Leer con lápiz

Hace bastante tiempo ya que me desbordan lecturas pendientes. Todo lector –más aún al que la lectura le ocupa tanto el trabajo como el ocio- posee su larga lista de libros no solo que le gustaría leer sino que, efectivamente, empieza a leer y no abandona pese a ir emprendiendo al mismo tiempo la lectura de otros y más otros. Me acabó pasando, como con tantas cosas, que por querer leerlos todos no llegaba a leer ninguno.

Algo que demora aún más mi progreso con los libros es la adquirida manía profesional de leer siempre con lápiz a la mano. Subrayados, anotaciones y correcciones van dejando, como quien se interna en un bosque, su rastro de señales para un eventual regreso. Así se ayuda la memoria sobre lo que pensaste en un determinado momento de lectura, pero también no pocas veces, ay, a recordar esa misma página donde, si no, hubieras creído llegar por vez primera.

Es un placer embebedor leer con lápiz. Ayuda a concentrarse en la lectura –necesidad del distraído- y a participar en ella con lo más parecido al diálogo que puede tolerar la “letra muerta”. Diálogo con el autor, y con aquellos terceros lectores que puedan acceder a mis propias anotaciones e intercambiar con ellas sus propios puntos de vista. Por supuesto, la práctica tiene sus desventajas: para empezar, muchos quieren sostener con el libro un coloquio en la intimidad, y les estorban quienes pretendemos (sin beneplácito, además, de la editorial) el papel de mediadores o terceros. Te lo agradecen menos aún si son copropietarios de los libros: por esa razón mi lápiz respeta siempre los volúmenes de bibliotecas públicas o ajenas (recurro entonces a fichas y cuadernos); y yo siempre siento algún remordimiento en pleno raya que te raya de unas páginas que tal vez vaya a leer luego mi esposa.

No se quedan aquí los inconvenientes de naturaleza familiar: ¿con qué autoridad digo a mis hijas que “no se pintan los libros” cuando ven que diariamente papá lo está haciendo delante de ellas? Está también la incomodidad física, cuando los espacios que uno puede reservar a la lectura son los de un accidentado trayecto de taxi (no digamos ya de mototaxi), o compartidos con un bebé que es necesario tener, cuando no al hombro, sí bien al alcance de la vista. La atención o el propio manejo del lápiz se convierten entonces en una gran dificultad.

Ante tales obstáculos lapiceros, que dejan en nada el persistente problema de la lentitud, hace pocos meses que decidí someterme a una nueva disciplina de lectura. En primer lugar, concentrarme solo en dos libros simultáneos. Y, en segundo, que uno de ellos esté destinado a lectura lapicera, con suficiente lapso de tiempo y sosiego en mi entorno como para permitirme la concentración; y el otro sea para leer sin lápiz, por mera distracción, en los rincones de tiempo que no vayan a permitir una lectura morosa y detallista. Para estas lecturas sin lápiz, escojo normalmente el género de la historia, o me arriesgo con textos literarios de los que no espero obtener materia profesional, estética o filosóficamente interesante, es decir anotable.

El método, de momento, resulta. Con algunas sorpresas, claro: por ejemplo, como donde menos se piensa salta la liebre (lema que prefiero a aquel que decían nuestros clásicos, citando a sus clásicos, de que no hay libro tan malo que no contenga algo bueno), ya llevo pasados varios malestares cuando, en plena lectura de entretenimiento marginal (cuyos márgenes pensaba respetar) me encuentro con un dato memorable, una idea digna de aprobación o discusión, un feliz hallazgo del estilo. Cuando no se me pasa la angustia de inmediato, no queda otra que acudir al lápiz, y luego soltarlo pero no tan lejos como antes.

También me está pasando que me noto cada vez más aficionado a la ficción ligera y al ensayo histórico, a la sucesión de hechos que al exceso de preocupaciones formales. Si me estoy corrompiendo o me estoy purificando, lo veremos. Lo importante, al fin y al cabo, es que sigo logrando tiempo para leer.

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4 pensamientos en “Leer con lápiz

  1. Un libro electrónico -supongo que la sola idea te parecerá espantosa- es muy cómodo para esto, sobre todo si tienes marcas de página, o subrayados (en los táctiles). El mío no tiene casi nada (creo que marcas de página sí, pero ni las he probado), pero se lee de maravilla, en cualquier sitio, y cualquiera de los libros que lleves abiertos. Para los voraces como tú, es gloria bendita.

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    • No solo no me parece espantosa, gran Beades, sino que es el nuevo juguete que me han dejado los Reyes Magos y que estAMOS usando en casa con fruición (nota: ir ahorrando para comprarle el suyo a Mrs. Prendes). Aunque los subrayados aún me “patinan” un poco, en el rápido manejo del puntero para teclear anotaciones encuentro un verdadero placer de espadachín.

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      • Ole! Me alegro entonces por vuestro salto a la tinta electrónica. Se ahorra -dinero y espacio- una barbaridad. Yo estoy leyendo ahora Guerra y Paz en el e-reader, y desde luego el tocho no me pesa.

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      • Bueno, por más razón que tengas -que la tienes-, yo con “Guerra y paz” tengo reservada una cita en la voluminosa edición de las obras de Tolstoi en Aguilar. Al menos, para los capítulos que vaya a leer dentro de casa. No es que yo sea muy bibliófilo, pero hay libros (léase tomos) que ya son un poco como de la familia, y creo que hay que darles algo de conversación igual que al abuelito.

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