Lápiz y fusil

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No sé si el siglo XXI, que promete seguir siendo pródigo en matanzas, consolará un poco a la posteridad con algún escritor militar a la altura de cuantos, desde Jenofonte hasta el siglo pasado, han armonizado con excelencia las armas y las letras. En aquellos años, fastidiosamente lejanos, de conversaciones enjundiosas en la sala de becarios, escuché a Juan Varo calificar a Thomas E. Lawrence y a Ernst Jünger de los mejores escritores militares del siglo XX. Quizá haya quien pueda contradecirlo, pero lo cierto es que tanto Los siete pilares de la sabiduría como Tempestades de acero dejan un listón bien difícil de superar. Por no agregar otros escritos menores de Jünger, también sobre la Primera Guerra Mundial, y sus sosegados diarios de la Segunda (Radiaciones), donde curiosamente apenas se huelen la pólvora y la sangre. Sigue leyendo

“Miradme, que pasa el mar”

Una de mis rutas más frecuentadas cuando vivía en España era la del Bus Madrid-Granada. Hoy día, como todas, esta hace su parada y fonda en algún gran restaurante-buffet, frío y reluciente en plena carretera, pero durante muchos años la línea estuvo deteniéndose para baño, bocadillo y estirarse en cierto hostal, con barra y tiendecita, en un lugar de la Mancha llamado Almuradiel. La media hora de la parada me daba tiempo para peregrinar, a paso lento, hasta el rincón para mí más curioso y evocador del pueblo: el mástil del minador “Marte” que se alzaba en un desvío como homenaje de veteranos de la Milicia Universitaria, evocando la admiración de don Quijote (que tan poco se asombraba de sus propias fantasías) ante el mar y los barcos cuando llega a Barcelona. En aquel punto de la Meseta sur, a un paso de Sierra Morena y lejísimos del mar, la carretera se desviaba hacia Viso del Marqués, sede insólita del Archivo General de la Marina española por su vinculación con mi paisano don Álvaro de Bazán, el “padre de los soldados” que lo llamó Cervantes.

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El trono y la aventura

La historia europea del siglo XIX produjo dos tipos humanos trascendentales. Uno pasivo: el del príncipe de encargo. Miembro de rancia y fecunda dinastía, asciende a un trono recién creado a fin de lograr el consenso entre los intereses de los poderes locales y las grandes potencias. Aquel nuevo invento de las repúblicas era todavía demasiado inestable (los experimentos, con gaseosa); ante el demostrado revuelo continental que podía levantar la coronación de un advenedizo como Bonaparte, mejor dejarlo en manos de individuos sanguíneamente preparados para empuñar el cetro. Sobraban en Europa tanto naciones emancipadas como príncipes sin trabajo, Leopoldos para Bélgica, Otones y Jorges para Grecia, Fernandos para Rumanía, Amadeos para España… Sigue leyendo

… y sobre quienes evitan mirar al cielo.

Lawrence sin sombrero

Lawrence sin sombrero

A propósito de los pródigos Siete pilares  de Thomas E. Lawrence. A propósito de las eternas diferencias entre oriente y occidenteA propósito del uso del sombrero, que en este fragmento remonta el vuelo de lo meramente cultural a lo teológico:

Nuestro empecinamiento en llevar sombrero (debido a nuestra ignorancia sobre las causas de la insolación) había conducido a los orientales a ver en él algo significativo, y después de reflexionar mucho sobre ello sus cabezas más sabias llegaron a la conclusión de que los cristianos llevaban algo tan espantoso con el fin de que sus alas se interpusieran entre sus débiles ojos y la incompatible visión de Dios. Así, el sombrero recordaba continuamente al Islam que Dios, el mal llamado, era también poco querido por los cristianos.

(Los siete pilares de la sabiduría XVI)

Recuerdo a todo esto cómo el presidente Kemal Atatürk fomentó en Turquía el uso del sombrero, en lugar del tradicional fez otomano. Fue una de sus más vistosas reformas europeizadoras y secularizadoras, me huelo ahora que con más de lo segundo que de lo primero.

Kemal con sombrero

Kemal con sombrero

Sobre el horror de mirar el cielo…

Una de las últimas malas noticias del año 2013 tuvo por protagonista al actor Peter O’Toole, quien partió a hacer compañía a Enrique II de Inglaterra, a Thomas E. Lawrence y, en el mejor de los casos, a Cristóbal MagallanesSigue leyendo