“El desafío de la brevedad”, aceptado

Llevaba mucho tiempo sin que me antologaran en ninguna parte, pero donde hubo fuego dicen que queda no sé qué. De manera que, gracias al joven colectivo de poetas, investigadores, y editores piuranos Tertulia Cero, mi nombre y un par de obritas mías (no diré cuáles, pero excavando en esta maceta se pueden encontrar entre otras pocas) han encontrado sitio, junto con otros autores de distintas edades y renombres, en esta primera y —lógicamente— breve recopilación de la microficción piurana. Garantizo, para quien le sirva, que es rica, variada y placentera incluso para públicos exigentes. Búsquela quien pueda.

 

En “Clarín”: “Privatizaciones”

Clarín

La excelente revista literaria Clarín ha tenido la gentileza de publicarme en su nuevo número una pequeña colección de aforismos, que confío a la benevolencia de los lectores españoles y americanos. ¿El título? Creo que no traiciono a mi editor si transcribo aquí que considero un ejercicio liberal del pensamiento privatizar los lugares comunes, o sea lo que he procurado.

De amicitia (antiqua)

En la Universidad de Granada, durante una conferencia de hace años, cierto importante catedrático peruano lanzó a los estudiantes una inolvidable advertencia: “Aléjense de los amigos de la infancia, ¡son lo peor que hay, porque piensan que lo conocen a uno!”. (Era a propósito de Rubén Darío y su fúnebre reencuentro con Nicaragua, su país de origen).

Tiempo después, me tropiezo con la misma idea, algo más serenamente razonada, en Julián Marías, Una vida presente (Páginas de Espuma, 2008, p. 91):

Siempre he pensado que cuando se dice “somos amigos desde la niñez: amigos íntimos” se comete un error. Los amigos de la niñez son previos a la verdadera intimidad; solamente en la adolescencia y primera juventud se descubre esa zona de la vida y se adquieren amistades que lleguen a ella. A veces las infantiles se ‘revalidan’ y adquieren intimidad, pero son nuevas amistades, aunque no lo sean los amigos.

Yo, por mi parte, ya había dedicado versos una vez al desvanecimiento de las amistades juveniles. No recuerdo si bajo el estímulo de alguna vivencia concreta, o simplemente melancólico por la hostilidad y desconfianza que, en la continuación de Los tres mosqueteros, encontraba reinando entre los queridos héroes de Dumas. Tal vez lo primero, pero revelado por lo segundo, como suele funcionar el conocimiento literario.