El Cristo de los gitanos, en versos

Me pasé años pasando frente a él, domingo y fiesta de guardar tras otra, hasta enterarme de que era él, el de la procesión del Sacromonte en Semana Santa. Aquella perfecta imagen del Crucificado, con sus característicos cuatro clavos, era una talla de José Risueño, obra del mejor barroco granadino (que es del mejor barroco hispánico). Le rendían homenaje  versos de un entrañable poeta local, que nunca dejé de releer. Sigue leyendo

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Diez años de “La pasión”

caviezel

La pasión ha vuelto en estos días a la pantalla chica, embutida como en mal jamón de York junto con el habitual revoltijo televisivo de Semana Santa (ingredientes: cualquier película en la que haya romanos o señores con faldita que se les parezcan). Este filme de Mel Gibson, aparte de plantar un último hito en su género, se convirtió en signo de contradicción y piedra de escándalo por una pila de razones. La acusación más difundida por sus detractores fue la de que “incitaba al odio”; paradójicamente, creo que no les faltaba razón porque pocos cineastas habrán sido más odiados que Gibson a causa de esta cinta. Sigue leyendo

Cuando pedí su muerte

La liturgia del Domingo de Ramos prescribe una lectura completa de la Pasión de Cristo. En ella, es frecuente –aunque creo que no prescriptiva– la lectura a varias voces: la del evangelista por un lado, y por otro la de los diferentes personajes. Al sacerdote corresponden las palabras de Jesús, repetición que se une a la cotidiana del rito de la Eucaristía.

Esta pequeña dramatización rapsódica la llevo escuchando toda la vida, a veces con hermosas variaciones como aquella vez en Roma, cantada en latín por un coro que si no era gregoriano lo parecía (según cierto dicho familiar, los de mi estirpe paterna tenemos en vez de oído una madreña). La mejor tomó una forma, sin embargo, mucho más discreta, en Santa Ana de Granada que es la primera de las muchas parroquias de mi vida.

Allí se repartieron hojas entre los feligreses, para que nosotros mismos leyéramos al unísono las palabras de los personajes secundarios. Un método sencillo que, superados los primeros desajustes de ritmo, se reveló muy eficaz. No solo por lograr, vista desde fuera, una mayor participación en la misa de toda la comunidad: Si ya conmueve después de tantos siglos el tremendo clamor de “Crucifícale”, cómo no va a hacerlo más aún si oyes que sale de tus propios labios, si comprendes la maldad del papel que estás asumiendo y, por último, te acabas reconociendo en él como hecho a tu medida. Se convierte en una recomendable cura de humildad; tal vez esa era la idea.

Una nota por la fecha

PSL me hablaba el otro día de un antiguo amigo suyo, inteligentísimo, que sacó en poco tiempo la difícil plaza de notario a fuerza de estudiar, logró tener dinero más del que hace falta para vivir justito, se casó con su guapísima novia y, por último, salió a pasear en su carro de último modelo y se mató en un terrible accidente.

La anécdota horroriza, por supuesto. Sigue leyendo

Viernes Santo

Il giorno ch’al sol si scoloraro / per la pietà del suo factore i rai, lo llamó Petrarca. Lo peor del sufrimiento de Jesús no es el espantoso tormento físico, y menos aún la humillación o la soledad terrenas que lo acompañan. El único inocente asume todos los pecados de la humanidad entera, pasada y futura. Nadie puede caer tan bajo, tan lejos de Dios (tan lejos de sí mismo). El poeta chileno José Miguel Ibáñez-Langlois lo expresa de manera apasionante –nunca mejor dicho- en varios pasajes de su Libro de la Pasión. Transcribo del capítulo III: Sigue leyendo