Catalogía

SAMSUNGA menudo me avergüenza un poco mi parvo dominio del lenguaje informático. Me frustra un poco menos cuando me paro a pensar que tampoco tuve nunca mucha familiaridad con el material de oficina analógico, y por tanto con sus términos. En ambos terrenos, mis necesidades siempre han sido más bien modestas, y mi vocabulario, por consiguiente, más bien magro.
Por ejemplo, hace poco me veía en la necesidad de salir a comprar para mi pobre hijita, a la que en el colegio no dejan de encargarle bártulos, una especie de álbum cuyas hojas son como fundas de plástico transparente.

— ¿Y eso cómo se llama?— le pregunté a mi esposa.
—Tú pide un file (/fáil/, o sea).
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Rezongando, según mi costumbre, contra los anglicismos, que son lo que peor llevo  del español del Perú y del español en general (probablemente porque no se agotan nunca), llegué a una de esas librerías que abundan en mi ciudad y no venden libros. Allí me dirijo a la servicial moza del mostrador y le pido el susodicho file.
Para mi contrariedad, no parece entenderme:
—Digo uno de esos que sirven para almacenar documentos, que tiene las hojas como micas…
La servicial moza parece haber comprendido, y tras una ardua escalada hasta lo más alto de sus estanterías, regresa con un archivador de anillas de esos que, cuando yo era niño en Asturias, oía que lo llamaban carpesaro y siempre me pareció un armatoste engorroso.
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—No, señorita, no. Yo digo uno que tiene las páginas ya dentro, como plásticos para meter documentos…
—Ah, ya, usted dice un acordeón…
Y vuelta escaleras arriba la servicial moza, para regresar, como me temía pero no me atreví a anticipar, con otra carpeta compartimentada por dentro que se desplegaba como abanico o cola de pavo real.
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—Tampoco; yo digo que las micas están como páginas sueltas…
—Ah, sí, un catálago.
Lo dijo así, con toda la a. Y yo, haciéndome el tonto, a media voz:
—Sí, un catálogo será…
Y llegó finalmente el artículo pedido. Mi intención era comprar dos, pero solo tenía dinero para uno. Escogí el que me interesaba y pregunté:
—Entonces, ¿cómo se llama, para pedirlo cuando regrese…
Y otra vez, con toda la boca, definitivamente, con la a de catalán, de Málaga, de halago…
—CATÁLAGO.
Creo que no voy a volver. Por el bien de mis pobres y académicos oídos.
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Claro, era eso… Es que lo escriben tan pequeño…

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