Como stalker por su campus

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Al decreto de cuarentena nacional por el gobierno, en este marzo que ya tan lejano se nos hace, siguió un aviso inmediato de las autoridades de la universidad: el campus estaría abierto durante las pocas horas del día que quedaban para llevarse a casa cualquier material de la oficina que fuese necesario (y propio).

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Carpenter & Lydecker

Lo que tiene el encanto: sendos ternos impecables, sedas frases con aplomo y puntería, y pueden convertirse en mis héroes dos repelentes personajes personajes que Laura, el fascinante filme de Otto Preminger, acertó a crear para la historia del cine.
Shelby Carpenter: “No sé gran cosa de nada, pero sí sé un poco de casi todo”.
Waldo Lydecker: “Yo no escribo con lapicero, utilizo una pluma de ganso mojada en veneno”.

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Los puentes de Madison (Francia, siglo XII)

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Entre peste y peste, algún día debió de haber en la Edad Media en que se aplanara la curva de infectados, la malcasada pudiera salir a la puerta de su casa a tomar el aire y el caballero andante tuviera con ella un parrafito.
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Otro poema para encerrados

Marmota

Perdón por la insistencia. Me pasa que en estos días leo mas verso que prosa (se reduce bastante la posibilidad de interrupciones), y yo no los busco, son ellos los que se dejan encontrar. Ojalá que este sirva como alivio a quienquiera  que se esté imaginando en los peores momentos de El día de la marmota.

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Tomado de aquí, y disponible gratis para libro electrónico (Kindle: https://cutt.ly/4tCqm3r
iBooks: https://cutt.ly/otCqQ1M
Google: https://cutt.ly/xtCqW8R

 

 

Epidemia y poder

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Insisto en dos temas de estos días: el de Un fulgor tan breve de Jiménez Lozano y el de la peste. Aunque el poema califica como tal el arte de gobernar –por lo cual el título que he puesto a esta entrada resulta un pleonasmo–, creo que en estas difíciles circunstancias se está demostrando que son posibles salutíferas excepciones para cualquiera que quiera buscarlas: el mundo es ancho. Igual que existen Wolseys, habrá siempre un Tomás Moro (justo también en estos días estoy yo comentando con mis alumnos Un hombre para la eternidad).

El poder 

Cuarentena: cara y cruz

Alguno me pregunta que si no me traigo entre manos ninguna corónica (mejor que crónica) sobre estos días de reclusión mundial, al estilo de aquella que alumbré sobre la inundación de hace tres años.

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‘The Arrival’: asincronía y eternidad

(Alerta, destripoilers)

Con el retraso debido veo La llegada de Denis Villeneuve, el mismo afortunado director de Blade Runner 2049. Para mi magra perspectiva, la película supone un hito, en lo que se refiere a narradores no fiables (si es que se puede hablar de narrador en el cine), equiparable a Stage Fright de Hitchcock. Ya no es que las imágenes del recuerdo del “narrador” representen el relato de un mentiroso, o bien hechos imaginarios que no llegan a verificarse: en este caso, muestran anticipaciones que, no obstante, el espectador no avisado interpretará rutinariamente como recuerdos. 

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Miseria de la ucronía

No he leído ninguna novela del género ucronía; al menos, ninguna de las que tengo entendido que valen la pena por su calidad literaria y que son dos: El hombre en el castillo de Philip K. Dick y La conjura contra América de Joseph Roth. Sin embargo, por afición a la historia, me fascina enterarme de sus argumentos, y leer solo por ellos pequeños textos de historia contrafactual, por más que jamás me satisfagan. Y es que no me resulta lo bastante verosímil ninguna de las versiones escritas que encuentro acerca de cómo sería el mundo si ciertos hechos cruciales se hubieran decidido de una manera diferente. Para mí, se les suele notar demasiado la tesis y el voluntarismo: al fin y al cabo, si la verdadera aspiración del relato histórico es la de interpretar el presente, la ucronía puede, más que manipular la interpretación de los hechos, tomarse un margen de libertad mucho mayor para manipular los hechos mismos.

