La decadencia exigida

roca barea
Andan los medios en España algo revueltos, aparte de por cuestiones importantes, por asuntos de historiografía, quién lo iba a decir. Cómo estará el encono que hasta el diario superpoderoso se esmera en desautorizar a la historiadora de la polémica.
En mis primeras semanas de estudiante universitario, varios profesores míos celebraban cómo nos habíamos librado, después de cuarenta años de dictadura, de una historia oficial. Me parece que estas y otras polémicas revelan, entre otras cosas, que ya estamos echando de menos aquella, o cualquier otra, siempre y cuando sea lo suficientemente oficial como para que confirme lo que ya sabíamos o lo que deseamos. que en este caso, por abrumadora mayoría, parece ser una convicción providencialista de España como país destinado a ser primera potencia política y cultural de Occidente. La disputa viene cuando se trata de identificar al culpable de que no haya sido así: por dejarse influir por el extranjero o por no haberse dejado; por expulsar o por no expulsar; por rendirse o por resistir…

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Jimena feminista, Rodrigo liberal

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Dentro de esa tendencia que ya se anunciaba de publicaciones sobre el Cid, la más reciente parece ser un libro de pura historia,  El Cid, historia y mito de un señor de la guerra, de David Porrinas.

De toda la sustancia que trasluce en las entrevistas y reseñas que leo sobre él, me ha agradado, por supuesto, ver confirmada mi hipótesis del otro día sobre el estilo musulmán de Rodrigo Díaz como señor de Valencia. Que la mayoría de su hueste fuese mora es nuevo para mí, pero tampoco extraña: puestos a trazar paralelos históricos, la mayoría de las tropas de la España imperial no eran españolas, y también las tropas de Cortés y Pizarro (o las de Canterac y La Serna) contaban con más indios que españoles.

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Finlandia, Finlandia

Mumin
Las antepasadas vacaciones, por pura coincidencia, se nos metió Finlandia en casa: mientras que mi santa seguía con atención la serie de Sorjonen, yo leía a mis barrabases las primeras historias de los Mumin, o bien repasaba las Cartas finlandesas de Ángel Ganivet para recomendarlas a los lectores de Castellano Actual (aquí está el resultado).

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Del Cid o de los Cides

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 El cronista anónimo se lo hace decir a ese mismo pueblo en el viejo romance del Cid, y uno recuerda con frecuencia sus palabras cuando considera la triste historia de nuestras gentes, que siempre dieron lo mejor de sí mismas, su inocencia, su dinero, su trabajo y su sangre, viéndose en cambio tan mal pagadas: «Qué buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor» (Arturo Pérez-Reverte, El capitán Alatriste,VI).

En fin. Que allí, en Santa Helena, el Enano seguía haciendo memoria. A vueltas con los españoles y el Cid, la cita era algo del tipo «qué buen vasallo que fuera si tuviese buen señor» (Arturo Pérez-Reverte, La sombra del águila VIII).

Y confirmando así unos y otros, rojos y azules, otra vez en  nuestra triste historia, aquel viejo dicho medieval que parece nuestra eterna maldición nacional: “Qué buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor” (Arturo Pérez-Reverte,  Una historia de España LXXXI)

No llego a más citas. Creo que había otra del mismo estilo en El húsar, primera novela del escritor, pero no la tengo a mano para refrescarme la memoria. En todo caso, estas poquitas me llevan a recibir sin mucha sorpresa el anuncio de que el autor de El capitán Alatriste va a dedicarle un libro a Rodrigo Díaz de Vivar. La noticia me ha llevado más bien a preguntarme cómo es que ha tardado tanto. Es de esperar que esta vez le saque jugo a otros pasajes del Cantar, del romancero o de la historia.

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Lope de Aguirre, príncipe de la ficción

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Rufianes que se meten en Venezuela dándoselas de libertadores, los hay desde hace mucho. Lope de Aguirre, tras su muerte en Barquisimeto, dejó siglos de fama siniestra tras de sí, tal vez no por haber sido cuantitativamente más sanguinario que otros conquistadores, sino porque prefirió gastarse la ferocidad, en lugar de con los indios, con españoles y criollos,* incluidos sus propios secuaces que progresivamente lo iban abandonando. Así pues, cierta posteridad ha sido con él tan injusta como con Stalin, que si hubiera excluido de sus millones de víctimas a los comunistas, limitándose como su padrino Lenin a burgueses, polacos, ucranianos, monárquicos, socialdemócratas, anarquistas, granjeros y cristianos, todavía estaría acompañando a su exjefe en el mausoleo de la Plaza Roja.**
22408599794En la literatura, tal vez ningún conquistador de las Indias haya recibido tributos más recordados que Lope de Aguirre, aunque, en sentido estricto, este jamás fuera un conquistador. A partir del siglo XX, la revisión de las crónicas ha permitido apreciar mucho más la ambigüedad y desmesura del gran rebelde contra la monarquía indiana. Yo recomendé en su momento para Castellano Actual la novela El camino de El Dorado (1947), de Arturo Uslar Pietri. Igualmente, si no hubiera conllevado extender demasiado la nota, podría haberme referido a Ciro Bayo, autor del primer libro literario completo sobre Aguirre del que tengo noticia. Los marañones (1913) sigue muy de cerca las crónicas de Indias, y de hecho tiene más de crónica que de novela, por más que se le noten las ganas de componer una ficción de aventuras sobre el personaje. Bayo recrea y sintetiza la información histórica de manera muy amena e intercalando sus propias impresiones de viaje, género del que fue pionero en lengua española.

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Papel de necios o Los trolls de Hernán Cortés

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Este episodio de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo está holgadamente comentado (lo hace muy bien Ignacio Echevarría, por ejemplo). No es poca curiosidad presentar a Hernán Cortés, el conquistador de México, como grafitero o como víctima precursora del acoso en red social (por algo será que la página donde colgamos nuestros comentarios y opiniones la llamamos muro).

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Rico y Angulo, periodista del siglo XIX

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Desde los peruleros Francisco de Ampuero y Pedro del Castillo hasta los cientos de familias anónimas que, en tiempos menos heroicos, acrecentaron la ciudad chilena de Rancagua, los riojanos han puesto también su granito de uva en la construcción de América. A la sombra de los Andes existen un Logroño ecuatoriano y una Rioja peruana, además de otra argentina que, en honor a su cepa, es una región rica en vinos. Por si esto fuera poco, el Perú le debe también a mi terruño (uno es de donde hace el doctorado) su primer periodista político.

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