Master Plum attacks

La generación de mis padres todavía conocía, en dichos y canciones populares, al Maestro Ciruela. Picio era arquetipo de la fealdad (“El tío Lucas era más feo que Picio” tal vez sea la frase más memorable en toda la obra de Pedro Antonio de Alarcón), Lepe de la sabiduría (quién lo dijera), Calleja de la fantasía o del embuste, el Quico de la gula satisfecha y, así como Abundio o Pichote vendieron su coche para comprar gasolina, el Maestro Ciruela hizo lo que hizo.*

A cualquiera se le escapa un error, y muchos errores si son muchos los textos que tiene que escribir o corregir. De ahí que no sea caritativo hacer sangre con cada fallo que se encuentra en el trabajo de los pobres periodistas y traductores. Su trabajo debería requerir la serenidad del artista, pero se les imponen ritmos industriales** en tareas donde, de momento, una máquina no puede suplirles (cuando lo hace, suele ser peor). Vale la pena hacer colecciones de errores cuando estos tienen un efecto cómico, que nos permita atenuar la tristeza ante el maltrato a la escritura. Por ejemplo, el efecto irónico de leer las distracciones señaladas en naranja… a la luz de lo marcado en amarillo.

 * Como dicen algunos profesores: ¡búscalo en internet!

** A mí mismo, la prisa me impide verificar si “master” es realmente, como aparenta, el mejor sinónimo para “maestro”: ¿no habría hecho mejor poniendo “Teacher”? Creo que sí, pero qué pereza a estas alturas.

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