Amarrado al duro banco

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A VPG, otra vez

A principios de siglo, una película más falsa que Judas de plástico obtuvo cierto éxito en España. Me parece que fue porque salía (haciendo nada) la chica de Amélie, y también porque rodose en Barcelona. Se tituló L’auberge espagnole, pero no en España para no soliviantar (más) a ciertos sectores regionales.

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La película, reuniendo en un mismo apartamento a estudiantes de distintos países europeos, supongo que pretendía desmentir tópicos sobre las diferentes naciones. A fe que lo lograba, aun a costa de reforzar el tópico de que los estudiantes europeos se apuntan al programa Erasmus para entregarse a la juerga cotidiana. También a costa de destruir a golpe de interculturalidad cualquier ideal de multiculturalidad: quitando la lengua o al menos el acentillo, todos los chicos eran perfecta y nacionalmente intercambiables.

Lo que realmente me importa es que el protagonista de L’auberge terminaba el filme abandonando sus prácticas profesionales. La vida dizque cosmopolita le había abierto los ojos a su verdadera vocación de ser (por supuesto) escritor, y se decidía a seguirla en mitad de la oficina, de la que huía extasiado y con la misma cara de liberación que ponen los protagonistas de los anuncios de colonias y automóviles.

Hay que reconocer que la labor de oficina tiene en general mala fama, en el sentido de que para pocos constituye un ideal de vida el pasársela en un cubículo procesando documentos. No digamos ya si lo que se opone a la ser-vil labor del oficinista es una vocación artística. La afirmación del dr. Henry Jones jr. de que el 70% de la arqueología se hace en la biblioteca, no se le creía ni él (ni, desde luego, tampoco el guionista);

No hay látigo que duela lo que una buena clase, malditos

No hay látigo que duela lo que una buena clase, malditos

que Wallace Stevens se pasara la vida trabajando para aseguradoras o Juan García Hortelano para la administración pública tal vez no sean ejemplos lo suficientemente divulgados. Tampoco está popularmente muy asentada la realidad del esfuerzo en el arte y la escritura, su necesidad de horario y de renuncias, o cuanto esa vocación entraña de servicio a unos lectores que no tienen, por su parte, la menor obligación de aguantar al escritor.

Yo escribí algo una vez del ideal respeto mutuo entre el trabajador manual y el intelectual. Creo que hay que homenajear también al trabajador no de “sentío”, pero sí sentado; a tantos oficinistas que nos soportan diariamente, no pocos serviciales y eficientes, y algunos incluso amables con nosotros. También esto lo intenté en otra ocasión, queriendo invertir estereotipos, en una especie de microcuento que ponía la cabeza en los placeres de la vida ordenada y en lo mucho de estupidez y vanidad que encierra la vida “literaria”. Además, supongo, de intentar una consolación gremial ante un oficio -velado por títulos más inflados- de burócrata con pruritos de escritor o de erudito en ratos libres.

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Un pensamiento en “Amarrado al duro banco

  1. Ocurre que la sensación de fracaso es mayor en las profesiones artísticas y aventureras, porque en ellas se ha arriesgado más. De ahí su atractivo superior; vamos, digo yo.

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