López Albújar, el realista

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Es más o menos sabido que la novela realista y naturalista llegó al Perú en las últimas décadas del siglo XIX, de la mano de documentadas y dinámicas escritoras como Mercedes Cabello de Carbonera o Clorinda Matto de Turner, la recordada autora de Aves sin nido. La sociedad de su tiempo, rural o urbana, se convertía con todo su detalle y sus problemas en materia narrativa tras la estela de los Balzac y los Zola franceses, los Galdós y las Pardo Bazán de España, los Dickens de Inglaterra,  los Cambaceres de Argentina. Sin embargo, creo que conviene señalar que hasta que no aparecieron, a principios del siglo XX, las narraciones de Enrique López Albújar, ese realismo criollo no alumbró nada que merezca la pena de ser leído sin obligación escolástica. Por eso recomiendo aquí los Cuentos andinos; en cuanto a la famosa Matalaché, se trata de una una novela mediocre pero de notable prosa: su autor aspiraba a componer una especie de Los Rougon-Macquart a la peruana pero le salió, como a tantos otros cuentistas que ensayan por única vez el género de la novela (pienso en Edgar Allan Poe o en Oscar Wilde), un relato hipertrofiado.
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Sobre aventuras, folletín, clásicos y colonialismo (me explico)

Pío Baroja, clásico

Encuentro un comentario semihostil a mi recomendación del Shanti Andía, y lo respondo velozmente (de ahí, creo, algún anacoluto que otro, que en mis macetas suelo poner un poco más de esmero). Me ha salido tan amplio que acabo por dedicarle entrada aparte. Puede ser que haya más gente que no me haya entendido, aunque espero que ofendidos no haya muchos más.

Clásico menor (también con huella)

Nota de 2018: Para más rigurosa definición, no por ello menos amena, del género de la “novela de aventuras históricas”, remito al blog Ínsula Barañaria del profesor Carlos Mata Induráin. Tanto sobre el  representante mayor de este género menor (en España al menos), como sobre Navarro Villoslada.

Amar y mirarse

No sé ya dónde de la red, me he vuelto a encontrar hace poco  con uno de los aforismos más celebrados de nuestra civilización. Aunque no está en El Principito, vi que se lo atribuían a Saint-ExúperyAmar no es mirarse el uno al otro, es mirar juntos en la misma dirección.

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