Impedimenta

A la consabida isla desierta no me llevaría ningún libro. Tan solo un arsenal de tinta y de papel. Cómo desaprovechar la oportunidad de recrear, a mi medida y gusto, una cultura entera.

Sánchez (Mazas) y compañía

Enlazo esta sustanciosa entrada del no menos nutritivo blog Oro de Indias, y le agrego de mi cosecha un recorte con otro ejemplo ficticio de escritor que sacrifica su propia obra, antes incluso de haberla escrito. Por síndrome de lo que sea.

Otro lado

De Manuel Ballesteros, Poesía [1995-2014] (las rayaduras son cortesía de la casa)

La glosa

Me preguntan que por qué no me lanzo de manera más decidida a (intentar) escribir cuentos o poemas. Otra razón por la que no abandono esta práctica de la glosa digital es por su gran ventaja frente a la escritura creativa: de la infinidad de cosas que me parece que tengo por escribir, en esta sé desde el principio a dónde quiero llegar.
(Dirán con razón que es una cuestión de facilidad, pero desde cuándo que algo sea fácil es una excusa para dejar de hacerlo).

Autoguiones

(Nota cumplidas las 400 entradas de Maceta en el Páramo)

Hacedor
En su famoso epílogo a El hacedor, Borges revelaba cómo una vida entera de imaginación creadora terminaba revelando la imagen de la cara de su autor. Esta verdad se muestra más clara, y creo que menos rica, en quienes se entregan a las variantes de escritura menos creativas.

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Ocurrencias

Por mucho que el verbo ocurrir tenga dos significados según le pegues el pronombre que distingue lo que le ocurre a alguien de lo que se le ocurre (de ambos lugares puede brotar buena literatura), no pasa lo mismo con el sustantivo derivado. Al menos en mi uso habitual del castellano, que, como todo hijo de vecino, tiendo a considerar el metro de platino iridiado de la norma lingüística. Digamos que mi defensa de la norma académica, seamos honestos, se deriva de que no contradice de manera humillante mis propios usos.
De ahí que este modesto libro de actas entrevisto sobre un mostrador de recepción, no importa dónde, me sugiriera más bien el de una escritora en potencia que no separaba su tarea de oficina de la posibilidad de registrar en cualquier momento los productos de su imaginación. ¿Por qué no iba a ser así?
Ocurrencias

Aquel cuartel de invierno

Resultado de imagen para game thrones wall

Llevo años intermitentemente dudoso de incluir en mi modesto canon personal el poema que me proporcionó mi único primer premio literario. Acabo cayendo en la tentación, y clic.

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‘Desayuno con diamantes’: el escritor y sus problemas

Desayuno en Tiffany's novela

Hace ya demasiados años, tempus fugit, los compañeros de la revista Magenta organizamos un ciclo de cine bajo el mismo subtítulo de arriba.  La última película del ciclo, oh casualidad, era Capote de Bennett Miller.

A mí, de la adaptación que hicieron Blake Edwards y George Axelrod de la breve novela de Truman Capote, Desayuno en Tiffany’s, me llaman la atención no solo los tópicos de la comedia romántica (bien reconocibles, pero muy curiosos teniendo en cuenta cómo transforman el texto literario), sino también la importancia que adquiere en la película la figura del escritor, profesión de su protagonista masculino. El personaje de Paul Varjak es tal vez el cambio más sustancial de la película con respecto a la novela, en cuanto que, en esta última, lo que convertía al innominado narrador-personaje en confidente de Holly era precisamente la falta de una relación amorosa entre ellos. Sigue leyendo