Sánchez (Mazas) y compañía

Enlazo esta sustanciosa entrada del no menos nutritivo blog Oro de Indias, y le agrego de mi cosecha un recorte con otro ejemplo ficticio de escritor que sacrifica su propia obra, antes incluso de haberla escrito. Por síndrome de lo que sea.

Otro lado

De Manuel Ballesteros, Poesía [1995-2014] (las rayaduras son cortesía de la casa)

Lo que lograrán leer

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Dirán, como Daniel Pennac, que el verbo leer no admite imperativo, y yo les daré la razón en cualquier ámbito que no sea la universidad. Aquí, si no te gusta leer, no entres, y si no te gusta lo que te dan a leer, aprende a explicar por qué.

Declaro estos principios –si no les gustan, tengo otros– porque me dispongo a hablar de la circunstancia de las lecturas obligatorias de mis cursos, y a muchos se les subirá al vallar de los dientes la frase de Pennac. Lo mismo que a mí: los comprendo y me anticipo, más que por objetarles, por afinidad con ellos. Moi hypocrite lecteur!

Pero vamos a lo que importa. Sigue leyendo

La lectura lapicera: desazones y consuelos

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Imagen prestada de aquí

Una secreta vergüenza por la que a menudo mi memoria ha de pasar: en plena primera lectura de un libro, descubrir unas marcas de lápiz inconfundiblemente mías junto a cualquier renglón o margen. Como para preguntarse, con desazón, para qué leer tanto si nunca alcanzarás a reunir todas las lecturas que quisieras, y de las que llegaste a alcanzar tampoco retendrás más que un vago recuerdo, o  un rastro de grafito en una página olvidada.

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Leer con lápiz

Me gustan los libros, como a tantos, más por aquello que contienen que por la sacralidad que les confieren otros más fanáticos o píos. Digo con esto que los cambio sin problema por ediciones digitales, que los presto con frecuencia (y casi siempre los recupero) pese a cínicos consejos, y que, como mis lectores tal vez recuerdan, los rayo muy a mi sabor. Sobre los préstamos, lo más halagador que me han dicho mis deudores de libros es que leer un tomo de mi biblioteca es como tenerme al lado durante la lectura, aunque ciertamente no todos me lo decían con el mismo grado de afecto.
Libro sin glosa, libro que nada aprende. Libro indiferente o tal vez venerado, pero nunca amado con pasión.
(Valga como justificación de este sustancioso enlace sobre el arte de subrayar libros).

Dichoso el lector libre

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No es esto decir que no lea libros: leo muchos, así como revistas y periódicos y cuantos papeles caen en mis manos, pero no tomo nunca notas; y en cuanto leo un libro, estoy deseando darlo. Algunas personas me han preguntado: -¿Cómo, si cree usted que este libro es tan bueno, me lo da y se queda sin él? -Porque lo he leído -contesto yo-, y ya no me hace falta. -Pero ¿y si desea después consultarlo para recordar algún detalle que se le olvidó? -Lo que se olvida se debe olvidar -afirmo yo, con un fatalismo estético que a las personas tímidas las descorazona-. Y esto no es una «salida»: es un axioma, algo indiscutible, permanente e inmutable. Si de las ideas de un libro las unas se me quedan y las otras se me van, es porque las unas son concordantes con mi espíritu y las otras no, o porque, según mi modo de ver, las unas son más importantes que las otras. Si por un esfuerzo de la voluntad mantengo todas las ideas con el mismo relieve ante mis ojos, cometo un atentado contra mi inteligencia.

(Ángel Ganivet, Cartas finlandesas  (1898), I

Papel y prestigio

Llevo unos cuantos días leyendo una novela contenida en el fantástico smartphone que me regaló mi esposa por nuestro aniversario. Comodísimo soporte que me permite dedicarme a la lectura sin embarazo en cualquier taxi, en la cafetería y en todo entorno que no sea el del banco, donde el uso de estos aparatos electrónicos está perseguido.

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Leer, cosa (solo) de niños

(Nota en época de preparación de útiles escolares) 

Hay que ver lo que puede parecerse cualquier papá (por ejemplo, piurano) de nuestros días, a un barón austrohúngaro de mediados del XIX:

El capitán Trotta no leía libros, y en el fondo sentía compasión por su hijo, que ya iba entrando en edad de habérselas con la tiza, la pizarra y el borrador, con el papel, la regla y las tablas de multiplicar, y al que ya esperaban los inevitables libros de lecturas.