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De película

Quijote

Un daño que ha hecho el cine es el de convencer a muchos de que la vida es igual que las películas. Pero uno más grave, no sé si menos extendido, ha sido desalentar a otros haciéndoles creer que ciertas audacias y venturas solo pueden suceder en las películas.

“El prisionero de Zenda”: conversación, sin acero

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… tanto en florete como en sable existía una “convención” (una prioridad de acciones) según la cual si un tirador inicia un movimiento ofensivo, tenía que fallar o ser parado antes de que su oponente pudiese responder de manera legítima. El resultado de semejante reglas era que podían desarrollarse “frases”, como un movimiento en música, con el ataque seguido de la respuesta, y esta a su vez de la contrarrespuesta, hasta que se entablaba una “conversación de los hierros” (Richard Cohen, Blandir la espada, Barcelona, Destino, 2003)
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Para Covi, porque la menciono por ahí
Sentada la cercana relación entre diálogo y esgrima por la autoridad de esta sabrosa lectura (recomendable para amantes de la historia, el deporte y el cine, siempre que sean poco exigentes en materia de traducción castellano-inglés), invito a todos los interesados a leer también este artículo de La Mano del Extranjero sobre la película El prisionero de Zenda de 1952, ante el que no me resistí a intercambiar puntos de vista.
Por Ruritania y su familia real siento una pasión añeja, cuya presencia más duradera en el Perú me aseguré, desaparecida cierta marca de cerveza,  gracias al nombre de una de mis hijas.
Zenda

De jalayo.blogspot.com

Del Cid o de los Cides

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 El cronista anónimo se lo hace decir a ese mismo pueblo en el viejo romance del Cid, y uno recuerda con frecuencia sus palabras cuando considera la triste historia de nuestras gentes, que siempre dieron lo mejor de sí mismas, su inocencia, su dinero, su trabajo y su sangre, viéndose en cambio tan mal pagadas: «Qué buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor» (Arturo Pérez-Reverte, El capitán Alatriste,VI).

En fin. Que allí, en Santa Helena, el Enano seguía haciendo memoria. A vueltas con los españoles y el Cid, la cita era algo del tipo «qué buen vasallo que fuera si tuviese buen señor» (Arturo Pérez-Reverte, La sombra del águila VIII).

Y confirmando así unos y otros, rojos y azules, otra vez en  nuestra triste historia, aquel viejo dicho medieval que parece nuestra eterna maldición nacional: “Qué buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor” (Arturo Pérez-Reverte,  Una historia de España LXXXI)

No llego a más citas. Creo que había otra del mismo estilo en El húsar, primera novela del escritor, pero no la tengo a mano para refrescarme la memoria. En todo caso, estas poquitas me llevan a recibir sin mucha sorpresa el anuncio de que el autor de El capitán Alatriste va a dedicarle un libro a Rodrigo Díaz de Vivar. La noticia me ha llevado más bien a preguntarme cómo es que ha tardado tanto. Es de esperar que esta vez le saque jugo a otros pasajes del Cantar, del romancero o de la historia.

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(Sobre) El castellano de Tarzán

Pigmeos

Escolios a un texto implícito (quien lo quiera explícito, pinche aquí)

Para Antonio Guardiola, con gratitud entre otras cosas

Primero: Aun habiendo podido titular la entrada “El español de Tarzán”, cambio el nombre del idioma por su sinónimo. En parte, por obvia alusión al título de la página donde se publica el artículo. Y, también, por evitar que algún iniciado en la materia piense que me estoy refiriendo a un individuo de nacionalidad española. En las novelas de Edgar Rice Burroughs recuerdo que aparecían dos. Tarzán el indómito presentaba el hallazgo del cadáver centenario de un aventurero español: no ocupaba mucho pero el efecto era gratamente misterioso. En Tarzán el terrible, en cambio, ya actuaba un compatriota mío, Esteban Miranda, cuyo aspecto físico resultaba ser casi idéntico al del rey de los monos, lo cual lo convertía en un peligroso antagonista. Tardé en conocer la existencia de este personaje ambicioso y traicionero porque el primer lugar donde debería haberlo encontrado, las páginas de Tarzán entre pigmeos (sosa manera de retitular Tarzan and the Ant-Men), su presencia se evaporaba misteriosamente, y eso que en el original generaba una importante trama secundaria. Sin duda fue un caso de patriotera censura o autocensura.

