De puente a puente

constitucion_espanola_de_1978
Al feriado que es largo hasta tragarse días laborables intermedios, en España lo llaman “puente”. El más popular e inevitable de todos los puentes del año es el que sostienen la antigua fiesta religiosa de la Inmaculada Concepción, 8 de enero, y la vieja fiesta cívica de la Constitución votada el 6 de diciembre de 1978. Ambos pilares parecen en estos tiempos bastante corroídos, a fuerza de desacralizados, aunque algunos me dicen que el consumo que se dispara en estas fechas forma una hojarasca tan densa, que ella por sí sola se basta para mantener en pie la construcción  mejor que la Iglesia y el Estado juntos.

Sigue leyendo

Anuncios

Forty power

Resultado de imagen para cuentame

El mundo es de los cuarentones, me vino a decir en tiempos remotos el amigo, condiscípulo, periodista y escritor Saúl Fernández. Sería cuando en la TV nos rociaban con recuerdos de los años 60 (a la década siguiente empezó la serie Cuéntame que hoy va por los 80), reponían películas de Tony Leblanc, de Paco Martínez Soria y de Marisol preadolescente. Se escuchaban reversiones de éxitos musicales de la España del “seiscientos“, desde Nino Bravo hasta el Julio Iglesias que todavía no se había marchado con sus gemíos a Miami.

Sigue leyendo

Víctimas de la modestia

En una carta a Ramiro de Maeztu, Antonio Machado acusaba recibo del libro Defensa de la Hispanidad (1934), con tanta amabilidad que nadie diría que se hallaban en trincheras políticas opuestas. Será cosa de la formación en el liberalismo decimonónico, tan lejano en aquellos tiempos en que los españoles se odiaban todavía más de lo que están volviendo a hacer hoy. Por otra parte, me encanta la razón que da el poeta del fracaso histórico del nacionalismo español y de las hinchazones retóricas (que no se suelen quedar en las palabras) de todo nacionalismo. No menciona el fútbol, supongo que también por la época o la edad:
 
… Lo que juzgo difícil, querido Maeztu, es que se despierte en España una corriente de orgullo españolista parecida al patriotismo de los franceses o de otros pueblos. Porque lo específicamente español es la modestia. Cuando el Cid Campeador de nuestro poema se dispone a combatir con los moros que tienen cercada a Valencia, llama a su mujer y a sus niñas para que vean -dice él- “cómo se gana el pan”. El heroísmo español suele tener esa elegancia de expresión. Y es que el español, y especialmente el castellano, tiene el “orgullo modesto”, quiero decir, el orgullo profundo, basado siempre en lo esencial humano, que no puede ser español, ni francés, ni teutón. En esta opinión me confirma la lectura de su libro. Sólo un español es capaz de pensar como nuestros conquistadores de América, que un indio no sea un ser superior. “Nadie es más que nadie”, reza un proverbio castellano, y lo que se quiere decir, en el fondo, es esto: por mucho que valga un hombre, nunca tendrá valor más alto que el valor de ser hombre. También es cierto que esta sobreestimación de lo humano tiene el fondo religioso cristiano que usted señala. Pero por eso mismo no es fácil que salgamos por el mundo a darnos pisto de españoles; y si sacamos la espada, antes será por Dios o por el diablo que por España. Porque España ha sido siempre muy poca cosa para un español. Tal vez sea esta la causa de nuestra decadencia actual y de nuestra pasada grandeza. Aun todavía, si habla usted de las banderas de Cristo, encontrará usted quien le siga; con la bandera española no entusiasmará usted a nadie…

Amarrado al duro banco

Imagen de sf.puncheap.com

Imagen de sf.puncheap.com

A VPG, otra vez

A principios de siglo, una película más falsa que Judas de plástico obtuvo cierto éxito en España. Me parece que fue porque salía (haciendo nada) la chica de Amélie, y también porque rodose en Barcelona. Se tituló L’auberge espagnole, pero no en España para no soliviantar (más) a ciertos sectores regionales.

Imagen de otro sitio que no es sf.puncheap

Imagen de otro sitio que no es sf.puncheap.com

La película, reuniendo en un mismo apartamento a estudiantes de distintos países europeos, supongo que pretendía desmentir tópicos sobre las diferentes naciones. A fe que lo lograba, aun a costa de reforzar el tópico de que los estudiantes europeos se apuntan al programa Erasmus para entregarse a la juerga cotidiana. También a costa de destruir a golpe de interculturalidad cualquier ideal de multiculturalidad: quitando la lengua o al menos el acentillo, todos los chicos eran perfecta y nacionalmente intercambiables.

Lo que realmente me importa es que el protagonista de L’auberge terminaba el filme abandonando sus prácticas profesionales. La vida dizque cosmopolita le había abierto los ojos a su verdadera vocación de ser (por supuesto) escritor, y se decidía a seguirla en mitad de la oficina, de la que huía extasiado y con la misma cara de liberación que ponen los protagonistas de los anuncios de colonias y automóviles.

Hay que reconocer que la labor de oficina tiene en general mala fama, en el sentido de que para pocos constituye un ideal de vida el pasársela en un cubículo procesando documentos. Sigue leyendo

La nación y otros achaques

s comunes

En Perú no logro pasar por peruano, ni aun después de pasado un cubo de años (33). Tampoco es que lo intente: con mi DNI me basta.  Sigue leyendo

Retrato español (bastante parecido), por Vargas Llosa

Demoré cerca de tres años en acabar ese libro [La ciudad y los perros]. Debí reescribirlo varias veces, y, sobre todo al principio, me costaba lo indecible respetar los horarios de oficina que me imponía, permanecer tantas horas ante la máquina aun cuando no escribiera una línea. El único momento de alivio venía cada tarde cuando iba al Jute, una tasca en la esquina de Doctor Castelo y Menéndez y Pelayo, a revisar lo escrito. Un camarero bizco, cuyo nombre he olvidado, me sobresaltaba acercándose de puntillas a leer sobre mi hombro; a veces me infligía una palmada: «Qué, ¿cómo va ese librillo?».

[En Historia secreta de una novela]

Un filósofo inglés habla hace un siglo de su patria y uno como que se pone a pensar en la España de un siglo más tarde

Bertrand Russell

Hará una docena de años, visitó a España por primera vez el famoso filósofo y matemático Bertrand Russell. Tuvimos el honor, en esta ocasión, de tratarle a manteles. Y no dejamos de aprovechar la feliz coyuntura para saber por él de ciertas oscuras cuestiones, que nos importaban o intrigaban.

–¿Cómo es –le preguntamos, por ejemplo— que no se oye decir de republicanos en Inglaterra? ¿No los hay?

–Los hay –contestó–. Yo mismo, para no ir más lejos. Sólo que los republicanos ingleses le damos una gran importancia a una reforma que haría que la diplomacia no fuese secreta y una importancia mínima, al contrario, al hecho de que se marche el rey.

Convenía averiguar y no discutir. Pasamos, pues, a otro asunto:

–¿Qué opina usted de la cuestión irlandesa?

–Por mi parte –contestó el filósofo–, yo les daría en seguida la independencia a los irlandeses, a ver si, por fin, eran capaces de hablar de otra cosa.

[Eugenio d’Ors, “Dublín”, en Glosas desangeladas (1932)]