La discriminación positiva: ese invento inquisitorial

Menoscabar el derecho de un individuo por favorecer el de un colectivo, con el pretexto de compensar arraigadas desigualdades, siempre me pareció un retroceso a los tiempos del Antiguo Testamento, cuando los padres transmitían culpas a sus hijos. Aunque últimamente me he ambientado algo más cerca, en la España del Santo Oficio.

Antiguos alumnos becados por falta de recursos ajustan cuentas con hijitos de papá

Esto requiere explicación. Sobre todo, porque los parangones cotidianos con la Inquisición suelen ser poco rigurosos. A demasiadas voces críticas o censuras personales (eclesiásticas, periodísticas, políticas…) se les suele replicar con el adjetivo de “inquisitoriales”. Algo tan fácil, impactante y vago como, en otros contextos (o no tan otros), “racista”, “radical”, “medieval”, “fascista”, “golpista”, “terrorista”, “nazi”, “caviar”… y no se me ocurren más.

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Hartazgo de liderazgo

Con lo que aburren sobre el tema, dedicarle solo una entrada sabía a poco, y mi archivo incluye algunas notas relacionadas que daba lástima tirar.

No hay colegio ni universidad que no nos prometa formar líderes, ni empresa que no nos diga estar buscándolos, ni librería que no abarrote varios de sus anaqueles con recetarios para acceder al liderazgo. A veces, hasta límites tan enfermizos como este:

Pero tío, ¿y si el niño quiere jugar al ajedrez, sencillamente, porque le gusta?

“Formamos nuevos líderes competitivos”… Pero tío, ¿y si el niño quiere jugar al ajedrez, sencillamente, porque le gusta?

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Formados para mandar

Entre el diluvio de frases mandelinas que sucedieron al fallecimiento del histórico líder sudafricano, hubo una que me pareció tan llena de buenas intenciones como expresada con poca fortuna:

 La educación es el gran motor del desarrollo personal. Es a través de la educación como la hija de un campesino puede convertirse en médico, el hijo de un minero puede convertirse en el jefe de la mina, o el hijo de trabajadores agrícolas puede llegar a ser presidente de una gran nación.

Desafortunada, por un soterrado clasismo según el cual un gobernante o un médico valen más que un campesino, y según el cual un minero educado que no se convierta en jefe de la mina es un fracaso. En fin, que las barreras que supera la escuela no son otras que las que median entre el proletariado y la burguesía o la patronal.

Tal vez la sentencia encerraba algo de la obsesión que le ha brotado al discurso pedagógico actual por “formar líderes”: en Perú, por lo menos, es un auténtico virus. Tampoco descarto que Nelson Mandela pudiera imaginar la existencia de mineros y campesinos activos y también más felices gracias a la educación, pero cuya evocación hubiera requerido de unos matices demasiado sutiles para encerrarse en la breve redondez de una frase histórica. Así somos: recordamos mejor lo corto, y también lo exagerado (de ahí el éxito de tantas memeces que ruedan en forma de memes).

La amarga lucidez del liderazgo

Más su fatal soledad. Puede ser que, después de Alfred de Vigny, la literatura francesa jamás haya retratado con más tino la grandeza y servidumbre de las armas (“¿No es milicia la vida del hombre sobre la tierra?”, recuerda el Libro de Job) que en este trágico y conmovedor fragmento.

En Goscinny, R. / Uderzo, A.,  Asterix y los godos, Barcelona, Grijalbo, se me olvidó mirar la página.

En Goscinny, R. / Uderzo, A., Asterix y los godos, Barcelona, Grijalbo, se me olvidó mirar la página.

Cuando la felicidad llama a tu puerta

Una reciente mañana cualquiera de trabajo, se me filtra en la bandeja de entrada del correo electrónico el siguiente mensaje (nombres propios y títulos han sido astutamente alterados, pero el resto es verdad verdadera): Sigue leyendo