Como stalker por su campus

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Al decreto de cuarentena nacional por el gobierno, en este marzo que ya tan lejano se nos hace, siguió un aviso inmediato de las autoridades de la universidad: el campus estaría abierto durante las pocas horas del día que quedaban para llevarse a casa cualquier material de la oficina que fuese necesario (y propio).

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Campus conclusus

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Cuando hace medio siglo se fundó mi universidad, sus terrenos quedaban fuera de la ciudad de Piura. Que esta última se fuera luego expandiendo sin ningún orden ni concierto reveló la prudencia de dos medidas para delimitar el futuro campus.

La más ambiciosa y esforzada fue plantar un bosque de algarrobos. Este ha acabado dando lugar a un rico ecosistema de aves y especies mayores como zorros, iguanas y venados. Hasta me han contado que hasta quisieron regalarnos un oso hormiguero arborícola,[1] pero al final no pudo ser. Una pena. Sigue leyendo

Grillos como flechas

Bichos

No olvido todavía la plaga de grillos. Por las noches sobre todo, cuando formaban sus enjambres, sobre todo alrededor de las farolas, y se arrojaban feroces sobre los paseantes. Chillaban algunas estudiantes y todo era un sacudírselos de la ropa y hasta del pelo y de la cara. En una semana nos libró de ellos el don de las garzas. Yo luego he recordado que uno de mis héroes lo pasó peor todavía por culpa de bichos tan sociables:

Acuérdome que cuando estábamos peleando en aquella escaramuza, que había allí unos prados algo pedregosos, e había langostas que cuando peleábamos saltaban y venían volando y nos daban en la cara, y como eran tantos flecheros y tiraban tanta flecha como granizos, que parecían eran langostas que volaban, y no nos rodelábamos, y la flecha que venía nos hería, y otras veces creíamos que era flecha, y eran langostas que venían volando: fue harto estorbo.

(Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, IX)

De manera menos aparatosa, pero más familiar con mi experiencia cotidiana, otro cronista de Indias dio también testimonio de cómo los indios guaraníes padecían a estos cantores nocturnos igual que yo, en el Perú, siglos más tarde, entre cortinas, librerías y papeles. Aquí los patos hacían el benéfico efecto que en mi vecindad hicieron las garzas:

… había llegado a una tierra de una generación de indios labradores y criadores de gallinas y patos, los cuales crían estos indios para defenderse con ellos de la importunidad y daño que les hacen los grillos, porque cuantas mantas tienen se las roen y comen; críanse estos grillos en la paja con que están cubiertas sus casas, y para guardar sus ropas tienen muchas tinajas, en las cuales meten sus mantas y cueros dentro, y tápanlas con unos tapaderos de barro, y de esta manera defienden sus ropas, porque de la cumbre de las casas caen muchos de ellos a buscar qué roer, y entonces dan los patos en ellos con tanta priesa, que se los comen todos; y esto hacen dos o tres veces cada día que ellos salen a comer, que es hermosa cosa de ver la montanera con ellos…

(Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Comentarios XXXIX)

Diluvios y alivios

Si es buscada, ya no es aventura.
(J.M. Preward)
La humanidad lo ha experimentado de un millón de formas y lo ha contado de mil. Yo lo haré a la mía: te acuestas tras haber conversado sobre las lámparas que esperas colgar de tu salón, el juego que propondrás mañana a tus hijas para que no se aburran, a cuáles de tus tareas pendientes dedicaras más atención mañana en la oficina; y te levantas para preocuparte de dónde encontrarás sacos de tierra, cómo te las arreglas para sacar a las niñas de casa con el agua a la cintura, cuándo volverás a tener una muda que ponerte o un poco de agua limpia.

