Exalumnis y otras novedades del lenguaje institucional

Puesto a andarme por las ramas, que ya lo hice casi literalmente la vez pasada, divago ahora en Castellano Actual, y más bien brevemente, sobre barbarismos, cultismos, sociolingüística,  género y qué sé yo. Todo con la excusa del idioma, que al fin y al cabo de lo que trata el blog es de darle a la lengua (y si en los comentarios bufa el eunuco, como escribió Rubén Darío, pues mejor).
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My Whatsapp killed the telephone call

(Sintonía)

Los habituales llantos, aún no coplas, por la muerte de la carta a manos de internet, son comprensibles si se aplican a todos los artistas del género epistolar que hayamos podido conocer, entre los que han visto su obra publicada y también los amigos de buena pluma con los que hayamos podido mantener correspondencia. Sin embargo, a lo largo de la historia, la mayoría de los seres humanos no han pedido a la epistolografia otra cosa que una comunicación eficaz. Ni la han ejercitado con conciencia artistica, ni tampoco usado para asuntos que nos tuvieran que interesar. Apenas pudieron ir reemplazando la carta por el telegrama, el teléfono, el mensaje de texto, el correo electrónico (medio que, por otra parte, permitía igual la redacción de extensas cartas), el chateo y las redes sociales, los muy humanos emisores lo hicieron sin el menor remordimiento por estar extinguiendo una tradición alimentada durante siglos por san Pablo, Plinio el Joven o Madame de Sevigné.

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(Sobre) El castellano de Tarzán

Pigmeos

Escolios a un texto implícito (quien lo quiera explícito, pinche aquí)

Para Antonio Guardiola, con gratitud entre otras cosas

Primero: Aun habiendo podido titular la entrada “El español de Tarzán”, cambio el nombre del idioma por su sinónimo. En parte, por obvia alusión al título de la página donde se publica el artículo. Y, también, por evitar que algún iniciado en la materia piense que me estoy refiriendo a un individuo de nacionalidad española. En las novelas de Edgar Rice Burroughs recuerdo que aparecían dos. Tarzán el indómito presentaba el hallazgo del cadáver centenario de un aventurero español: no ocupaba mucho pero el efecto era gratamente misterioso. En Tarzán el terrible, en cambio, ya actuaba un compatriota mío, Esteban Miranda, cuyo aspecto físico resultaba ser casi idéntico al del rey de los monos, lo cual lo convertía en un peligroso antagonista. Tardé en conocer la existencia de este personaje ambicioso y traicionero porque el primer lugar donde debería haberlo encontrado, las páginas de Tarzán entre pigmeos (sosa manera de retitular Tarzan and the Ant-Men), su presencia se evaporaba misteriosamente, y eso que en el original generaba una importante trama secundaria. Sin duda fue un caso de patriotera censura o autocensura.

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‘La diligencia’ cumplió años (con regalo para mí)

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Por supuesto, me doy cuenta de que no se trata de una expresión tan ingeniosa como para que solo pudiera habérseme ocurrido a mí en todo el siglo XXI, pero permítanme hacerme la ilusión de que la voluminosa cadena SER me tomara prestado para su reportaje el título de un artículo de hace cinco años en la modesta prensa piurana. Vanidad, divino tesoro (y no es la primera vez que me pasa).

Lo que importa, en todo caso: que el recuerdo de la fecha nos dé la oportunidad de embarcarnos (una vez más, si se da el caso) en una de las grandes películas de la historia del cine.

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López Albújar, el realista

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Es más o menos sabido que la novela realista y naturalista llegó al Perú en las últimas décadas del siglo XIX, de la mano de documentadas y dinámicas escritoras como Mercedes Cabello de Carbonera o Clorinda Matto de Turner, la recordada autora de Aves sin nido. La sociedad de su tiempo, rural o urbana, se convertía con todo su detalle y sus problemas en materia narrativa tras la estela de los Balzac y los Zola franceses, los Galdós y las Pardo Bazán de España, los Dickens de Inglaterra,  los Cambaceres de Argentina. Sin embargo, creo que conviene señalar que hasta que no aparecieron, a principios del siglo XX, las narraciones de Enrique López Albújar, ese realismo criollo no dio nada que merezca la pena de ser leído sin obligación escolástica. Por eso recomiendo aquí los Cuentos andinos; en cuanto a la famosa Matalaché, se trata de una una novela mediocre pero de notable prosa: su autor aspiraba a componer una especie de Los Rougon-Macquart a la peruana pero le salió, como a tantos otros cuentistas que ensayan por única vez el género de la novela (pienso en Edgar Allan Poe o en Oscar Wilde), un relato hipertrofiado.
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Percepción del percebe

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Durante el mes de marzo, los estudiantes han ido tomando la rutinaria decisión de regresar a sus colegios y universidades. Así que también nosotros lo hicimos a la brega cotidiana de las aulas. Estas no son solo las que tenemos que dictar. Están también las mensuales reuniones de padres, donde acudimos mansamente a que nos hablen de los progresos de nuestros retoños. Inmediatamente después de estas, y con el exclusivo fin pedagógico de comentar los tales progresos, mi santa y yo solemos celebrar nuestra propia reunión en el restaurante más apetecible que se nos ponga a tiro.

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‘Moby Dick’, de Melville a Huston (y II)

1. El viaje y la aventura

2. Tragedia, trabajo, amistad

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A bordo del ballenero ‘Pequod’ solo dos personajes tendrán conciencia de su labor de búsqueda como una misión trascendente. En primer lugar, como es sabido, Ajab  se fija el objetivo de alcanzar a la ballena blanca y darle muerte, por motivos personales a los que él da un significado universal: su venganza significa la destrucción de un símbolo del mal, aunque otros la interpreten más bien como la de una alteración del orden natural otorgado por Dios al mundo y sus criaturas. Sigue leyendo