‘The Arrival’: asincronía y eternidad

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(Alerta, destripoilers)

Con el retraso debido veo La llegada de Denis Villeneuve, el mismo afortunado director de Blade Runner 2049. Para mi magra perspectiva, la película supone un hito, en lo que se refiere a narradores no fiables (si es que se puede hablar de narrador en el cine), equiparable a Stage Fright de Hitchcock. Ya no es que las imágenes del recuerdo del “narrador” representen el relato de un mentiroso, o bien hechos imaginarios que no llegan a verificarse: en este caso, muestran anticipaciones que, no obstante, el espectador no avisado interpretará rutinariamente como recuerdos. 

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Nace la derecha

O una modalidad de ella, en fin, que ha tenido desde 1823 tiempo sobrado de expandirse. (Advertí que contribuiría a la sopa galdosiana de este año; acá va un primer tropezón):

Mi fastidioso interlocutor era liberal templado, partidario de un justo medio, muy justamente mediano, y de las dos cámaras y del veto absoluto. Había tenido sus repulgos de masón, repetía los dichos de Martínez de la Rosa y era bastante volteriano en asuntos religiosos. Defendía al clero como fuerza política; pero se burlaba de los curas, del Papa y aun del dogma mismo, sin que esto fuera obstáculo para creer en la conveniencia de que hubiese muchos clérigos, muchos obispos, muchísimas misas y hasta Inquisición. En suma: las ideas del Marqués eran el capullo de donde, corriendo días, salió la mariposa del partido moderado.

(Los Cien Mil Hijos de San Luis, cap. XXII)

Sopa de Galdós

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Para su especialista, su admirador o el puntual gestor cultural, ningún personaje egregio está lo suficientemente recordado, y los centenarios suelen convertirse en una gran oportunidad para conmemorarlo, por poco olvidado que esté. El recuerdo suele ser muy instructivo y gratificante, aunque la deriva hacia lo repetitivo y lo hiperbólico puede acabar por aburrir o avergonzar. Pasó hace unos años con Gloria Fuertes, a la que me alegró ver rememorada como poeta digna de tomarse en serio; pero me llegó a incomodar cuando la empezaron algunos a vocear como poco menos que la primera voz poética de su tiempo, y a proliferar por doquier citas suyas, vinieran a cuento o no porque la cosa era exhibirla. Sigue leyendo

Miseria de la ucronía

No he leído ninguna novela del género ucronía; al menos, ninguna de las que tengo entendido que valen la pena por su calidad literaria y que son dos: El hombre en el castillo de Philip K. Dick y La conjura contra América de Joseph Roth. Sin embargo, por afición a la historia, me fascina enterarme de sus argumentos, y leer solo por ellos pequeños textos de historia contrafactual, por más que jamás me satisfagan. Y es que no me resulta lo bastante verosímil ninguna de las versiones escritas que encuentro acerca de cómo sería el mundo si ciertos hechos cruciales se hubieran decidido de una manera diferente. Para mí, se les suele notar demasiado la tesis y el voluntarismo: al fin y al cabo, si la verdadera aspiración del relato histórico es la de interpretar el presente, la ucronía puede, más que manipular la interpretación de los hechos, tomarse un margen de libertad mucho mayor para manipular los hechos mismos.

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Elogio del especialista

Y el otro pulmón qué

¿Y el otro pulmón qué?

Académicos de intereses amplios y facultades de departamentos pequeños a veces coinciden en el denuesto de la especialización. A menudo por vía de la reducción al absurdo, por ejemplo recurriendo al chiste del médico que conoce a la perfección el pulmón derecho pero ignora todo lo que concierne al izquierdo…

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Gato de porcelana

Me gustas cuando callas

Me gustas cuando callas…

Según cuenta uno de sus alumnos, Julián Marías, Ortega y Gasset recomendaba a sus alumnos dedicar una hora diaria exclusivamente al ejercicio de pensar: “Se hacen unos músculos increíbles”, aseguraba. Sigue leyendo

Móvil, puntualidad, esperanza

El mundo de la impuntualidad, supongo que tan antiguo supongo como el mundo ( a mí solo me consta el testimonio escrito de San Agustín), también se ha visto alterado por la telefonía celular. Por una evidente parte, ha logrado el gran progreso de evitar plantones: avisa de demoras, demanda paciencia y necesarias prórrogas, cancela citas en el último momento. De ahí nos ha salvado.

Pero, por otra, dichas posibilidades han dado lugar a esa crueldad más soterrada de prolongar los plantones a fuerza de esperanza, de mecer al esperante siempre por unos pocos minutos más, que prolongan su paciencia hasta el abuso.