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‘La diligencia’ cumplió años (con regalo para mí)

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Por supuesto, me doy cuenta de que no se trata de una expresión tan ingeniosa como para que solo pudiera habérseme ocurrido a mí en todo el siglo XXI, pero permítanme hacerme la ilusión de que la voluminosa cadena SER me tomara prestado para su reportaje el título de un artículo de hace cinco años en la modesta prensa piurana. Vanidad, divino tesoro (y no es la primera vez que me pasa).

Lo que importa, en todo caso: que el recuerdo de la fecha nos dé la oportunidad de embarcarnos (una vez más, si se da el caso) en una de las grandes películas de la historia del cine.

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‘Moby Dick’, de Melville a Huston (y II)

1. El viaje y la aventura

2. Tragedia, trabajo, amistad

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A bordo del ballenero ‘Pequod’ solo dos personajes tendrán conciencia de su labor de búsqueda como una misión trascendente. En primer lugar, como es sabido, Ajab  se fija el objetivo de alcanzar a la ballena blanca y darle muerte, por motivos personales a los que él da un significado universal: su venganza significa la destrucción de un símbolo del mal, aunque otros la interpreten más bien como la de una alteración del orden natural otorgado por Dios al mundo y sus criaturas. Sigue leyendo

‘Moby Dick’, de Melville a Huston (I)

1. El viaje y la aventura

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En larga fila india, como las garzas que toman vuelo, los pájaros corrían ahora hacia el bote de Ahab; cuando estuvieron a pocas yardas, empezaron a revolotear sobre el agua con alegres chillidos de expectativa. Su vista era más aguda que la del hombre: Ahab no lograba ver el menor signo en el mar. Pero de improviso, escrutando aún más en los abismos, vio en lo hondo un punto blanco y viviente, no más grande que una comadreja, que subía con maravillosa rapidez y se agigantaba hasta que se volvió y mostró dos filas de dientes curvos, blancos, centelleantes, que surgían del abismo inescrutable. Era la boca abierta, la mandíbula de Moby Dick; el cuerpo inmenso aún se confundía en el azul del mar. La boca deslumbrante se abría bajo la embarcación como una tumba de mármol (Moby Dick, cap. CXXXIII).

Aun después de haber encontrado pasajes tan visuales como este, con su zoom vertiginoso y aterrador, yo seguiría sin creer posible que Moby Dick pudiera adaptarse al cine. Y si lo creo, es porque mi lectura de la novela ocurrió después de la de algunas versiones juveniles, y también de haber visto efectivamente un par de películas. Sin embargo, justamente porque yo llegaba al libro desde esas elaboraciones, la experiencia del texto íntegro resultó algo desconcertante. Al igual que, por ejemplo, Ulises, La montaña mágica o el Quijote, la novela de Herman Melville se me antojó como una de esas que periódicamente aparecen en la historia de la literatura para poner a prueba la resistencia y flexibilidad del género narrativo. Sigue leyendo

Ante el dilema, cinema

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Ya no sabían qué hacer el uno con el otro, después de haber malgastado frívolamente la vivencia esencial entre hombre y mujer. Así que se decidieron por la solución que les es dada a las gentes de nuestros días cuando no saben qué hacer: ir al cine.
Joseph Roth, La leyenda del santo bebedor (1939), XII

Comentario de ‘Glass’ (que no reseña)

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El doctor Carlos Hakansson, gran constitucionalista y, con nosotros sus amigos, gran cinéfilo, me exhortó a la salida del cine a escribir esta notita. Y eso que mi experiencia como lector o espectador de historias de superhéroes está lejos de ser la de un aficionado. Sin embargo, de lo visto y lo escuchado a lo largo de mi vida, incluyendo fuentes indirectas, me he armado una clasificación de tres fases, según la manera en que los superprotagonistas se relacionan con su medio:

