Sobre aventuras, folletín, clásicos y colonialismo (me explico)

Pío Baroja, clásico

Encuentro un comentario semihostil a mi recomendación del Shanti Andía, y lo respondo velozmente (de ahí, creo, algún anacoluto que otro, que en mis macetas suelo poner un poco más de esmero). Me ha salido tan amplio que acabo por dedicarle entrada aparte. Puede ser que haya más gente que no me haya entendido, aunque espero que ofendidos no haya muchos más.

Clásico menor (también con huella)

Vicios y remedios de la novela histórica

Se reprocha frecuentemente a la novela histórica que revela mucho más la visión del mundo del novelista que la del mundo que recrea. A fuer de frecuente reprochador yo también, reconoceré que este juicio muchas veces trata de ocultar la decepción porque la novela no coincide con la visión del mundo del propio crítico. Además, es una crítica demasiado fácil de hacer, puesto que se pronuncia sobre un defecto inevitable. El historiador, como anota en sus Escolios Nicolás Gómez-Dávila, “obviamente no estudia el pasado, sino datos presentes con que lo imagina”, así que con el novelista habrá que ser aún más indulgente: junto con la imaginación, tiene la licencia de la invención. Sobre el juego que hace el hoy con elementos del ayer discurre Borges, tan bien como él suele, en el prólogo a Luna de enfrente:

No hay obra que no sea de su tiempo: la escrupulosa novela histórica Salammbô, cuyos protagonistas son los mercenarios de las guerras púnicas, es una típica novela francesa del siglo XIX. Nada sabemos de la literatura de Cartago, que verosímilmente fue rica, salvo que no podía incluir un libro como el de Flaubert.

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Mi abuela, ‘El señor de Bembibre’ y yo

Recomendación literaria personal (enlazo la normal)

Mi abuela, que de jovencita había escrito para otros (fue amanuense de tío Matías el periodista), en su ancianidad dejó que otros le leyéramos. La vista ya no le daba para más. Muchos veranos en su casa se me fueron buscando libros para ella. No recuerdo muchos de los títulos, pero sí que con ninguno pude acertar más que con El señor de Bembibre. Sigue leyendo

El terapéutico Azorín

Visto por Zuloaga (y sacado de http://www.elmundo.es)

Un muy pedagógico profesor de Literatura Española en la Universidad de Oviedo, Jesús Menéndez Peláez, nos recomendó en alguna clase que, ante los estados de agobio y ajetreo cotidiano, vulgo estrés, leyéramos a fray Luis de León. “Es… terapéutico”, rubricó. Quizá fuera sugestión sobre esta inteligencia flácida, pero empecé desde entonces a degustar de otra manera los versos del venerable agustino, el dulce vaivén de sus endecasílabos y heptasílabos, con especial predilección por la Oda a Salinas (“El aire se serena / y cubre de hermosura y luz no usada”, etc.).

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Se armó el Dos de Mayo

A Don Juan Alvargonzález, in memoriam*

Ya avisé que acabaría leyendo La vuelta al mundo en la “Numancia”. Admito haberme saltado mucho de la tercera parte de los Episodios nacionales, cada vez más pesados como me estaban pareciendo, y de la cuarta aunque ya remontaba un poco el vuelo, como di fe en mi nota sobre Aita Tettauen. Cierta crítica considera la cuarta serie la mejor de todo el ciclo histórico galdosiano, me parece que por prescindir de lo folletinesco y presentar un sistema ideológico más definido y un mayor número de perspectivas… Yo sigo quedándome con la primera y la segunda, y creo que precisamente por folletinescas. Sus personajes, además, me resultan más simpáticos, más justificados por su acción y no por su significado ideológico.

Sin embargo, no desmerece de ellas esta novela de La “Numancia”, como intento que se note en el siguiente artículo.

Una novela sobre el Dos de Mayo

Una sintetisísima, aquí.

Algo de folletín sí que tiene, con su relato de viaje (cosa tan inesperada en la obra de Pérez Galdós) y la excusa de la fuga de Mara. De esta se vale el autor para cargar, una vez más, contra el romanticismo en todas sus manifestaciones. En lo literario, en lo existencial y también en lo político, puesto que mucho de romántico tiene el anteponer a la racionalidad y la concordia ese exceso de pundonor e inflexibilidad entre militares y diplomáticos que acaba desembocando en una guerra insensata. (Alberto Wagner de Reyna, filósofo peruano, tituló “El Pacífico, un lugar de la Mancha” cierto ensayo accesible aquí sobre la guerra hispano-peruana).

El Dos de Mayo (de 1866) apenas se recuerda en España. Conozco en Madrid la calle Méndez Núñez y tengo muy gratos recuerdos de ese punto de encuentro para provincianos que es la plaza del Callao. En cambio, la fecha sí es crucial para la memoria histórica del Perú, solo eclipsada por las hazañas bélicas –derrotas incluidas- frente a su antigua aliada Chile una década más tarde. Tras la batalla del Callao, uno y otro bando se atribuyeron la victoria; dejando aparte precisiones historiográficas sobre las que me falta conocimiento (por suerte, en vista del encono que pueden llegar a tenerse los eruditos), creo que fueron vencedores los peruanos puesto que de su lado salieron los últimos disparos mientras se retiraba la escuadra española. Otro tópico arraigado en este país, y en este caso equivocado, es que con aquella expedición naval España trataba de reconquistar su antiguo virreinato. No he encontrado que ningún historiador sostenga esta idea, pero es la que tiene arraigo popular (sin duda, desde el mismo momento del conflicto). Y es que las academias pueden profundizar cada vez más en el conocimiento de la historia, pero estarán arando en el mar mientras no logren que en la escuela se serenen los mitos nacionalistas.

*Don Juan fue marino de guerra y de paz. Patricio gijonés, descendiente del que fue, en el canal de Abtao y en aquel Dos de Mayo, comandante de la fragata “Villa de Madrid”. Algo pariente mío también. Presidió la Fundación Alvargonzález. Me regaló una preciosa edición de ilustraciones sobre la guerra aquella.

Javier de Santiago y Hoppe, Álbum de la guerra del pacífico (1863-1867), ed. de José Ramón García Martínez, Gijón, Museo Naval/Fundación Alvargonzález, 1997 (p. 123)

Javier de Santiago y Hoppe, Álbum de la guerra del Pacífico (1863-1867), ed. de José Ramón García Martínez, Gijón, Museo Naval/Fundación Alvargonzález, 1997 (p. 123)

Lo que recuerda, si te das cuenta, quien intenta tímidamente hablar por primera vez en otro idioma

(Único fragmento memorable de una gris novela histórica del siglo pasado)

La lengua castellana que hablaba Isabel era como un pajarito herido en un ala, dando aletazos, retrocediendo, probando de nuevo, como si ella quisiera volverlo a hacer bien todo, mezclando alguna palabra francesa que tal vez ella creyese que podría haber nacido aquí bajo el sol de Castilla.

(Laszlo Passuth, El señor natural)

Nuestra joven reina de 1565

Nuestra joven reina de 1565