“El prisionero de Zenda”: conversación, sin acero

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… tanto en florete como en sable existía una “convención” (una prioridad de acciones) según la cual si un tirador inicia un movimiento ofensivo, tenía que fallar o ser parado antes de que su oponente pudiese responder de manera legítima. El resultado de semejante reglas era que podían desarrollarse “frases”, como un movimiento en música, con el ataque seguido de la respuesta, y esta a su vez de la contrarrespuesta, hasta que se entablaba una “conversación de los hierros” (Richard Cohen, Blandir la espada, Barcelona, Destino, 2003)
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Para Covi, porque la menciono por ahí
Sentada la cercana relación entre diálogo y esgrima por la autoridad de esta sabrosa lectura (recomendable para amantes de la historia, el deporte y el cine, siempre que sean poco exigentes en materia de traducción castellano-inglés), invito a todos los interesados a leer también este artículo de La Mano del Extranjero sobre la película El prisionero de Zenda de 1952, ante el que no me resistí a intercambiar puntos de vista.
Por Ruritania y su familia real siento una pasión añeja, cuya presencia más duradera en el Perú me aseguré, desaparecida cierta marca de cerveza,  gracias al nombre de una de mis hijas.
Zenda

De jalayo.blogspot.com

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Retos

A salvo de la cultura del reto. Nunca haber sido, qué suerte, de los que hacen cualquier cosa para que no vaya cualquiera a pensar que no son capaces de hacerla.

Lo que lograrán leer

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Dirán, como Daniel Pennac, que el verbo leer no admite imperativo, y yo les daré la razón en cualquier ámbito que no sea la universidad. Aquí, si no te gusta leer, no entres, y si no te gusta lo que te dan a leer, aprende a explicar por qué.

Declaro estos principios –si no les gustan, tengo otros– porque me dispongo a hablar de la circunstancia de las lecturas obligatorias de mis cursos, y a muchos se les subirá al vallar de los dientes la frase de Pennac. Lo mismo que a mí: los comprendo y me anticipo, más que por objetarles, por afinidad con ellos. Moi hypocrite lecteur!

Pero vamos a lo que importa. Sigue leyendo

Catalogía

SAMSUNGA menudo me avergüenza un poco mi parvo dominio del lenguaje informático. Me frustra un poco menos cuando me paro a pensar que tampoco tuve nunca mucha familiaridad con el material de oficina analógico, y por tanto con sus términos. En ambos terrenos, mis necesidades siempre han sido más bien modestas, y mi vocabulario, por consiguiente, más bien magro.
Por ejemplo, hace poco me veía en la necesidad de salir a comprar para mi pobre hijita, a la que en el colegio no dejan de encargarle bártulos, una especie de álbum cuyas hojas son como fundas de plástico transparente.

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Del Cid o de los Cides

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 El cronista anónimo se lo hace decir a ese mismo pueblo en el viejo romance del Cid, y uno recuerda con frecuencia sus palabras cuando considera la triste historia de nuestras gentes, que siempre dieron lo mejor de sí mismas, su inocencia, su dinero, su trabajo y su sangre, viéndose en cambio tan mal pagadas: «Qué buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor» (Arturo Pérez-Reverte, El capitán Alatriste,VI).

En fin. Que allí, en Santa Helena, el Enano seguía haciendo memoria. A vueltas con los españoles y el Cid, la cita era algo del tipo «qué buen vasallo que fuera si tuviese buen señor» (Arturo Pérez-Reverte, La sombra del águila VIII).

Y confirmando así unos y otros, rojos y azules, otra vez en  nuestra triste historia, aquel viejo dicho medieval que parece nuestra eterna maldición nacional: “Qué buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor” (Arturo Pérez-Reverte,  Una historia de España LXXXI)

No llego a más citas. Creo que había otra del mismo estilo en El húsar, primera novela del escritor, pero no la tengo a mano para refrescarme la memoria. En todo caso, estas poquitas me llevan a recibir sin mucha sorpresa el anuncio de que el autor de El capitán Alatriste va a dedicarle un libro a Rodrigo Díaz de Vivar. La noticia me ha llevado más bien a preguntarme cómo es que ha tardado tanto. Es de esperar que esta vez le saque jugo a otros pasajes del Cantar, del romancero o de la historia.

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Vindicación del unicornio

Kid playing with stuffed animal

De es.123f.com

Por totémicas causas ancestrales, o simplemente por, como diría Aristóteles, complacerse en las imitaciones, el ser humano lleva fabricando figuras de animales desde que aprendió. Que en algún momento empezara, además, a dejarlas en manos de sus cachorros para que jugaran con ellas debe de proceder de su conciencia de ser rey de la creación, hoy cada vez más vergonzante. La satisfacción de imponerse a la bestia y domarla bien puede abrirse dándole a esta una apariencia inofensiva, que permita al niño dormir abrazado a ella, o que la arrastre y sacuda a su sabor cuando tenga ganas de pelea.

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La lectura lapicera: desazones y consuelos

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Imagen prestada de aquí

Una secreta vergüenza por la que a menudo mi memoria ha de pasar: en plena primera lectura de un libro, descubrir unas marcas de lápiz inconfundiblemente mías junto a cualquier renglón o margen. Como para preguntarse, con desazón, para qué leer tanto si nunca alcanzarás a reunir todas las lecturas que quisieras, y de las que llegaste a alcanzar tampoco retendrás más que un vago recuerdo, o  un rastro de grafito en una página olvidada.

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