no me había de dar el Gobierno, vamos a ver, por qué no me había de dar el encargo, mediante proporcionales emolumentos, de vigilar los rótulos?… ¡Zoquetes, qué multas os pondría!… Pues también tú estás bueno: Se alquilan qartos… muy bien, señor mío. ¿Le gustan a usted tanto las úes que se las come con arroz? ¡Ah!, si el Gobierno me nombrara ortógrafo de la vía pública, ya veríais… Vamos, otro que tal: se proive… Se prohíbe rebuznar, digo yo».
(Benito Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta IX,4)

 

Frivolidades

En este artículo de Castellano Actual he echado a un episodio de mi vida profesoral toda la magnanimidad y el buen humor que me caben en el cuerpo. Porque no me negarán que, de estas dos imágenes,

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afirmar (contumazmente) que la que encarna la frivolidad es la de la DERECHA no es como para decirse que más valdría, en verdad, que se lo coman todo y acabemos…

Porque podemos

Pablo Inglesias

No, esta entrada tampoco trata de él (con una basta)

Estas enjundiosas citas de Byung-Chul Han, filósofo germano-coreano (sic) contemporáneo a quien yo desconocía, se las debo a mi bien conocido Víctor Hugo Palacios, pensador peruano de la misma época.

La clave: para qué reprimir cuando puedes dar incentivos. Para qué te va amenazar tu amo con un castigo si puede simplemente manifestar su decepción. Qué mayor triunfo para él que lograr tu frustración porque la vida no te deja hacer… lo que no deseas. Sigue leyendo

Connim fuera 129 (sic)

Se lo decía a mis alumnos de Literatura Universal mientras la hubo en el plan de estudios: pocos tipos sociales han cambiado tan profundamente en su apreciación literaria como los médicos. Sigue leyendo