Recomendación literaria: las ficciones de Luis Loayza

elavaroloayza

A la que agrego una cita que conmoverá profundamente a todos los de mi gremio:

Carlos se dedicó a reescribir su tesis. En sus años de estudiante solía recoger fragmentos, versos aislados, dos o tres palabras juntas de poemas coloniales peruanos en los que sucedía algo, una pequeña explosión (o las palabras eran restos de esa explosión), no porque el autor tuviese talento sino por simple casualidad o generosidad del idioma. Carlos anotaba estas sorpresas, esbozaba teorías más o menos descabelladas sobre la poesía, la Colonia, el Perú. Con el tiempo fue olvidando las citas y las teorías, que tan bien sonaban discutidas entre amigos, y el trabajo se volvió más preciso, documentado en insignificante. Logró aclarar dos o tres fechas en las vidas de escritores de tercera línea, descubrió en bibliotecas de convento unas cuantas ediciones no mencionadas en las bibliografías, leyó -tomando minuciosamente notas en fichas de distintos tamaños- libros y manuscritos que nadie había tenido la paciencia de leer. El resultado no le gustaba. No era tan vano como para menospreciar la erudición, en otros deslumbrante: en otros, justamente, no en él.
[“Otras tardes” en Relatos, Lima, Editorial Universitaria, 2010,
pp. 234-235]

En barbecho

Mumin

Después de cinco años y piquito cuidando de mi maceta, creo que esta ha demostrado salud suficiente como para poder dejarla crecer salvaje por una temporada.

De manera que aviso a mis lectores, fijos o eventuales, de que voy a dejar de escribir para ella durante, digamos, doce meses que pienso dedicar a “altos estudios eclesiásticos”, como los llamaría Rafael Sánchez Ferlosio.

Como prueba de que no pienso abandonar el oficio de letrada jardinería, me ahorro cualquier palabra de despedida. Pienso, además, seguir enlazando aquí mismo cualquier escrito que vaya publicando en la red.

En todo caso, feliz Semana Santa.

Rendirse jamás

Caballero negro

No te rindas nunca, ya lo sabes. Otros dirán que te han vencido, pero nada importa mientras tú a ti mismo te sientas vencedor, te proclames como tal. Di la última palabra.
Recuerda siempre al Caballero Negro.

Lápiz y fusil

Ernst_Juenger_inSG

No sé si el siglo XXI, que promete seguir siendo pródigo en matanzas, consolará un poco a la posteridad con algún escritor militar a la altura de cuantos, desde Jenofonte hasta el siglo pasado, han armonizado con excelencia las armas y las letras. En aquellos años, fastidiosamente lejanos, de conversaciones enjundiosas en la sala de becarios, escuché a Juan Varo calificar a Thomas E. Lawrence y a Ernst Jünger de los mejores escritores militares del siglo XX. Quizá haya quien pueda contradecirlo, pero lo cierto es que tanto Los siete pilares de la sabiduría como Tempestades de acero dejan un listón bien difícil de superar. Por no agregar otros escritos menores de Jünger, también sobre la Primera Guerra Mundial, y sus sosegados diarios de la Segunda (Radiaciones), donde curiosamente apenas se huelen la pólvora y la sangre. Sigue leyendo

Star Wars III 3/4

Roge One
Ya está bien: vamos a hacer por una vez en este año crítica seria y erudita,* por muy tarde que sea y aunque buena parte de lo que cabe decir esté ya dicho, con su mejor tino y mejor prosa, en La mano del extranjero.
Sobre la tardanza, no sé si a estas alturas se habrá desvanecido de la memoria de los espectadores el efecto que le dejó Rogue One (este desvanecimiento acabó siendo la peor crítica que escuché del Episodio VII de 2015). Yo, como soy un seguidor moderado de la saga, he permanecido siempre relativamente indiferente a toda la subcreación generada por las películas: ni ewoks, ni series televisivas de Rebels, clones, etc. Pero aquí sí piqué el anzuelo. Sería por su estrecha vinculación con los episodios clásicos, o quizá por la nueva esperanza que ha supuesto Abrahams para la estética de la películas. Por no mencionar que, descartada Moana/Vaiana (me divorcié del Disney canónico en los 90, definitivamente ofendido por Hércules), algún plan había que hacer en familia entre Año Nuevo y Reyes.

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Regreso a Hills End

Siete chicos
Lluvias como las de estos días, encima lo que está cayendo ahora en Colombia, y la imaginación literaria lleva forzosamente a Gabriel García Márquez, a Cien años de soledad o al “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”, aunque este transmita más una profunda sensación de atonía vital que de cataclismo social.
Ahora bien, será porque llegó mucho antes a mi vida que recuerdo mucho mejor una de mis novelas favoritas de la infancia. Siete chicos de Australia, de Ivan Southall, estaba publicada en la colección Cuatro Vientos de la editorial Noguer, así que lo más probable es que ya no sea nada fácil de encontrar.* El título, por otra parte, llamaba a la confusión con el clásico decimonónico de Los siete pequeños australianos de Ethel Turner, si bien esta obra tampoco era muy conocida en España. Quizá en la editorial pensaron que el título original, Hills End, no era ni sugestivo ni fácil de traducir.

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Diluvios y alivios

Si es buscada, ya no es aventura.
(J.M. Preward)
La humanidad lo ha experimentado de un millón de formas y lo ha contado de mil. Yo lo haré a la mía: te acuestas tras haber conversado sobre las lámparas que esperas colgar de tu salón, el juego que propondrás mañana a tus hijas para que no se aburran, a cuáles de tus tareas pendientes dedicaras más atención mañana en la oficina; y te levantas para preocuparte de dónde encontrarás sacos de tierra, cómo te las arreglas para sacar a las niñas de casa con el agua a la cintura, cuándo volverás a tener una muda que ponerte o un poco de agua limpia.

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