Lo que lograrán leer

img_20190803_125712650

Dirán, como Daniel Pennac, que el verbo leer no admite imperativo, y yo les daré la razón en cualquier ámbito que no sea la universidad. Aquí, si no te gusta leer, no entres, y si no te gusta lo que te dan a leer, aprende a explicar por qué.

Declaro estos principios –si no les gustan, tengo otros– porque me dispongo a hablar de la circunstancia de las lecturas obligatorias de mis cursos, y a muchos se les subirá al vallar de los dientes la frase de Pennac. Lo mismo que a mí: los comprendo y me anticipo, más que por objetarles, por afinidad con ellos. Moi hypocrite lecteur!

Pero vamos a lo que importa. Sigue leyendo

Buhos, con mis ojos

verde4_web

Algo que me alegra (y, a veces, que me alarga) los trayectos por el campus es contemplar los animales. Sigue leyendo

La máquina del tiempo (perdido)

Máquina de chocolates

Sin anunciarse, aparecieron en diferentes puntos del campus expendedoras automáticas de aperitivos.
Yo saludé la aparición con una alegría que no acababa de explicarme, porque me suelo tomar la hora del café matinal, como el cine o el cebiche, más como excusa para la reunión social que por necesidad de consumo. Si no tengo a quién invitar ni quién me invite, puedo apurar la jornada entera en mi madriguera, a no ser que me saquen de ella otras obligaciones… incluida la de satisfacer un hambre imprevista.
Por eso mismo, la novedad era digna de interés: picar algo ahorrándome la cola de la cafetería. Aunque quizá no de tanta emoción.

Sigue leyendo

El racismo en los tiempos del biberón

Princesas Saga

Échenle la culpa a La mancha humana, que como buena experiencia artística he seguido teniendo presente considerable tiempo después de haberla terminado de leer. O a que haya vuelto a tropezarme con algún folleto navideño de Saga Falabella, con aquella propaganda de niñas rubitas que provocó una polémica más estúpida que ociosa. En todo caso, comparto aquí tres vivencias del racismo que en racimo se me han venido a la cabeza, e involucran de tal o cual manera al sector de la sociedad más frágil, adorable y cuchicuchi. Sigue leyendo