El Caballero de los (muchos) Espejos

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La Segunda Parte del Quijote cuenta en sus primeros capítulos cómo, al poco de abandonar el Toboso y convencido por las triquiñuelas de Sancho de que su señora Dulcinea está encantada, el protagonista se encuentra en un bosque con un caballero andante que sobre las armas traía una sobrevista o casaca de una tela, al parecer, de oro finísimo, sembradas por ella muchas lunas pequeñas de resplandecientes espejos, que le hacían en grandísima manera galán y vistoso (II, 14). Probablemente se sorprenda menos que sus lectores, que hasta ahora no habían visto presentarse directamente a ningún personaje propio de los libros de caballerías dentro del prosaico mundo que rodea a los personajes de la novela.

Claro que no tardará en conocerse la verdad: el enigmático Caballero de los Espejos no es otro que el bachiller Sansón Carrasco, que, después de haber animado a Don Quijote a emprender nuevas aventuras dándole a conocer la fama del libro que cuenta las pasadas, se ha propuesto salirle al paso para desafiarle, vencerle y obligarle a regresar definitivamente a su aldea.
Por una parte, el episodio repite el patrón al que nos había acostumbrado la Primera Parte y se repetirá también en la Segunda: la locura de Don Quijote tiene tal poder transformador que, por prudencia, burla o compasión, todos acaban por seguirle el juego y actuar como él espera que lo hagan las criaturas de ficción caballeresca de quienes él cree formar parte.
Por otro lado, el personaje y el episodio tienen características singulares, más allá de la inesperada derrota de Carrasco que hace que nuestro egregio loco vuelva a andar suelto por los caminos. Sea cual fuere la figura caballeresca o carnavalesca que inspirara la figura a Cervantes mientras escribía, no han pasado en vano siglos de interpretación metaficcional e infinitos espejos borgesianos. Es decir, que es fácil ver en el personaje del Caballero de los Espejos precisamente eso, el reflejo magnificado del protagonista. Un personaje que, después de haber puesto como bachiller ante los ojos del hidalgo la fama de sus cómicas hazañas y su condición de personaje literario, como caballero se jacta de haber él mismo llevado a cabo descomunales proezas nunca alcanzadas por el Caballero de la Triste Figura: Detuve el movimiento a la Giralda, pesé los Toros de Guisando, despeñeme en la sima y saqué a luz lo escondido de su abismo…
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Está además la decisiva importancia de cuando el de los Espejos alardea de haber vencido al propio Don Quijote de la Mancha. Bravuconada que, por lo menos para el bachiller, no tiene otro objetivo que el de provocar al aludido, pero que anticipa una clave de toda la Segunda Parte: la existencia de dobles, que usurpan y envilecen su fama, con los que el verdadero Quijote corre el riesgo de encontrarse: También habéis de confesar y creer —añadió don Quijote— que aquel caballero que vencistes no fue ni pudo ser don Quijote de la Mancha, sino otro que se le parecía, como yo confieso y creo que vos, aunque parecéis el bachiller Sansón Carrasco, no lo sois, sino otro que le parece, y que en su figura aquí me le han puesto mis enemigos
Y esto, por más que algunos sostengan que a esas alturas de la redacción Cervantes aún no había decidido tomar el Quijote apócrifo de Avellaneda, caricatura o espejo deformado del verdadero, como pauta para buena parte de las andanzas de este.
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