(Joseph Roth, La marcha Radetzky, cap. I)

Estrategias de lectura ballenera

He terminado hace poco la lectura de Moby Dick, con el prescrito suspiro de prolongada satisfacción. También con un pequeño orgullo de propina: pocos días antes, había leído también cómo Andrés Barba confesaba no haber podido terminar la novela de Melville antes de haber tenido que traducirla.
Por suerte, mi orgullo por haber llegado gratis donde no había podido el ilustre narrador español contemporáneo no pasó de ser, aparte de pequeño, involuntario. Hubiera sido estúpido si no. Quién sabe el tipo de lector que es Andrés Barba o tantos otros, a quienes bien comprendo, que se las han visto y deseado para dar finis al impresionante novelón ballenero. No solo por el consabido lema de que para gustos hay colores. A mí me ayudó mucho, aparte de la brillantez de muchas de sus páginas y de la curiosidad por encontrar otras parecidas, la práctica desprejuiciada de la lectura oblicua o saltarina cuando el relato alcanzaba demasiado peso de cachalote o profundidad de abismo. También el no haber llegado jamás a convertirme en uno de esos otros lectores que lleva con pulcra esclavitud la cifra de todos los tochos o tochitos que lee cada mes, y eso si no se la ha fijado ya con anticipación.

La lectura diagonal

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Tomado de La Guía

Afortunadamente lejos del trabajo y de internet, he renovado en estas vacaciones los placeres de la lectura diagonal. Es decir, de aplicar a ciertas novelas la práctica que otros más disciplinados reservan solo para los manuales universitarios, la de pasar páginas en busca tan solo del dato exacto y necesario. Esto en ciertas narraciones entraña seguir la ilación de la trama y enterarse de los sucesos sucesivos, pero saltarse los embrollosos detalles que pretenden dar a la historia una verosimilitud que nadie le ha pedido. En cuanto al disfrute de la calidad de la prosa, las ventajas también me parecen claras: haces la vista gorda sobre las imperdonables faltas de estilo (típicas de tantas  narraciones que lo único que aspiran es a la susodicha sucesión de sucesos sucesivos), y gozas de los aciertos de lenguaje que descubres por sorpresa, sin que te distraiga de ellos toda esa paja en que vienen sepultados.

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“Quijotes ultramarinos”: crítica y razón

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En mi modesta carrera como filólogo llevo presentados y comentados bastantes libros, entre los cuales los de poesía son los menos. Aunque soy un moderado consumidor de versos, a veces por gusto y a veces por exigencias del trabajo, criticarla me da mucho respeto. Respeto derivado del que siento por el género, al considerarlo el más exigente de todos: con el lector, con el autor, con el lenguaje e incluso con el editor. Sigue leyendo

Paternidad y enseñanza

(o Hacer tradición del plagio)

Revista Amigos 80, p. 88

Revista Amigos 80, p. 88

No creo que yo vaya a ser el único: hay muchas personas que tienen su frase. Esta a veces se queda en idea fija, pero se reformula con ufanía y, durante un tiempo que puede llegar a ser muy largo, no se pierde oportunidad de meterla en el discurso. La consumación de la ufanía llega cuando, por fin, se logra colar la frase o pensamiento en los tipos de la imprenta.

Ahora, que en mi caso, cuán presto se va el plazer dijo Manrique. Sigue leyendo

Dos bibliotecas singulares

A propósito de libros y de Fahrenheit 451, y también de Michael Ende, ya publiqué esta nota hace diez años en Magenta. Creo que hoy día la hubiera escrito con menos alardes poéticos, pero me da pereza corregirlos (atribuyo ambas cosas a la vida de casado). Lo importante es que aún suscribo el contenido; si algo no se me entiende, la sección de comentarios sigue abierta.

De marthagarzon.com

¿Y los libros? (Coda)

Títulos de Fahrenheit 451

Plumas y palabras todas se las lleva el viento

(Casilda, la de Peribáñez)

Al contrario que en la adaptación de François Truffaut, Ray Bradbury no llegó en su Fahrenheit 451 al extremo de imaginar un mundo sin letra impresa. Su novela futurista imaginaba un mundo en el que se prohibía el libro, pero donde el aprendizaje se mantenía mediante funcionales folletos desechables. Sigue leyendo

¿Y los libros?

