(Sobre) El castellano de Tarzán

Pigmeos

Escolios a un texto implícito (quien lo quiera explícito, pinche aquí)

Para Antonio Guardiola, con gratitud entre otras cosas

Primero: Aun habiendo podido titular la entrada “El español de Tarzán”, cambio el nombre del idioma por su sinónimo. En parte, por obvia alusión al título de la página donde se publica el artículo. Y, también, por evitar que algún iniciado en la materia piense que me estoy refiriendo a un individuo de nacionalidad española. En las novelas de Edgar Rice Burroughs recuerdo que aparecían dos. Tarzán el indómito presentaba el hallazgo del cadáver centenario de un aventurero español: no ocupaba mucho pero el efecto era gratamente misterioso. En Tarzán el terrible, en cambio, ya actuaba un compatriota mío, Esteban Miranda, cuyo aspecto físico resultaba ser casi idéntico al del rey de los monos, lo cual lo convertía en un peligroso antagonista. Tardé en conocer la existencia de este personaje ambicioso y traicionero porque el primer lugar donde debería haberlo encontrado, las páginas de Tarzán entre pigmeos (sosa manera de retitular Tarzan and the Ant-Men), su presencia se evaporaba misteriosamente, y eso que en el original generaba una importante trama secundaria. Sin duda fue un caso de patriotera censura o autocensura.

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‘La diligencia’ cumplió años (con regalo para mí)

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Por supuesto, me doy cuenta de que no se trata de una expresión tan ingeniosa como para que solo pudiera habérseme ocurrido a mí en todo el siglo XXI, pero permítanme hacerme la ilusión de que la voluminosa cadena SER me tomara prestado para su reportaje el título de un artículo de hace cinco años en la modesta prensa piurana. Vanidad, divino tesoro (y no es la primera vez que me pasa).

Lo que importa, en todo caso: que el recuerdo de la fecha nos dé la oportunidad de embarcarnos (una vez más, si se da el caso) en una de las grandes películas de la historia del cine.

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‘Moby Dick’, de Melville a Huston (y II)

1. El viaje y la aventura

2. Tragedia, trabajo, amistad

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A bordo del ballenero ‘Pequod’ solo dos personajes tendrán conciencia de su labor de búsqueda como una misión trascendente. En primer lugar, como es sabido, Ajab  se fija el objetivo de alcanzar a la ballena blanca y darle muerte, por motivos personales a los que él da un significado universal: su venganza significa la destrucción de un símbolo del mal, aunque otros la interpreten más bien como la de una alteración del orden natural otorgado por Dios al mundo y sus criaturas. Sigue leyendo

‘Moby Dick’, de Melville a Huston (I)

1. El viaje y la aventura

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Imagen de aquí

En larga fila india, como las garzas que toman vuelo, los pájaros corrían ahora hacia el bote de Ahab; cuando estuvieron a pocas yardas, empezaron a revolotear sobre el agua con alegres chillidos de expectativa. Su vista era más aguda que la del hombre: Ahab no lograba ver el menor signo en el mar. Pero de improviso, escrutando aún más en los abismos, vio en lo hondo un punto blanco y viviente, no más grande que una comadreja, que subía con maravillosa rapidez y se agigantaba hasta que se volvió y mostró dos filas de dientes curvos, blancos, centelleantes, que surgían del abismo inescrutable. Era la boca abierta, la mandíbula de Moby Dick; el cuerpo inmenso aún se confundía en el azul del mar. La boca deslumbrante se abría bajo la embarcación como una tumba de mármol (Moby Dick, cap. CXXXIII).

Aun después de haber encontrado pasajes tan visuales como este, con su zoom vertiginoso y aterrador, yo seguiría sin creer posible que Moby Dick pudiera adaptarse al cine. Y si lo creo, es porque mi lectura de la novela ocurrió después de la de algunas versiones juveniles, y también de haber visto efectivamente un par de películas. Sin embargo, justamente porque yo llegaba al libro desde esas elaboraciones, la experiencia del texto íntegro resultó algo desconcertante. Al igual que, por ejemplo, Ulises, La montaña mágica o el Quijote, la novela de Herman Melville se me antojó como una de esas que periódicamente aparecen en la historia de la literatura para poner a prueba la resistencia y flexibilidad del género narrativo. Sigue leyendo

Ante el dilema, cinema

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Ya no sabían qué hacer el uno con el otro, después de haber malgastado frívolamente la vivencia esencial entre hombre y mujer. Así que se decidieron por la solución que les es dada a las gentes de nuestros días cuando no saben qué hacer: ir al cine.
Joseph Roth, La leyenda del santo bebedor (1939), XII

Comentario de ‘Glass’ (que no reseña)

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El doctor Carlos Hakansson, gran constitucionalista y, con nosotros sus amigos, gran cinéfilo, me exhortó a la salida del cine a escribir esta notita. Y eso que mi experiencia como lector o espectador de historias de superhéroes está lejos de ser la de un aficionado. Sin embargo, de lo visto y lo escuchado a lo largo de mi vida, incluyendo fuentes indirectas, me he armado una clasificación de tres fases, según la manera en que los superprotagonistas se relacionan con su medio:

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Lope de Aguirre, príncipe de la ficción

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Rufianes que se meten en Venezuela dándoselas de libertadores, los hay desde hace mucho. Lope de Aguirre, tras su muerte en Barquisimeto, dejó siglos de fama siniestra tras de sí, tal vez no por haber sido cuantitativamente más sanguinario que otros conquistadores, sino porque prefirió gastarse la ferocidad, en lugar de con los indios, con españoles y criollos,* incluidos sus propios secuaces que progresivamente lo iban abandonando. Así pues, cierta posteridad ha sido con él tan injusta como con Stalin, que si hubiera excluido de sus millones de víctimas a los comunistas, limitándose como su padrino Lenin a burgueses, polacos, ucranianos, monárquicos, socialdemócratas, anarquistas, granjeros y cristianos, todavía estaría acompañando a este en el mausoleo de la Plaza Roja.**
22408599794En la literatura, tal vez ningún conquistador de las Indias haya recibido tributos más recordados que Lope de Aguirre, aunque en sentido estricto jamás fuera un conquistador. A partir del siglo XX, la revisión de las crónicas ha permitido apreciar mucho más la ambigüedad y desmesura del gran rebelde contra la monarquía indiana. Yo recomendé en su momento para Castellano Actual la novela El camino de El Dorado (1947), de Arturo Uslar Pietri. Igualmente, si no hubiera conllevado extender demasiado la nota, podría haberme referido a Ciro Bayo, autor del primer libro literario completo sobre Aguirre del que tengo noticia. Los marañones (1913) sigue muy de cerca las crónicas de Indias, y de hecho tiene más de crónica que de novela, por más que se le noten las ganas de componer una ficción de aventuras sobre el personaje. Bayo recrea y sintetiza la información histórica de manera muy amena e intercalando sus propias impresiones de viaje, género del que fue pionero en lengua española.

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