Conquistadores españoles, mito anglosajón

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Los conquistadores españoles de América fueron aventureros de pocos escrúpulos pero a quienes la historia cultural privó de la aureola romántica de otros sujetos no mucho más recomendables, tales como piratas del Caribe, pioneros del Oeste o exploradores de África. La literatura tiene aquí mucho que ver, y ya me referí otras veces a cómo los protagonistas de la crónica de Indias llegaron demasiado pronto a su cita con la literatura.

Sin embargo, el hispanismo de los románticos del siglo XIX, además de devolvernos a Calderón y a Don Quijote porque supieron leerlos mejor que los propios españoles, por un tiempo elevaron a una categoría mítica a aquellos varones ilustres. Vuelvo a referirme al libro de Henry Kamen, prometo que por última vez, y a tratar un poco de héroes y novelas de aventuras, aquí ya no prometo nada. Cuenta el historiador británico (pp. 88-89) que durante el siglo XIX, en Estados Unidos

los historiadores elogiaron las hazañas de Pizarro y los escultores exaltaron su imagen (…). Los estadounidenses admiraban a los conquistadores españoles como si, en cierto sentido, prefigurasen a sus propios pioneros, y no fue ninguna sorpresa que la primera biografía fiel de Pizarro la publicase un especialista estadounidense que ya se había distinguido por su vida de Cortés, es decir, William H. Prescott. (…) Prescott y otros estadounidenses (como Washington Irving) despejaron el camino para resucitar a los héroes dando a conocer el arte de la época de la expansión de España y ensalzando su historia. Para otro historiador estadounidense, Pizarro y Cortés encarnan el ideal de la gran capacidad bélica de los españoles: «(…) Hasta un grado superlativo, los conquistadores simbolizaban el genio particular de España».

Ya decía yo, me dije. Ya decía yo que en algunas de mis impresiones de la joven cultura norteamericana había notado ese rastro de admiración por los conquistadores del siglo XVI. No era posible ignorar, para aquella cultura formada en el espíritu de la frontera, que los primeros en  pelear con los pieles rojas habían sido aquellos señores del casco y de la espada, que dejaron huella duradera de caballos, vacas, misiones y palabras. Está el caso de aquella famosa escultura errante y madeinusa de Pizarro que puede admirarse en Trujillo de Extremadura, y también en lugares distintos (según sean los vientos políticos) de la capital peruana. O la alegoría de las civilizaciones que corona la sala de lectura de la Biblioteca del Congreso de Washington, donde una España de yelmo y coraza ofrece como su aportación a la humanidad la noción de “Descubrimiento”.

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En posición de las cuatro en punto

Y, aunque hay que reconocer que de Hollywood no han salido grandes películas sobre la materia, desde luego sí ha contribuido a difundir leyendas como el de la búsqueda de El Dorado y de la fuente de la Juventud (sobre esta última, la leyenda me parece menos la fuente que la idea de que los españoles realmente esperaban encontrar semejante cosa).

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En fila sucesiva, el Zorro metido en la conquista de México, el capitán Von Trapp haciendo de Atahualpa, una zoncera más de Disney (aunque no sea de Disney, pero a quién le importa) y a Wolverine en pos de la eterna juventud

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Y de propina, el cacique lakota le enseña a Kevin Costner un recuerdo de familia (Dancing with Wolves, 1990)

Repaso los archivos que siempre van conmigo, y compruebo que guardaba unas pocas citas sobre el tema. La mitad, curiosamente, no son estadounidenses sino británicas. Kamen no habla en absoluto de la vigencia del mito español entre sus compatriotas de la época del colonialismo, él sabrá por qué. El protagonista de “The Song of Diego Valdez”  de Rudyard Kipling, no es propiamente un conquistador, pero sí un navegante que inevitablemente asociamos con la carrera de Indias. Su melancolía existencial aparece aún más romántica e incierta (y concentrada) en “Eldorado” de Edgar Allan Poe.

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Este poema me cautivó aun antes de interesarme por este tipo de cosas, por escucharlo de niño recitado por un jovencísimo James Caan (o su doblador español, bueno) en la película homónima de Howard Hawks.