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El diluvio

Llevamos semanas de lluvia intensa en Piura. Desde mi torre, se ve pasar el río alto como muchos no lo podemos recordar. La glera cuya foto encabeza mi blog, por supuesto, ya no existe, y yo me pregunto dónde se estarán cobijando en estos días los cormoranes y las garzas. De lo que sí se han llenado las riberas es de enjambres de sapos diminutos.

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Yo sé que debería incluir imágenes preocupantes de cómo se remoja mi ciudad, pero como para eso está Facebook…

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Sombreros

Chalán

El sombrero es una prenda que siempre me gustó en cabeza ajena. Tendrá la culpa mi formación sentimental a base de películas norteamericanas de los años 30-50 (la “Primera sesión” de los sábados en TVE-1). Aun así, crecido como hube en una generación sinsombrerista, jamás se me ocurrió ponerme uno: creo firmemente en el lema de George Brummell de que la elegancia consiste en no hacerse notar (cómo me cuesta a veces que lo entiendan mis alumnos). Sigue leyendo

Falta para el verano

   Días regurgitando prosa académica. Me consuela que tampoco es la más prosa de las prosas, pero me fastidia cuando veo tan descuidada mi maceta. Podría echarle la culpa a la estación: llega a Piura su leve invierno, reina la calma en el campus y hasta el sol, de rato en rato, se marcha a lugares distintos. Yo pienso en otros veranos.

Más macetas, menos páramo

Hace un momento que he aclarado a un amable comentarista que no tengo pensado meterme a la agresiva labor de cronista del cotarro cultural. Bastante hago defendiendo lo que crece en esta pobre maceta. Sin embargo, reformando mi columna de enlaces, no puedo resistirme a pegar también los de Gextores, Histeria y Deja vu. Nombres que no es que me encanten (a lo mejor es que para nombres y títulos soy muy, como decimos en Asturias, repunante) pero que revelan que hay más y mejor gente con iniciativa para  sembrar en el desierto. Y encima, joven y hasta muy joven. Y que lo hace bien y hasta profesionalmente. Y (qué orgullo, pardiez) salida de la UDEP y hasta pasada por mi clase.

Mario Vargas Llosa y Piura

    Cuelgo aquí mi reciente artículo sobre la materia del título, o mejor dicho, sobre el libro que un amigo escribió acerca de la materia del título.

   Como el Nobel está a punto de visitarnos, algunos le vamos “creando ambiente” lo mejor que podemos. Falta hace, no para él que será indudablemente recibido en olor de multitudes, sino para ver si el interés por su figura deja algún rastro de interés cultural para quienes viven aquí durante todo el año. En Arequipa, ciudad con la que Vargas Llosa concluyó su relación al poco de haberse tomado la molestia de nacer, le dedican un museo y siguieron la entrega del premio en Estocolmo hace año y pico con fervor. En cambio, la Piura de los amores del escribidor apenas cuenta -de momento- con otro respaldo oficial que una sala dedicada a su obra en la Biblioteca Municipal, a cargo de un Instituto Vargas Llosa constituido antes de la fácil publicidad del Nobel. (En cuanto a la proyección pública de la entrega del premio, en la Pinacoteca, me cuentan que si no dio risa es porque dio vergüenza).

Cortopego por si acaso se fuera el enlace

La lluvia en Piura

   Está lloviendo en Piura (¿quién escribió que aquí nunca llovía?). Lo típico es que en enero y febrero, sobre todo en la tarde y más aún por la noche, caigan aguaceros pesados, de goterones tibios y pegajosos. Como el intenso calor del día ha secado los incontables charcos de la noche anterior, gentileza de la Municipalidad, se repite el intenso aroma a tierra recién mojada que tanto agrada a casi toda la gente que conozco. En Piura, este olor es distinto a otros lugares, por el toque dulzón que le prestan las vainas de algarrobo, desperdigadas por el suelo en mil rincones de la ciudad. Los piuranos que han olfateado el aire de tierra húmeda en otros lugares del mundo, no lo disfrutan igual: extrañan la algarrobina. Sigue leyendo