La lectura lapicera: desazones y consuelos

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Imagen prestada de aquí

Una secreta vergüenza por la que a menudo mi memoria ha de pasar: en plena primera lectura de un libro, descubrir unas marcas de lápiz inconfundiblemente mías junto a cualquier renglón o margen. Como para preguntarse, con desazón, para qué leer tanto si nunca alcanzarás a reunir todas las lecturas que quisieras, y de las que llegaste a alcanzar tampoco retendrás más que un vago recuerdo, o  un rastro de grafito en una página olvidada.

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Paradopedagógica

  1. Nadie da lo que no tiene salvo, al parecer, en pedagogía, donde se ha propagado el dogma de que lo único que un docente tiene que saber para enseñar es enseñar; el qué, qué importa. El oficio de “maestro”, expresión cada vez menos usada frente a la más pomposa de “profesor”, ya está lejos de denotar una vasta cultura (o sea un vasto conocimiento del mundo en el que vive).
  2. Que los colegios cada vez sean más parecidos a centros de recreo obliga a que los hogares (a golpe de tareas) y las Universidades (a fuerza de asignaturas de culturilla general) sean cada vez más parecidos a colegios.
  3. De igual modo, la escuela debe de ser el único lugar de nuestra época en que a la memoria no se le dedican elogios en forma de poemas, monumentos, leyes y museos. Sus exámenes son de memorizar, reprocha el alumno flojo, con el apoyo en retaguardia del profesor ignorante.

Pasa en ambos continentes. Pego aquí un comentario desde el viejo (que agradezco a Jesús Beades), y me voy a llorar a mi rincón.