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Lope de Aguirre, príncipe de la ficción

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Rufianes que se meten en Venezuela dándoselas de libertadores, los hay desde hace mucho. Lope de Aguirre, tras su muerte en Barquisimeto, dejó siglos de fama siniestra tras de sí, tal vez no por haber sido cuantitativamente más sanguinario que otros conquistadores, sino porque prefirió gastarse la ferocidad, en lugar de con los indios, con españoles y criollos,* incluidos sus propios secuaces que progresivamente lo iban abandonando. Así pues, cierta posteridad ha sido con él tan injusta como con Stalin, que si hubiera excluido de sus millones de víctimas a los comunistas, limitándose como su padrino Lenin a burgueses, polacos, ucranianos, monárquicos, socialdemócratas, anarquistas, granjeros y cristianos, todavía estaría acompañando a su exjefe en el mausoleo de la Plaza Roja.**
22408599794En la literatura, tal vez ningún conquistador de las Indias haya recibido tributos más recordados que Lope de Aguirre, aunque, en sentido estricto, este jamás fuera un conquistador. A partir del siglo XX, la revisión de las crónicas ha permitido apreciar mucho más la ambigüedad y desmesura del gran rebelde contra la monarquía indiana. Yo recomendé en su momento para Castellano Actual la novela El camino de El Dorado (1947), de Arturo Uslar Pietri. Igualmente, si no hubiera conllevado extender demasiado la nota, podría haberme referido a Ciro Bayo, autor del primer libro literario completo sobre Aguirre del que tengo noticia. Los marañones (1913) sigue muy de cerca las crónicas de Indias, y de hecho tiene más de crónica que de novela, por más que se le noten las ganas de componer una ficción de aventuras sobre el personaje. Bayo recrea y sintetiza la información histórica de manera muy amena e intercalando sus propias impresiones de viaje, género del que fue pionero en lengua española.

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‘Desayuno con diamantes’: el escritor y sus problemas

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Hace ya demasiados años, tempus fugit, los compañeros de la revista Magenta organizamos un ciclo de cine bajo el mismo subtítulo de arriba.  La última película del ciclo, oh casualidad, era Capote de Bennett Miller.

A mí, de la adaptación que hicieron Blake Edwards y George Axelrod de la breve novela de Truman Capote, Desayuno en Tiffany’s, me llaman la atención no solo los tópicos de la comedia romántica (bien reconocibles, pero muy curiosos teniendo en cuenta cómo transforman el texto literario), sino también la importancia que adquiere en la película la figura del escritor, profesión de su protagonista masculino. El personaje de Paul Varjak es tal vez el cambio más sustancial de la película con respecto a la novela, en cuanto que, en esta última, lo que convertía al innominado narrador-personaje en confidente de Holly era precisamente la falta de una relación amorosa entre ellos. Sigue leyendo

‘Desayuno con diamantes’ o la comedia romántica en su esencia

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Que Desayuno con diamantes haya resistido por mi parte un buen número de revisiones demuestra que posee la solidez de la que están hechos los clásicos. Blake Edwards y George Axelrod adaptaron con este film, muy libremente, el modélico relato de personaje creado por Truman Capote*, que se vio así convertido en una muestra canónica –e icónica– de la comedia romántica. Sigue leyendo

‘El otro lado del viento’: próxima, nueva, incompleta

Cuando Jorge Luis Borges, en su cuento “El milagro secreto”, achacaba al imaginario escritor checo Jaromir Hladík que “como todo escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo que vislumbraba o planeaba”, ni se le tenía por qué ocurrir el nombre de Orson Welles. Yo, sin embargo, con otra perspectiva, no puedo evitarlo: cuando leo sobre la obra filmográfica del gordo errante, me da la impresión de que le conceden el mismo peso a sus obras acabadas que a aquellas que nunca terminó de escribir, filmar ni montar. Eso, a pesar de su fama de genio, o más bien gracias a ella, que a otro no se lo perdonarían.

