En el principio fue un sapo: sobre Kenneth Grahame y J.R.R. Tolkien (3)

1. Vuelta a El viento en los sauces (y a Tolkien)

2. Progreso amenazante, magia ancestral

3. La peligrosa tentación del viaje.

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Un tercer aspecto bajo el que se puede ofrecer el mundo exterior a los habitantes del Río o La Comarca es el de la potencial aventura. En el primer capítulo de El hobbit, Bilbo reencuentra al mago Gandalf, visitante ocasional de la Comarca tras largas y remotas ausencias, y lo recuerda entre otros con los siguientes términos:

¿No sois vos el Gandalf responsable de que tantos y tantos jóvenes apacibles partiesen hacia el Azul en busca de locas aventuras? Cualquier cosa desde trepar árboles a visitar elfos… o zarpar en barcos, ¡y navegar hacia otras costas! ¡Caramba!, la vida era bastante apacible entonces. Quiero decir, en un tiempo tuvisteis la costumbre de perturbarlo todo en estos sitios.

El propio Bilbo percibirá poco después cómo despierta en su interior un temperamento más inquieto, que alterna con su nostalgia de la vida muelle. Similares inquietudes veremos, en la continuación de la obra, definir el carácter de su sobrino Frodo:

Se descubrió a veces, especialmente en el otoño, pensando en tierras salvajes, y unas montañas extrañas que nunca había visto se le aparecieron en sueños.

«Quizás algún día cruzaré el río», comenzó a decirse; a lo que la otra mitad de la mente le respondía siempre: «Todavía no.»

(…)  Frodo comenzó a sentirse intranquilo y los viejos caminos le parecían ahora demasiado trillados. Estudiaba los mapas y pensaba en lo que habría más allá; los mapas hechos en la Comarca mostraban en su mayoría espacios blancos fuera de las fronteras. Frodo se acostumbró a vagabundear por campos lejanos, casi siempre solo, por lo que Merry y otros amigos lo observaban con inquietud. A menudo se le veía paseando y hablando con extraños caminantes… (El Señor de los Anillos I,2).

En la obra de Tolkien, la aventura está ligada al concepto de misión. Se aborda cuando surge como inevitable –aunque siempre elegible–, y siempre con el horizonte del retorno a la estabilidad doméstica. La aventura como divertimento aparece también rechazada en el mundo de Grahame, y quien la aborda con frivolidad y desprecio a las propias raíces, como el Sapo, recibe su castigo. Es más interesante en este sentido el capítulo IX de El viento en los sauces, donde se retrata con mayor profundidad el deseo de romper con la plácida rutina hogareña y partir en busca de nuevos horizontes. Es aquí también un forastero, la Rata de Mar, quien hipnóticamente inocula a su sedentario pariente de agua dulce el deseo de dejar para siempre ese Río que él ama más que nadie. También la Rata de Agua debe ser salvada de esa tentación, y así sucede finalmente gracias a la firmeza de su amigo el Topo (con tan pocos miramientos como ambos tuvieron con el Sapo), hasta que pasados unos días la Rata vuelve a su quieta normalidad.

(Continuará)

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