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También en mi infancia, pero más adelante, me apasionaron por un tiempo, gracias a la biblioteca pulp de mi tío Antonio, las novelas de Tarzán de Edgar Rice Burroughs. El Tarzán original, como el de las películas en blanco y negro con Johnny Weissmüller, era colonialista y racista, y todavía no animalista y cristofóbico como el de ahora, pero sobre todo era un afanoso descubridor de civilizaciones perdidas en el corazón del continente negro. En Tarzán el indómito, se veía obligado a cruzar un terrible desierto hasta las inmediaciones de Xuja, la ciudad de los locos que adoraban al papagayo y se alimentaban de carne de león. En los barrancos cercanos, el hombre-mono hacía un macabro descubrimiento (cap. VII):

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Cuando se acercó Tarzán vio el cráneo y los huesos blanqueados de un ser humano a cuyo alrededor se encontraban la ropa y el equipamiento que, al examinarlos, llenaron al hombre-mono de curiosidad hasta tal punto que por un momento olvidó la difícil situación en que él mismo se encontraba, absorto en la contemplación de la notable historia que sugerían estas mudas pruebas de una tragedia ocurrida mucho tiempo atrás. (…) Cerca del esqueleto se encontraba un casco de latón trabajado y un peto de acero corroído, mientras a un lado había una espada recta en su vaina y un antiguo arcabuz. Los huesos correspondían a un hombre corpulento; Tarzán sabía que debió ser un hombre de extraordinaria fuerza y vitalidad para haberse adentrado tanto en los peligros de África con aquel armamento pesado pero, al mismo tiempo, inútil.

El hombre-mono sintió una profunda admiración por este aventurero anónimo de tiempos pasados. ¡Qué bruto debió ser y qué gloriosa historia de batalla y vicisitudes caleidoscópicas de la fortuna debió de encerrar en otro tiempo aquel cráneo emblanquecido! Tarzán se inclinó para examinar los jirones de ropa que aún quedaban junto a los huesos. (…) justo debajo de los huesos de una mano se hallaba un cilindro de metal de unos veinte centímetros de largo y cinco de diámetro. Cuando Tarzán lo cogió vio que en otra época estuvo lacado y resistió los estragos del tiempo tan bien como para encontrarse en un estado de conservación tan perfecto entonces como cuando su propietario cayó en su último y largo sueño, quizá siglos atrás.

Mientras lo examinaba descubrió que un extremo estaba cerrado con una tapa de fricción que al desenroscarla un poco pronto se aflojó y salió, revelando en su interior un rollo de pergamino que el hombre-mono sacó y abrió, desvelando un número de hojas amarillentas por el tiempo y escritas con letra elegante en una lengua que supuso sería español, pero que no sabía descifrar. En la última hoja había dibujado un tosco mapa con numerosos puntos de referencia señalados en él…

En esta novela, de 1920, resuenan ecos inconfundibles de otra cuarenta años anterior. El inglés Henry Rider Haggard se adelantó a Burroughs en las novelas de ambientación africana y contacto con extrañas culturas apartadas del flujo de la historia. En su primer gran éxito, Las minas del Rey Salomón, el aventurero Allan Quatermain y sus compañeros partían en busca del país de los kukuanas usando como guía el mapa escrito con su sangre por el agonizante José da Silvestra, el mismo viajero de 1590 cuyos restos momificados encontraban en lo alto de aquellas heladas montañas, los Senos de Saba:

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Era el cadáver de un hombre alto, de mediana edad, con rasgos aquilinos, pelo canoso y largo bigote negro. La piel estaba completamente amarilla y pegada a los huesos. Sus ropas, salvo lo que parecían ser los restos de unas calzas de lana, habían desaparecido, y el esquelético cuerpo estaba desnudo. En torno al cuello colgaba un crucifijo de marfil amarillo. El cadáver estaba congelado, completamente rígido. (…)

Allí teníamos sentado al hombre cuyas indicaciones, escritas diez generaciones atrás, nos habían llevado a aquel lugar. En mi propia mano tenía la pluma rudimentaria con que las había escrito, y de su cuello pendía el crucifijo que habían besado sus labios moribundos. Al mirarlo, mi imaginación podía reconstruir toda la escena: el viajero que moría de frío y de hambre, y a pesar de ello, luchaba por comunicar al mundo el gran secreto que había descubierto; la espantosa soledad de su muerte, cuya evidencia estaba sentada ante nosotros.

Se me dirá que Da Silvestra era portugués y no español, pero el efecto es parecido y supongo que viene a ser lo mismo para el caso, sea porque a veces en Europa a los peninsulares nos confunden (lo que no suele hacernos gracia), o porque al fin y al cabo se trata de finales del siglo XVI.

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Felipe I, rey de Portugal por esos años

 

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