Fiesta y vino hacen milagros

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Bajo dos perspectivas diferentes, acojo aquí dos poemas que coinciden en recrear el mismo episodio y en su interpretación. Refuerzan la de aquella memorable lectura  para una inolvidable boda: el milagro como locura festiva y embriaguez compartida entre el Hacedor y a quienes decide agasajar, muy especialmente, en ciertas ocasiones.
Caná Ballesteros Limache

A la izquierda, de Manuel Ballesteros, Poesía [1995-2014], p. 446. A la derecha, de Óscar Limache, Viaje a la lengua del puercoespín, p. 66

 

La primera es la que cuenta

o Un Greco revisado

El Escorial

Me gusta el monasterio del Escorial, más allá de lo anecdótico de festivos cursos de la Complutense -tinto de verano- o invernales días de sol frío -tinto a secas-, por su mezcla de monumentalidad y recogimiento. Coloso de granito en pueblito estepario, que prefiere el huerto al jardín versallesco, la recta y la arista al floripondio barroco. Que progresa de la fachada ciclópea al cuarto de estudio, del rey al hombre y, finalmente, a la osamenta; de la losa de mármol al baldosín de loza castellana. Me gusta por la manera en que se mimetiza en el paisaje, llanura con sierra al fondo que emana un frío cortante igual que sus esquinas. Me gusta porque, denostado por tantos autores (ejemplo), más por su historia que por su arquitectura, ha merecido luminosos versos de poetas caribeños, quién lo dijera.* Por último, me agrada por algunos de sus tesoros, la sala de los mapas o ciertas pinturas del Greco que tan poco agradaron, dicen, al rey constructor.

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El Cristo de los gitanos, en versos

Me pasé años pasando frente a él, domingo y fiesta de guardar tras otra, hasta enterarme de que era él, el de la procesión del Sacromonte en Semana Santa. Aquella perfecta imagen del Crucificado, con sus característicos cuatro clavos, era una talla de José Risueño, obra del mejor barroco granadino (que es del mejor barroco hispánico). Le rendían homenaje  versos de un entrañable poeta local, que nunca dejé de releer. Sigue leyendo

Musto pleni

Pentecotésd, por el Greco

Viene en el segundo capítulo del libro de los Hechos. A los discípulos se les habrá pasado ya el embobamiento de la Ascensión (“¿Por qué siguen mirando el cielo?”); la cara que ahora tienen probablemente sea un mudo “Y ahora, ¿qué?”. La misma que tres de ellos debieron de tener cuando bajaban del monte Tabor.

Pocos días después, el Espíritu que irrumpe. Viento, lenguas de fuego sobre sus cabezas. Se les abren los labios y el entendimiento, y así salen no solo hablando idiomas extraños, sino sobre todo sabiendo ya qué es lo que tienen que anunciar al mundo. Y, más raro todavía, se les debe de ver locos de alegría, puro entusiasmo en esa babel donde ya todos se entienden. Tanto, que muchos que los miran se burlan y dicen de ellos que “están llenos de vino”. Sigue leyendo

Diez años de “La pasión”

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La pasión ha vuelto en estos días a la pantalla chica, embutida como en mal jamón de York junto con el habitual revoltijo televisivo de Semana Santa (ingredientes: cualquier película en la que haya romanos o señores con faldita que se les parezcan). Este filme de Mel Gibson, aparte de plantar un último hito en su género, se convirtió en signo de contradicción y piedra de escándalo por una pila de razones. La acusación más difundida por sus detractores fue la de que “incitaba al odio”; paradójicamente, creo que no les faltaba razón porque pocos cineastas habrán sido más odiados que Gibson a causa de esta cinta. Sigue leyendo

Cuando pedí su muerte

La liturgia del Domingo de Ramos prescribe una lectura completa de la Pasión de Cristo. En ella, es frecuente –aunque creo que no prescriptiva– la lectura a varias voces: la del evangelista por un lado, y por otro la de los diferentes personajes. Al sacerdote corresponden las palabras de Jesús, repetición que se une a la cotidiana del rito de la Eucaristía.

Esta pequeña dramatización rapsódica la llevo escuchando toda la vida, a veces con hermosas variaciones como aquella vez en Roma, cantada en latín por un coro que si no era gregoriano lo parecía (según cierto dicho familiar, los de mi estirpe paterna tenemos en vez de oído una madreña). La mejor tomó una forma, sin embargo, mucho más discreta, en Santa Ana de Granada que es la primera de las muchas parroquias de mi vida.

Allí se repartieron hojas entre los feligreses, para que nosotros mismos leyéramos al unísono las palabras de los personajes secundarios. Un método sencillo que, superados los primeros desajustes de ritmo, se reveló muy eficaz. No solo por lograr, vista desde fuera, una mayor participación en la misa de toda la comunidad: Si ya conmueve después de tantos siglos el tremendo clamor de “Crucifícale”, cómo no va a hacerlo más aún si oyes que sale de tus propios labios, si comprendes la maldad del papel que estás asumiendo y, por último, te acabas reconociendo en él como hecho a tu medida. Se convierte en una recomendable cura de humildad; tal vez esa era la idea.

Lo enorme, inerme

Así la muestra Rubens

Así la muestra Rubens

La de los tres Reyes Magos fue una inmarcesible epifanía. Esto entró en la conciencia humana cuando Gaspar, Melchor y Baltasar se postraron ante el Niño: la idea de que el signo más alto de la civilización se muestra en el respeto hacia las jerarquías inermes.

[Eugenio d’Ors, “Epifanías”, en Novísimo glosario]