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‘El último’ de Murnau: milagro en el Atlantic

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Der letzte Mann, película de F.W. Murnau de 1924, cuenta  una historia tan sencilla como melodramática. El portero del lujoso hotel Atlantic vive orgulloso de su profesión, atendiendo exquisitamente a sus opulentos huéspedes. El actor que lo encarna es Emil Jannings, quien, como en el personaje que encarnaría años después en El ángel  azul, emana una autoridad destinada a degradarse. Del hotel al modesto barrio donde vive, siempre porta con orgullo algo infantil su imponente uniforme, mientas que sus vecinos lo respetan hasta la devoción. Sigue leyendo

‘El festín de Babette’: cuando amar es recibir

Festín

“En 1871, durante una mañana de tormenta, Babette llega a un pueblo de Jutlandia, una aldea en la desolada costa oeste de Dinamarca, huyendo de Francia durante la represión de 1871. Es empleada como criada y cocinera en la casa de dos ancianas solteras, hijas de un estricto pastor, el cual ha frustrado todos los planes de ser felices de sus hijas. Allí vive durante catorce años, hasta que un día descubre que por fortuna ha ganado la lotería, y en lugar de regresar a Francia, pide permiso para preparar una cena de celebración del centenario del pastor” (resumen de Wikipedia).

Me hablaron por primera vez de El festín de Babette (Gabriel Axel, 1987) como de una película católica. El propio artículo wikipédico que he citado incorpora más adelante una breve interpretación en este sentido. Después de haberla visto tras décadas de curiosidad, no me parece una calificación desacertada, aunque tampoco mucho más acertada que otras que podrían basarse en estereotipos similares. Todo estereotipo, al fin y al cabo, se basa en una realidad y la exagera a su propio modo. Es decir, que en la película podemos contraponer la cultura  católica —la doctrina ni se menciona— a la protestante con la misma legitimidad o intención (véase aquí un desternillante ejemplo) con que podríamos oponer el temperamento de los países nórdicos, convencionalmente fríos y taciturnos, al de los países latinos, proverbialmente alegres y sensuales; o bien la cultura cosmopolita y mundana de la gran ciudad (que es París pero podría haber sido también la luterana Copenhague) a la enlutada y pobre aldea danesa que igualmente pudiera haber sido castellana. Sigue leyendo

El escritor y el héroe en ‘El tercer hombre’ (y 4)

1. De la novela al cine (y vuelta)

2.La confusión de Holly Martins

3. El héroe encara el mal

Conferencia

La conferencia (no la mía), con público en fuga

La dignidad del oficio

A pesar de las apariencias, al final de El tercer hombre el protagonista queda también a salvo en su dimensión de escritor.  Por más que Greene se burle de los clisés de la novela popular, tanto en la película como, sobre todo, en la novela se caricaturiza el elitista mundo de la literatura considerada “culta”. Confundido con un afamado escritor, Martins se verá en la obligación de improvisar una conferencia sobre temas que no entiende (“la crisis de la fe”, “el fluir de conciencia”, etc.) para un público que admira a autores de manual de literatura contemporánea que el héroe no conoce ni tampoco le interesan: Woolf, Joyce, Stein… Sigue leyendo

El escritor y el héroe en ‘El tercer hombre’ (3)

1. De la novela al cine (y vuelta)

2.La confusión de Holly Martins

Lime

El héroe encara el mal

Todo, al llegar este momento de la película, tiene aire de fin… hasta el giro que supone la célebre secuencia en que Martins reconoce en “el tercer hombre” al propio Harry Lime. Esta revelación supone un completo giro argumental y una transformación en el papel de su protagonista. Podríamos intuir que Holly ahora sí que pasa a asumir el rol de héroe, pero de una historia donde ya no hay lugar para la inocencia maniquea de las novelas baratas. En la conversación que más tarde sostienen los dos amigos, Harry afirma entre resignado y cínico: “Tú y yo no somos héroes. En el mundo no quedan héroes. Solo en tus novelas”. Holly Martins es consciente ahora de lo sucia, peligrosa y “real” que puede llegar a ser su aventura; de ser tan solo el peón, movido por su antes aborrecido Calloway, de un desbordante ajedrez que le impondrá sacrificar una antigua amistad y un nuevo amor. Sigue leyendo

