Napoleón en la RAE

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La devoción por la memoria no es tan unánime como parecen sugerir todos los museos, leyes y elogios que se le dedican. Por ejemplo, está bastante claro que la detestan multitudes de estudiantes, y también pocos pero influyentes educadores. Resurgen además, de cada vez más vez en cuando, hablantes hipersensibles que pretenden borrarle la memoria a la lexicografía del español, extirpando del diccionario de la Real Academia Española aquellas definiciones que ciertas palabras tuvieron en ciertos momentos pero hoy ofenden (por eso han dejado de usarse).

Los académicos parecen sobrellevar a estos quejicas con paciencia, salvo Arturo Pérez-Reverte, famoso en la pajarera de tuiter por sus fustigadoras réplicas. Dirán los más hostiles que por reaccionario, y los menos amigos que por espíritu de cuerpo. Por mi parte, me sugiere otra razón el recuerdo de La sombra del águila, para mí una de sus novelas mejores y menores.
LaSombraDelÁguila
En el capítulo III se nos retrata a Napoleón Bonaparte dirigiendo junto a su estado mayor no sé qué batalla en la campaña de Rusia. Tiene lugar el siguiente diálogo:
—Hay que hacer algo por esos héroes —dijo por fin—. ¡Alaix!
—A la orden, Sire.
—Envíeles un mensaje para que retrocedan honorablemente. No merece la pena que se hagan matar de ese modo… Y usted, Labraguette, busque a alguien de la División Borderie para que proteja su retirada.
Labraguette dudaba en abrirla boca.
—Me te-temo que es imposible, Sire —se aventuró por fin.
—¿Imposible? —el Enano lo miraba con la simpatía de doce mosquetones en un pelotón de fusilamiento—. Esa palabra no existe en el diccionario.
Labraguette, que a pesar de ser general era un tipo leído, miraba al Ilustre, perplejo.
—Yo ju-juraría que sí, Sire. Imposible: algo que no es po-posible.
—Le digo que no existe —el Enano fulminaba a Labraguette con la mirada—. Y si esa palabra existe, cosa que dudo, va usted a la Academia y me la borra… ¿Se entera, Labraguette?
Quiero decir que ver cómo aquel chiste de 1993 ha tomado la forma de una tropa de napoleoncillos verdaderamente enanos, pero reales, al asalto de la Docta Casa, bien pudiera sazonar la indignación del autor con cierta conciencia profética (más, tal vez, una pizca de remordimiento, por dar ideas).
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