Noche de Reyes (va con cuento)

Mi “Maceta” debe tener raíces en la Europa oriental, porque en lo poco que lleva de existencia no sabe celebrar la Natividad sin la Epifanía. O sea, que es más del 6 de enero que del 25 de diciembre. Tiene sus razones para ello, y de hecho encaro esta noche con ganas de ponerme a echar de menos la tradicional fiesta de los Reyes Magos, olvidada en el Perú, y de paso reflexionar sobre globalizaciones diversas. Sin embargo, un rato de comunicación con mi familia en el Viejo Mundo me ha dejado ligero de espíritu. Así que cedo la palabra al mejor cuentista hispanoamericano del siglo XIX (mientras nadie me convenza de otra cosa), el mexicano Ángel de Campo, que tan bien se las componía con el humor y la ternura:

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Lo enorme, inerme

Así la muestra Rubens

Así la muestra Rubens

La de los tres Reyes Magos fue una inmarcesible epifanía. Esto entró en la conciencia humana cuando Gaspar, Melchor y Baltasar se postraron ante el Niño: la idea de que el signo más alto de la civilización se muestra en el respeto hacia las jerarquías inermes.

[Eugenio d’Ors, “Epifanías”, en Novísimo glosario]

B.S.O. (microcuento navideño)

A Saúl Fernández, que me obligó a escribirlo

Caminó ligero y sonriente entre aquella muchedumbre que ni le miraba con el ajetreo de sus compras. Compartió con vagabundos café y palabras cálidas. Se encaró con unos vándalos y los supo poner firmes. Conoció una belleza que le invitó a su fiesta de año nuevo, a quien él dijo que sí sin querer preguntarse cuánto habrían de durar aún su alegría, su entusiasmo, su generosidad, su delicadeza, su ingenio, su energía, su apostura, una vez que hubiera pasado el día de Reyes y se hubiera desvanecido de las calles aquella densa inundación de música clásica que le había hecho sentirse al fin protagonista de una vida de película.

Bestiario navideño

(Collage)

Adoración

Hoy mismo queda fuera de todas las justicias

despreciar como un perro al cinocéfalo,

o poner envidiosas zancadillas

al esciápodo raudo de pies como sombrillas.

Ay de aquel que, tras pasados estos días de alba nueva

vuelva a mirar a los blemias por encima de hombro alguno,

o, por más que se remita a Alejandro y Aristóteles,

moteje nunca más de monstruo a nadie.

Tres sabios han cruzado el siempre extraño Oriente

al paso sigiloso que nacen las estrellas,

camino de la tierra en que, aguardando

que una gota de sangre le regrese

el soplo luminoso de su origen,

yace la calavera de Adán, padre de todos.