Titulo esta entrada igual que titulé mi último artículo de prensa. Quizá no fuera ninguna maravilla, pero el que lo sustituye, aparte de más bien soso, no transmite la tesis del artículo (en la que la maratón es una excusa para hablar de la lectura, y no al revés). Además, qué sentido tiene pedir que repitan algo que ya se sabe que van a repetir (véase el segundo párrafo).

En fin, ellos son periodistas.

Me han bailado también alguna coma.

Me han bailado también alguna coma.

Por un cambio de régimen

De régimen LITERARIO, quiero decir. (Qué pesado de hombre, que se mete en todas partes).

De régimen LITERARIO, quiero decir. (Qué pesado de hombre, que se mete en todas partes).

De satisfecho paso a hastiado con mi dieta antiliteraria de lecturas. Necesidad acuciante de algo de belleza, algo de imaginación, algo de exigencia. Así pues, me meto con libros de ejecución más artística y subjetiva, pero (siguiendo las prevenciones de Platón, San Agustín y la Clodia de Los idus de marzo de Wilder), evito las ficciones.

Solo ensayos, y solo poesía. De momento, nada de historias inventadas, porque últimamente me basta con las mías reales.

Lector a dieta

Mientras que conozco algún que otro exquisito para quien los placeres físicos y los intelectuales ni retóricamente se pueden comparar, a mí en cambio me suelen resultar comparables, idénticos y vecinos hasta el suspiro final.

El arte es alimento, y la sensibilidad admite variables gustos e intensidades: Sigue leyendo

La crisis de lo mío (como siempre)

Plinio el Joven representado en Santa María Mayor de Como (foto de http://www.religionenlibertad.com)

Ya en el s.I d.C. la cultura estaba en peligro, porque la gente es que no lee. Y ya entonces alguno veía rendijas de esperanza; diría que fundadas, a juzgar por lo larga que viene resultando esta agonía de las letras que ya dura dos milenios. El chico este de la túnica a jirones se resiste a abandonar el auditorio, a diluirse entre la turba.

Carta IV,16 De Gayo Plinio a Valerio Paulino [cursiva mea]

Alégrate en mi nombre, alégrate en el tuyo, alégrate también por nuestra sociedad: todavía perdura el honor debido a la oratoria. Hace muy poco cuando iba a hablar ante el tribunal de los centúnviros, no encontré ningún acceso para alcanzar mi lugar, a no ser pasando por el estrado de los jueces e incluso a través de los propios magistrados; el resto del recinto estaba ocupado por una enorme muchedumbre. Además, un joven distinguido que tenía sus ropas rasgadas, como a menudo sucede en medio de una muchedumbre, permaneció allí de pie cubierto solamente con su toga durante solo siete horas. Pues yo hablé durante ese tiempo con gran esfuerzo, pero con un mayor beneficio. Trabajemos, pues, y no pongamos como excusa de nuestra pereza la de otros. Existen todavía oyentes, existen todavía lectores; tenemos, pues, que producir obras dignas de ser oídas, dignas de ser escritas.

Así que menos quejarse, don Mario, y a seguir trabajando.

