Sobre aventuras, folletín, clásicos y colonialismo (me explico)

Pío Baroja, clásico

Encuentro un comentario semihostil a mi recomendación del Shanti Andía, y lo respondo velozmente (de ahí, creo, algún anacoluto que otro, que en mis macetas suelo poner un poco más de esmero). Me ha salido tan amplio que acabo por dedicarle entrada aparte. Puede ser que haya más gente que no me haya entendido, aunque espero que ofendidos no haya muchos más.

Clásico menor (también con huella)

Nota de 2018: Para más rigurosa definición, no por ello menos amena, del género de la “novela de aventuras históricas”, remito al blog Ínsula Barañaria del profesor Carlos Mata Induráin. Tanto sobre el  representante mayor de este género menor (en España al menos), como sobre Navarro Villoslada.

Iohannes S.A.

A Umberto Eco, in memoriam

Los mitos medievales más populares de hoy día, como la tierra plana o la persecución de brujas, deben su permanencia a tener más de fabulaciones modernas que de medievalismo.

Primera imagen conocida de Arturo y compañía (catedral de Módena)

Otra figura mítica conocida es la del rey Arturo. Esta feliz falsificación, auspiciada por unos reyes de Inglaterra que querían presumir de ancestros a la altura del Carlomagno de los francos, nació en las cortes del siglo XI. Desde allí, los poetas lo difundieron por toda Europa, donde fue acogido como un símbolo de pasada grandeza por una nobleza feudal que empezaba su declive. Tras siglos de olvido, otros poetas lo resucitaron en el siglo XIX a mayor gloria de los gentlemen británicos que, inspirados por las gestas de Cecil Rhodes o las prosas de Rudyard Kipling, se querían comer el mundo en tiempos de Victoria y Eduardo. El resto, o sea su descenso de mito cultural a leyenda audiovisual, lo fue haciendo Hollywood a lo largo del siglo XX.

Enésima puesta al día

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Ucronía y negritud

Vuelvo con Mandela, ya que por buscar su cita aquella me encontré con esta otra en la que el Madiba se metió a la forma más segura y a la vez más discutible de ser profeta: la de contar la historia de lo que nunca ocurrió. La reproduzco aun sospechando que podría tratarse de una de tantas genialidades apócrifas que buscan mayor audiencia en internet arrimándose a una fuente con autoridad (la mayor víctima de ellas en los últimos tiempos creo que es el papa de Roma):

Si el desarrollo del pueblo africano en su propio país no hubiera sido interrumpido por la llegada de los blancos, se habría producido un desarrollo igual al de Europa y al mismo nivel, sin ningún contacto con nadie (Fuente).
No sé cómo interpretar la frase. Por una parte, sugiere un mecánico optimismo sobre la evolución de las sociedades, propio del siglo XIX (europeo) y difícil de creer en cuanto que se confía al aislamiento geográfico y cultural. Sin embargo, podría estar más bien expresando pesimismo antropológico: una conciencia resignada de que el africano, para devastar tierras con el arma y con la máquina, más autodestruirse con el nihilismo, el hedonismo y la codicia igualito que en Europa, podría haberlo hecho él solo y sin ayuda.
Lo demás es utopía. Arcaica.
Nota de 2018: Desconocía en el momento de redactar esta entrada que la utopía susodicha tenía su propio soporte literario. Ha tenido que pasar al cine comercial para que me entere. El héroe sudafricano debía de imaginarse como realidad frustrada esta versión afromarvelita de la aldea de Astérix: