Primer pago a Elena Fortún

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Considerándolo en frío, imparcialmente, es posible que haya escritores que cito mucho menos que otros, y a los que sin embargo debo mucho más. Que entraron en mi vida mucho antes, que arraigaron en mi gusto y mi memoria de manera perenne y a los que, lo más importante, he vuelto repetidas veces, aun después de décadas sin mirarlos, y siempre con la misma afición o mayor todavía.

Es el enorme caso de Elena Fortún. Devoré de niño casi la colección casi completa que teníamos de Celia y su mundo, vencidos los iniciales recelos (al fin y al cabo, sus iniciales destinatarias eran mis hermanas, que por su parte le hicieron más bien poco caso). Ya de universitario, aprovechando que la serie de TVE puso a Celia otra vez de breve moda, compré unos pocos títulos de los que nos faltaban, y una vez más, muchos años más tarde, tenté con ellos a mis hijas.

457134No solo tuve éxito, sino que descubrí que Renacimiento llevaba unos años reeditando la obra completa de la autora, de manera que hoy por fin, peinando canas, puedo presumir de tener conmigo toda la colección de Celia (juntando, eso sí, tomos de tres editoriales distintas). Sigue leyendo

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Flojera y reputación

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Docente que conozco, cuyo nombre no diré, se queja de que en la institución donde trabaja, que me callo, le obligan a aprobar a todos sus alumnos. La indignación que esto produce sobre las prácticas de ciertos centros educativos de este país, no tardo en extenderla a una profunda desolación sobre el funcionamiento del país entero. Ocurre cuando Docente Que Conozco no encuentra mejor símil para quejarse de sus alumnos, que llegan tarde a clase cuando llegan, que no se esfuerzan nada, que esperan recibirlo todo hecho, que decir que se creen que son congresistas.

Educar sin instruir

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Cotidianamente se le deja claro a los papás que la educación no consiste en que los niños asimilen conocimientos en el colegio, sino habilidades, destrezas y -sobre todo- valores. Lo que pasa es que insisten tanto en ello que uno acaba oliéndose que se trata de una excusa anticipada al resultado de que los niños saldrán del colegio sin conocimientos ni para resolver un crucigrama. Lo pagamos luego los profesores de universidad que, a nuestros señores graduados, gloriosamente ingresados en nuestro centro de educación superior, debemos explicarles insondables arcanos como la mayúscula de los nombres propios, la existencia real del punto y seguido o el valor no ornamental de la tilde.

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Leer, cosa (solo) de niños

(Nota en época de preparación de útiles escolares) 

Hay que ver lo que puede parecerse cualquier papá (por ejemplo, piurano) de nuestros días, a un barón austrohúngaro de mediados del XIX:

El capitán Trotta no leía libros, y en el fondo sentía compasión por su hijo, que ya iba entrando en edad de habérselas con la tiza, la pizarra y el borrador, con el papel, la regla y las tablas de multiplicar, y al que ya esperaban los inevitables libros de lecturas.

(Joseph Roth, La marcha Radetzky, cap. I)

Los comulgantes

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No pongan esa cara tan seria: les prometo que no voy a hablar de cine. Lo siento.

Cierta anécdota de hace años que me fue muy celebrada en Facebook me había hecho creer que mi primogénita entendía la diferencia entre poder como ‘capacidad’ y como ‘tolerabilidad social’ (los que se hayan leído la Ética a Nicómaco seguro que sabrán designarlos mejor que yo).

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Forty power

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El mundo es de los cuarentones, me vino a decir en tiempos remotos el amigo, condiscípulo, periodista y escritor Saúl Fernández. Sería cuando en la TV nos rociaban con recuerdos de los años 60 (a la década siguiente empezó la serie Cuéntame que hoy va por los 80), reponían películas de Tony Leblanc, de Paco Martínez Soria y de Marisol preadolescente. Se escuchaban reversiones de éxitos musicales de la España del “seiscientos“, desde Nino Bravo hasta el Julio Iglesias que todavía no se había marchado con sus gemíos a Miami.

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Últimos pero caprichos

(Mi apostilla existencial a este viejo artículo cultural)

Antes de partir

Educa a tu hijo, bajo la común aprobación, en que ni el dinero ni la fama hacen la felicidad; en que valore lo que tiene y si quiere tener más, que se esfuerce por ganarlo; en que importa más el ser que el tener porque al final de tu vida importará más lo bueno que hayas hecho que lo que hayas recibido… y mándalo luego todo al cuerno al conmoverte, igual que todos, con la dicha del niñito (o el abuelete) agonizante en el que todos se volcaron para llevarle ante el famoso idolatrado, o al concierto o al partido o al país que anheló toda su vida.

Como si a la muerte le importara lo bailao.