Tablillas y tabletas

De http://infernomax.blogspot.com/2013/07/tabula-cerata.html

Al libro electrónico del año 2012 le sucedió una tablet al siguiente, en fechas parecidas. Al igual que el aparato anterior (y, mucho antes, que el teléfono celular), lo recibí con poca curiosidad para acabar sin embargo semanas más tarde extrañando su ausencia hasta retrospectivamente. La amable condición multiuso de la tablet, tanto para leer en múltiples formatos como para escribir mis copiosas notas, me la han convertido en compañera cuasi inseparable en ratos de ocio, salvo en los que paso dentro de los bancos porque allí los severos guachimanes, dizque por seguridad, me prohiben usarla (como prohiben mis también inseparables teléfono móvil y sombrero).
O sea que yo, que ni soñaba con tener un Moleskine en mi bolsillo mientras pudiera aprovechar las agendas baratas que regalan por ahí, ahora me encuentro exhibiendo pantallita en público y privado, con aire sospechosamente tecnosnob. Declaro en mi defensa que cuando la manejo jamás me alucino ejecutivo en vuelo de primera clase, parroquiano del divino Starbucks ni personaje de ciencia ficción. Antes bien, desearía cambiar polo por toga. También Plinio el Joven, pequeño filósofo del ocio creativo, llevaba a todas partes su tableta, de cera y no electrónica pero tableta al fin y al cabo, y a ella acudía a cada momento inspirador que pudiera distraerle de lo que lo ocupaba:
Estaba sentado junto a las redes, al lado no tenía el venablo y los dardos, sino el estilete y las tablillas de cera; pensaba algo y tomaba nota, para, si me llevaba las manos vacías, al menos llevarme las tablillas llenas. (…) Por todo ello, cuando vayas de cacería, deberás llevar contigo, según mi parecer, no solo la panera y la botellita de vino, sino también las tablillas de cera: comprobarás que, al igual que Diana, también Minerva vaga por los montes (Cartas I,6)
Aunque en esto tomar notitas cada rato lo aventajaba Plinio el Viejo, quien según nos cuenta su sobrino en otra carta (III,5), por no gastar fuerzas ni tiempo y tener las manos siempre libres para sus apuntes, se desplazaba en litera acompañado de un lector a pie, auténtico audiolibro o Walkman literal (homo andans).
Maf

 

NOTA DEL 3 DE ENERO: La vagabundia de las compras navideñas me ha hecho descubrir una marca de esos lapiceros con culete de goma para pantalla táctil llamada stylus, igual que los punzones con que se escribía sobre las históricas tablillas. Tal vez debamos más cultura sobre el mundo antiguo a la publicidad que al cine.

A saltos de Rayuela

1. Recomendación de Rayuela (por si se pierde)

El argumento principal de Rayuela -un argentino ocioso convive en París con su amada; tras su desaparición, regresa a Buenos Aires, donde en vano intenta olvidarla- hubiera dado para muchas novelas convencionales, y tal vez alguna buena. Sin embargo, en este resumen se pierde lo mayor y hasta lo mejor de la obra. Se advierte al principio que este libro es muchos libros, y se dan pautas para sacarle el mejor provecho, de las cuales la más importante tal vez sea la de aprender a leer como quiere el enigmático escritor Morelli: como nos dé la gana, pero aceptando ser sus personajes más activos y olvidar esas novelas que se leen de principio a fin “como un niño bueno”. Para ayudarnos, a las dos partes de la novela se une una tercera con “capítulos prescindibles”: episodios secundarios, diferentes perspectivas de la trama o una miscelánea de reflexiones sobre todo lo imaginable y con las formas y las fuentes más insólitas. Este uso lúdico de la literatura y el lenguaje (que llega al máximo en el empleo del “glíglico”, lenguaje de palabras inexistentes), ya anunciado en el mismo título, conlleva una rebeldía universal por vía también del juego: la lógica, el orden, la convención, la realidad estorban a Horacio Oliveira, protagonista de Rayuela entregado a la reflexión filosófica y poética, al lado de su fascinante Maga, y a largas veladas de whisky y música de jazz junto a sus demás compañeros del cosmopolita “Club de la Serpiente”.

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“La dimensión estética de la experiencia”

LewisUna particular delicia que ofrece la ya bastante deliciosa obra de C.S. Lewis es el librito La experiencia de leer. Me sorprende no haberla encontrado publicada en Rialp ni en Destino ni Alfaguara, donde se agrupan los títulos del mismo autor. Será porque se trata de un texto raro en el conjunto, que no trata de divulgación teológica ni de narrativa fantástica -teológica asimismo. Lewis se propone en estas páginas hacer crítica literaria, no de libros sino de lectores, con ese buen humor y psicología que tan agradables hacen sus relatos. Sigue leyendo

Leer con lápiz

Hace bastante tiempo ya que me desbordan lecturas pendientes. Todo lector –más aún al que la lectura le ocupa tanto el trabajo como el ocio- posee su larga lista de libros no solo que le gustaría leer sino que, efectivamente, empieza a leer y no abandona pese a ir emprendiendo al mismo tiempo la lectura de otros y más otros. Me acabó pasando, como con tantas cosas, que por querer leerlos todos no llegaba a leer ninguno. Sigue leyendo