Lo que lograrán leer

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Dirán, como Daniel Pennac, que el verbo leer no admite imperativo, y yo les daré la razón en cualquier ámbito que no sea la universidad. Aquí, si no te gusta leer, no entres, y si no te gusta lo que te dan a leer, aprende a explicar por qué.

Declaro estos principios –si no les gustan, tengo otros– porque me dispongo a hablar de la circunstancia de las lecturas obligatorias de mis cursos, y a muchos se les subirá al vallar de los dientes la frase de Pennac. Lo mismo que a mí: los comprendo y me anticipo, más que por objetarles, por afinidad con ellos. Moi hypocrite lecteur!

Pero vamos a lo que importa.

Calculando un poco a ojo, en Piura parece haber tantas librerías como universidades, con la diferencia de que estas últimas están más visibles y dotadas que aquellas. La trinidad estudio-lectura-libros, en mi ciudad, yo creo que no se da por descontada. De manera que cuando, año tras año, se repite la obligación de presentar alguno de los repetidos cursos de literatura a mis alumnos (de los cuales se repiten también algunos pocos), dedico siempre unos minutos a exponer sus posibilidades de acceso a bibliografía. No es que sean muchas, pero sí unas cuantas más de las que les permite imaginar este ambiente refractario a la letra impresa, no digamos ya encuadernada (y encima legalmente).

La primera alternativa hacia la que hay que encaminarles es la de la propia casa de estudios. Es decir, que tenemos una biblioteca nada mal provista, donde pueden prestar (verbo que en buen peruano significa, curiosamente, tomar prestadas)[1] las obras literarias del curso. Lo malo es que nunca habrá suficientes ejemplares para todos, de manera que tonto el último: solo queda confiar en que se vayan leyendo y devolviendo los libros a un ritmo razonable, por solidaridad con los compañeros que aguardan su turno.

Si le pongo algún reparo al fotocopiado, no es por cuestión de derechos de autor –ni estoy yo para tirar la primera piedra, ni las lecturas que mando normalmente los tienen desde hace muchísimo– sino de durabilidad. Las fotocopias son de manejo y almacenamiento embarazoso, amén de poco dignas de exhibición, que es uno de los motivos para tener una biblioteca en casa. Todo lo cual conduce a que la mayoría de las fotocopias atesoradas a lo largo de una vida de estudiante acaben en la ignominiosa papelera.

Sobre la posibilidad de la lectura en pantalla no suelo extenderme mucho. Allá ellos y su oftalmólogo. En todo caso, les prevengo contra los pedeefes y hachetemeeles gratuitos que proliferan por internet, escaneados a menudo con mejor voluntad que acierto, y en cambio les canto las alabanzas del libro electrónico legal, que les pone la lectura al alcance del bolsillo, en los dos sentidos.

Y es que, como remate, invito a lo que a muchos parece impensable: comprar. Les recomiendo que desde sus primeros años vayan empezando a formar su biblioteca personal. Un tesoro que, donde sea que los aviente la lucha por la vida, nunca dejará de hacerles compañía ni  de ser una familiar fuente de consulta profesional, a fuerza de glosa y relectura.

Aquí, el nuevo escollo que hay que sortear es el de la calidad de las ediciones. La demanda de lecturas escolares en secundaria, donde algunos profesores se animan a mandar clásicos o similares, ha llevado a algunas editoriales a producirlos masivamente. No solo eso: sabiendo que el lector nativo medio es incapaz de gastarse en lectura al año lo que gasta semanalmente en pollo a la brasa, lo ha sabido tentar con unas ediciones baratísimas. Cualquiera que pase por librerías poco formales o puestos ambulantes puede reconocerlas: siempre en grandes pilas de lomos chillones, o desplegadas en amplios abanicos que muestran sus portadas de escaso gusto, y a veces engañosas.

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Ya me dirán si no…

No menos engañoso puede ser el contenido. Con el fin de no superar el precio de cinco soles, además de estar impresas en apretada letra pulga, sin márgenes, sobre papel malo reciclado, profanan el texto sin el menor escrúpulo. Todos habremos conocido en nuestra infancia versiones abreviadas de novelones decimonónicos, no carentes de mérito a la hora de seleccionar la materia esencial del relato, pero aquí de lo que se trata es de capítulos brutalmente interrumpidos, de páginas suprimidas más por adelgazar el volumen que por ayudar al lector. Inolvidable aquella versión del Martín Fierro que compraron en masa mis incautos alumnos, algunos de cuyos cantos constaban de una o dos coplas nada más.

Aunque el crimen que más me estremeció fue sobre otro texto en verso. Una alumna leía uno de esos feos librejos; y cuando le pregunté el título, me contestó que era La vida es sueño. Algo sorprendido por lo delgadito del volumen, se lo pedí para examinarlo.

– Me cuesta mucho entenderlo –comentó la chica.

Tenía yo ya en la boca una breve exposición sobre la retórica calderoniana, pero me la tragué en seguida. El texto estaba en prosa. Es decir, que el ahorro de espacio lo habían obtenido los impresentables impresores anulando la división en versos de la comedia, cortapegándolos todos de corrido. Milagro que habían respetado los puntos y aparte.

Yo, consternado, llegué a considerar –horresco referens– desde otro punto de vista a los bomberos futuristas de Ray Bradbury… Sin embargo, a lo más que me he atrevido a llegar alguna vez ha sido a comprar su librito al pobre estudiante, por los pocos soles correspondientes, advirtiéndole que costaba mucho más de lo que valía.

[1] Sonrían, pero no se burlen. Igual pasa en español peninsular cuando decimos dar clase por tomarla. O en el diccionario académico, donde leemos que huésped designa por igual al que ofrece alojamiento y al alojado, o que enervar remite tanto a un estado de sobreexcitación como de abatimiento.

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