Ciudad de bronce

De blogeducastures

De blog.educastur.es

La ciudad llegó a tener más estatuas que habitantes. Los pocos que quedaban se  miraban, frágiles y vivos, con más admiración que a la obra de arte más perfecta. 

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La máquina del tiempo (perdido)

Máquina de chocolates

Sin anunciarse, aparecieron en diferentes puntos del Campus expendedoras automáticas de aperitivos. Yo saludé la aparición con una alegría que no acababa de explicarme, porque me suelo tomar la hora del café matinal, como el cine o el cebiche, más como excusa para la reunión social que con necesidad de consumo. Sin tener a quién invitar ni quién me invite, puedo apurar la jornada entera en mi madriguera si no me sacan de ella otras obligaciones… incluida la de satisfacer un hambre imprevista. Por eso mismo, la novedad era digna de interés (picar algo  ahorrándome la cola de la cafetería), aunque quizá no de tanta emoción.

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Amarrado al duro banco

Imagen de sf.puncheap.com

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A VPG, otra vez

A principios de siglo, una película más falsa que Judas de plástico obtuvo cierto éxito en España. Me parece que fue porque salía (haciendo nada) la chica de Amélie, y también porque rodose en Barcelona. Se tituló L’auberge espagnole, pero no en España para no soliviantar (más) a ciertos sectores regionales.

Imagen de otro sitio que no es sf.puncheap

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La película, reuniendo en un mismo apartamento a estudiantes de distintos países europeos, supongo que pretendía desmentir tópicos sobre las diferentes naciones. A fe que lo lograba, aun a costa de reforzar el tópico de que los estudiantes europeos se apuntan al programa Erasmus para entregarse a la juerga cotidiana. También a costa de destruir a golpe de interculturalidad cualquier ideal de multiculturalidad: quitando la lengua o al menos el acentillo, todos los chicos eran perfecta y nacionalmente intercambiables.

Lo que realmente me importa es que el protagonista de L’auberge terminaba el filme abandonando sus prácticas profesionales. La vida dizque cosmopolita le había abierto los ojos a su verdadera vocación de ser (por supuesto) escritor, y se decidía a seguirla en mitad de la oficina, de la que huía extasiado y con la misma cara de liberación que ponen los protagonistas de los anuncios de colonias y automóviles.

Hay que reconocer que la labor de oficina tiene en general mala fama, en el sentido de que para pocos constituye un ideal de vida el pasársela en un cubículo procesando documentos. Sigue leyendo

B.S.O. (microcuento navideño)

A Saúl Fernández, que me obligó a escribirlo

Caminó ligero y sonriente entre aquella muchedumbre que ni le miraba con el ajetreo de sus compras. Compartió con vagabundos café y palabras cálidas. Se encaró con unos vándalos y los supo poner firmes. Conoció una belleza que le invitó a su fiesta de año nuevo, a quien él dijo que sí sin querer preguntarse cuánto habrían de durar aún su alegría, su entusiasmo, su generosidad, su delicadeza, su ingenio, su energía, su apostura, una vez que hubiera pasado el día de Reyes y se hubiera desvanecido de las calles aquella densa inundación de música clásica que le había hecho sentirse al fin protagonista de una vida de película.

Nada se está quieto

(Manuel Ballesteros, Saberlo antes, Barcelona, Alrevés, 2010. 127 pp.)

Conocía yo de hace tiempo la buena poesía de Manuel Ballesteros (desde sus libros Invitación al viaje, de 1995, y El amanecer de la alabanza, con el que ganó el premio Ateneo Jovellanos de poesía)*, y cuando llevaba tanto tiempo sin saber de él, heme aquí repasando un nuevo libro suyo, pero de cuentos, al que debo deliciosas horas de vuelo hace unos meses, entre el Cusco y Piura. Sigue leyendo

Adéu marcians?

Empiezo a sospechar, sin alegría ninguna, que cierto don de profecía aletea por mi casa. El otro día vino con la interpretación de la Escritura recibida  de boca de mi hija. Y ahora, me lo aplico yo mismo ante la noticia de los resultados de las elecciones catalanas, que infunden aire de augurio a mi reciente versión de Independence Day, por lo de la expulsión y también por lo de los tentáculos de herencia.