‘The Arrival’: asincronía y eternidad

Destacado

(Alerta, destripoilers)

Con el retraso debido veo La llegada de Denis Villeneuve, el mismo afortunado director de Blade Runner 2049. Para mi magra perspectiva, la película supone un hito, en lo que se refiere a narradores no fiables (si es que se puede hablar de narrador en el cine), equiparable a Stage Fright de Hitchcock. Ya no es que las imágenes del recuerdo del “narrador” representen el relato de un mentiroso, o bien hechos imaginarios que no llegan a verificarse: en este caso, muestran anticipaciones que, no obstante, el espectador no avisado interpretará rutinariamente como recuerdos. 

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Miseria de la ucronía

No he leído ninguna novela del género ucronía; al menos, ninguna de las que tengo entendido que valen la pena por su calidad literaria y que son dos: El hombre en el castillo de Philip K. Dick y La conjura contra América de Joseph Roth. Sin embargo, por afición a la historia, me fascina enterarme de sus argumentos, y leer solo por ellos pequeños textos de historia contrafactual, por más que jamás me satisfagan. Y es que no me resulta lo bastante verosímil ninguna de las versiones escritas que encuentro acerca de cómo sería el mundo si ciertos hechos cruciales se hubieran decidido de una manera diferente. Para mí, se les suele notar demasiado la tesis y el voluntarismo: al fin y al cabo, si la verdadera aspiración del relato histórico es la de interpretar el presente, la ucronía puede, más que manipular la interpretación de los hechos, tomarse un margen de libertad mucho mayor para manipular los hechos mismos.

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De película

Quijote

Un daño que ha hecho el cine es el de convencer a muchos de que la vida es igual que las películas. Pero uno más grave, no sé si menos extendido, ha sido desalentar a otros haciéndoles creer que ciertas audacias y venturas solo pueden suceder en las películas.

“El prisionero de Zenda”: conversación, sin acero

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… tanto en florete como en sable existía una “convención” (una prioridad de acciones) según la cual si un tirador inicia un movimiento ofensivo, tenía que fallar o ser parado antes de que su oponente pudiese responder de manera legítima. El resultado de semejante reglas era que podían desarrollarse “frases”, como un movimiento en música, con el ataque seguido de la respuesta, y esta a su vez de la contrarrespuesta, hasta que se entablaba una “conversación de los hierros” (Richard Cohen, Blandir la espada, Barcelona, Destino, 2003)
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Para Covi, porque la menciono por ahí
Sentada la cercana relación entre diálogo y esgrima por la autoridad de esta sabrosa lectura (recomendable para amantes de la historia, el deporte y el cine, siempre que sean poco exigentes en materia de traducción castellano-inglés), invito a todos los interesados a leer también este artículo de La Mano del Extranjero sobre la película El prisionero de Zenda de 1952, ante el que no me resistí a intercambiar puntos de vista.
Por Ruritania y su familia real siento una pasión añeja, cuya presencia más duradera en el Perú me aseguré, desaparecida cierta marca de cerveza,  gracias al nombre de una de mis hijas.
Zenda

De jalayo.blogspot.com

Del Cid o de los Cides

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 El cronista anónimo se lo hace decir a ese mismo pueblo en el viejo romance del Cid, y uno recuerda con frecuencia sus palabras cuando considera la triste historia de nuestras gentes, que siempre dieron lo mejor de sí mismas, su inocencia, su dinero, su trabajo y su sangre, viéndose en cambio tan mal pagadas: «Qué buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor» (Arturo Pérez-Reverte, El capitán Alatriste,VI).

En fin. Que allí, en Santa Helena, el Enano seguía haciendo memoria. A vueltas con los españoles y el Cid, la cita era algo del tipo «qué buen vasallo que fuera si tuviese buen señor» (Arturo Pérez-Reverte, La sombra del águila VIII).

Y confirmando así unos y otros, rojos y azules, otra vez en  nuestra triste historia, aquel viejo dicho medieval que parece nuestra eterna maldición nacional: “Qué buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor” (Arturo Pérez-Reverte,  Una historia de España LXXXI)

No llego a más citas. Creo que había otra del mismo estilo en El húsar, primera novela del escritor, pero no la tengo a mano para refrescarme la memoria. En todo caso, estas poquitas me llevan a recibir sin mucha sorpresa el anuncio de que el autor de El capitán Alatriste va a dedicarle un libro a Rodrigo Díaz de Vivar. La noticia me ha llevado más bien a preguntarme cómo es que ha tardado tanto. Es de esperar que esta vez le saque jugo a otros pasajes del Cantar, del romancero o de la historia.

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(Sobre) El castellano de Tarzán

Pigmeos

Escolios a un texto implícito (quien lo quiera explícito, pinche aquí)

Para Antonio Guardiola, con gratitud entre otras cosas

Primero: Aun habiendo podido titular la entrada “El español de Tarzán”, cambio el nombre del idioma por su sinónimo. En parte, por obvia alusión al título de la página donde se publica el artículo. Y, también, por evitar que algún iniciado en la materia piense que me estoy refiriendo a un individuo de nacionalidad española. En las novelas de Edgar Rice Burroughs recuerdo que aparecían dos. Tarzán el indómito presentaba el hallazgo del cadáver centenario de un aventurero español: no ocupaba mucho pero el efecto era gratamente misterioso. En Tarzán el terrible, en cambio, ya actuaba un compatriota mío, Esteban Miranda, cuyo aspecto físico resultaba ser casi idéntico al del rey de los monos, lo cual lo convertía en un peligroso antagonista. Tardé en conocer la existencia de este personaje ambicioso y traicionero porque el primer lugar donde debería haberlo encontrado, las páginas de Tarzán entre pigmeos (sosa manera de retitular Tarzan and the Ant-Men), su presencia se evaporaba misteriosamente, y eso que en el original generaba una importante trama secundaria. Sin duda fue un caso de patriotera censura o autocensura.

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‘La diligencia’ cumplió años (con regalo para mí)

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Por supuesto, me doy cuenta de que no se trata de una expresión tan ingeniosa como para que solo pudiera habérseme ocurrido a mí en todo el siglo XXI, pero permítanme hacerme la ilusión de que la voluminosa cadena SER me tomara prestado para su reportaje el título de un artículo de hace cinco años en la modesta prensa piurana. Vanidad, divino tesoro (y no es la primera vez que me pasa).

Lo que importa, en todo caso: que el recuerdo de la fecha nos dé la oportunidad de embarcarnos (una vez más, si se da el caso) en una de las grandes películas de la historia del cine.

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