El diluvio

Llevamos semanas de lluvia intensa en Piura. Desde mi torre, se ve pasar el río alto como muchos no lo podemos recordar. La glera cuya foto encabeza mi blog, por supuesto, ya no existe, y yo me pregunto dónde se estarán cobijando en estos días los cormoranes y las garzas. De lo que sí se han llenado las riberas es de enjambres de sapos diminutos.

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Yo sé que debería incluir imágenes preocupantes de cómo se remoja mi ciudad, pero como para eso está Facebook…

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Sombreros

Chalán

El sombrero es una prenda que siempre me gustó en cabeza ajena. Tendrá la culpa mi formación sentimental a base de películas norteamericanas de los años 30-50 (la “Primera sesión” de los sábados en TVE-1). Aun así, crecido como hube en una generación sinsombrerista, jamás se me ocurrió ponerme uno: creo firmemente en el lema de George Brummell de que la elegancia consiste en no hacerse notar (cómo me cuesta a veces que lo entiendan mis alumnos). Sigue leyendo

Falta para el verano

   Días regurgitando prosa académica. Me consuela que tampoco es la más prosa de las prosas, pero me fastidia cuando veo tan descuidada mi maceta. Podría echarle la culpa a la estación: llega a Piura su leve invierno, reina la calma en el campus y hasta el sol, de rato en rato, se marcha a lugares distintos. Yo pienso en otros veranos.

Más macetas, menos páramo

Hace un momento que he aclarado a un amable comentarista que no tengo pensado meterme a la agresiva labor de cronista del cotarro cultural. Bastante hago defendiendo lo que crece en esta pobre maceta. Sin embargo, reformando mi columna de enlaces, no puedo resistirme a pegar también los de Gextores, Histeria y Deja vu. Nombres que no es que me encanten (a lo mejor es que para nombres y títulos soy muy, como decimos en Asturias, repunante) pero que revelan que hay más y mejor gente con iniciativa para  sembrar en el desierto. Y encima, joven y hasta muy joven. Y que lo hace bien y hasta profesionalmente. Y (qué orgullo, pardiez) salida de la UDEP y hasta pasada por mi clase.

Mario Vargas Llosa y Piura

    Cuelgo aquí mi reciente artículo sobre la materia del título, o mejor dicho, sobre el libro que un amigo escribió acerca de la materia del título.

   Como el Nobel está a punto de visitarnos, algunos le vamos “creando ambiente” lo mejor que podemos. Falta hace, no para él que será indudablemente recibido en olor de multitudes, sino para ver si el interés por su figura deja algún rastro de interés cultural para quienes viven aquí durante todo el año. En Arequipa, ciudad con la que Vargas Llosa concluyó su relación al poco de haberse tomado la molestia de nacer, le dedican un museo y siguieron la entrega del premio en Estocolmo hace año y pico con fervor. En cambio, la Piura de los amores del escribidor apenas cuenta -de momento- con otro respaldo oficial que una sala dedicada a su obra en la Biblioteca Municipal, a cargo de un Instituto Vargas Llosa constituido antes de la fácil publicidad del Nobel. (En cuanto a la proyección pública de la entrega del premio, en la Pinacoteca, me cuentan que si no dio risa es porque dio vergüenza).

Cortopego por si acaso se fuera el enlace

La lluvia en Piura

   Está lloviendo en Piura (¿quién escribió que aquí nunca llovía?). Lo típico es que en enero y febrero, sobre todo en la tarde y más aún por la noche, caigan aguaceros pesados, de goterones tibios y pegajosos. Como el intenso calor del día ha secado los incontables charcos de la noche anterior, gentileza de la Municipalidad, se repite el intenso aroma a tierra recién mojada que tanto agrada a casi toda la gente que conozco. En Piura, este olor es distinto a otros lugares, por el toque dulzón que le prestan las vainas de algarrobo, desperdigadas por el suelo en mil rincones de la ciudad. Los piuranos que han olfateado el aire de tierra húmeda en otros lugares del mundo, no lo disfrutan igual: extrañan la algarrobina. Sigue leyendo