El escritor y el héroe en ‘El tercer hombre’ (2)

1: De la novela al cine (y vuelta)

Cotten

La confusión de Holly Martins

Holly Martins es un personaje construido con las mimbres del antihéroe de la novela contemporánea: sobre él recae el peso de una empresa noble y arriesgada, para lo cual no son el menor obstáculo sus propias debilidades. Su propio nombre tan poco varonil ya parece invitar al espectador a tomarse poco en serio al protagonista, que aun así en la película tuvo que adecuarse a la elegante apariencia de una reconocida estrella de Hollywood como Joseph Cotten. En el diseño original de Greene, Martins no se llamaba Holly sino Rollo (lo cual, por afortunada casualidad, suena tal vez más ridículo en español que en inglés), y su primera aparición, derramando “lágrimas de chiquillo” en el funeral de Harry Lime, era un poco más humillante que la del despistado Holly en la película.

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El escritor y el héroe en ‘El tercer hombre’ (1)

Adapto por entregas una conferencia que la Biblioteca de la Universidad de Piura tuvo la gentileza de invitarme a pronunciar hace cosa de año y medio, que me sirvió para discurrir de nuevo sobre la gran película y su muy apreciable novela

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De la novela al cine (y vuelta)

Un proceso con el que está familiarizado el lector medio es el de la obra literaria que inspira una película, la cual, al juicio del mencionado lector medio, no resiste la comparación con la obra original. Por su parte, el lector ‘no medio’ posiblemente haya conocido experiencias diferentes, por ejemplo la de encontrarse con relatos menores que dan lugar a grandes películas. Bien podemos contar aquí el caso de El tercer hombre, tal vez más insólito para el lector medio de marras cuando descubre que Greene, responsable tanto de la novela como del guion, concibió la primera tan solo como una manera de preparar mejor la elaboración del segundo. Es más, en palabras del propio novelista:

El tercer hombre no fue escrito para ser leído, sino para ser visto. (…) El lector notará muchas diferencias entre el relato y la película, y no puede pensar que esos cambios le fueron impuestos a un escritor mal dispuesto: en muchos casos fueron sugeridos por él mismo. En realidad, la película es mejor que el relato porque en este caso es el relato en su forma más acabada.[1]

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Ulises, épico y moderno

Notas, por si sirven, para profesores y estudiantes

Mosaico Ulises Polifemo

Con el cine de género, la épica degeneró. Al menos, respecto a su concepto original. Lo cierto es que el término, en los últimos años, ha caído en la insoportable vaguedad de ser cualquier cosa: bromas épicas, celebraciones épicas…

Pero ya de mucho antes, tampoco era necesario frecuentar las aulas para oír hablar de películas o novelas épicas (a menudo trilogías o series). Esto no suele significar otra cosa que unos relatos de ambientación fabulosa, que evoca tiempos remotos de manera poco realista. En ellos, los conflictos se resuelven mediante el enfrentamiento violento, masivo y continuado, cuerpo a cuerpo a ser posible; en cuanto a sus héroes, encarnan valores positivos universales o con pretensión de serlo. Sigue leyendo

‘Blade Runner 2049’, sin problema

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Visto lo que he visto, la mejor secuela de cine de ciencia ficción del año ha sido Blade Runner 2049, a la que me acerqué lleno de escepticismo. Me olí, de todos modos, que la película iba a ser una experiencia distinta a la del cine de consumo más rutinario cuando comprobé los poquísimos espectadores que ocupaban la sala, algunos de los cuales -Deo gratias- prefirieron marcharse como a la media hora (por lo que no debería llamarlos espectadores, sobre todo a uno de ellos por su porcino desprecio a la concentración ajena). El título fue pronto retirado de los carteles piuranos, así que no me apresuré a reseñarlo para la prensa.

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