Lo que lograrán leer

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Dirán, como Daniel Pennac, que el verbo leer no admite imperativo, y yo les daré la razón en cualquier ámbito que no sea la universidad. Aquí, si no te gusta leer, no entres, y si no te gusta lo que te dan a leer, aprende a explicar por qué.

Declaro estos principios –si no les gustan, tengo otros– porque me dispongo a hablar de la circunstancia de las lecturas obligatorias de mis cursos, y a muchos se les subirá al vallar de los dientes la frase de Pennac. Lo mismo que a mí: los comprendo y me anticipo, más que por objetarles, por afinidad con ellos. Moi hypocrite lecteur!

Pero vamos a lo que importa. Sigue leyendo

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Percepción del percebe

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Durante el mes de marzo, los estudiantes han ido tomando la rutinaria decisión de regresar a sus colegios y universidades. Así que también nosotros lo hicimos a la brega cotidiana de las aulas. Estas no son solo las que tenemos que dictar. Están también las mensuales reuniones de padres, donde acudimos mansamente a que nos hablen de los progresos de nuestros retoños. Inmediatamente después de estas, y con el exclusivo fin pedagógico de comentar los tales progresos, mi santa y yo solemos celebrar nuestra propia reunión en el restaurante más apetecible que se nos ponga a tiro.

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“El desafío de la brevedad”, aceptado

Llevaba mucho tiempo sin que me antologaran en ninguna parte, pero donde hubo fuego dicen que queda no sé qué. De manera que, gracias al joven colectivo de poetas, investigadores, y editores piuranos Tertulia Cero, mi nombre y un par de obritas mías (no diré cuáles, pero excavando en esta maceta se pueden encontrar entre otras pocas) han encontrado sitio, junto con otros autores de distintas edades y renombres, en esta primera y —lógicamente— breve recopilación de la microficción piurana. Garantizo, para quien le sirva, que es rica, variada y placentera incluso para públicos exigentes. Búsquela quien pueda.

 

Don José Ido sigue clamando en el desierto

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Hoy como en 1887, quien tiene su gramática bien aprendida y ejercitada sufre al pasearse por la calle y clama en su rincón sin mucha esperanza. Sobre todo pensando la  cantidad de puestos de trabajo que se podrían crear extendiendo la profesión de corrector de estilo, necesaria en toda república. El ay del alma llega hasta el gobierno, a quién si no, como si este no pecara ya de suficientes cosas y que le importan a más gente, analfabetos incluidos:

Andando, andando, le entró de improviso un celo tan vehemente por la instrucción pública, que le faltó poco para caerse de espaldas ante los estólidos letreros que veía por todas partes. No se premite tender rropa, y ni clabar clabos, decía en una pared, y D. José exclamó: «¡Vaya una barbaridad!… ¡Ignorantes!… ¡emplear dos conjunciones copulativas! Pero pedazos de animales, ¿no veis que la primera, naturalmente, junta las voces o cláusulas en concepto afirmativo y la segunda en concepto negativo?… ¡Y que no tenga qué comer un hombre que podría enseñar la Gramática a todo Madrid y corregir estos delitos del lenguaje!… ¿Por qué no me había de dar el Gobierno, vamos a ver, por qué no me había de dar el encargo, mediante proporcionales emolumentos, de vigilar los rótulos?… ¡Zoquetes, qué multas os pondría!… Pues también tú estás bueno: Se alquilan qartos… muy bien, señor mío. ¿Le gustan a usted tanto las úes que se las come con arroz? ¡Ah!, si el Gobierno me nombrara ortógrafo de la vía pública, ya veríais… Vamos, otro que tal: se proive… Se prohíbe rebuznar, digo yo».
(Benito Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta IX,4)

 

‘Blade Runner 2049’, sin problema

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Visto lo que he visto, la mejor secuela de cine de ciencia ficción del año ha sido Blade Runner 2049, a la que me acerqué lleno de escepticismo. Me olí, de todos modos, que la película iba a ser una experiencia distinta a la del cine de consumo más rutinario cuando comprobé los poquísimos espectadores que ocupaban la sala, algunos de los cuales -Deo gratias- prefirieron marcharse como a la media hora (por lo que no debería llamarlos espectadores, sobre todo a uno de ellos por su porcino desprecio a la concentración ajena). El título fue pronto retirado de los carteles piuranos, así que no me apresuré a reseñarlo para la prensa.

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Grillos como flechas

Bichos

No olvido todavía la plaga de grillos. Por las noches sobre todo, cuando formaban sus enjambres, sobre todo alrededor de las farolas, y se arrojaban feroces sobre los paseantes. Chillaban algunas estudiantes y todo era un sacudírselos de la ropa y hasta del pelo y de la cara. En una semana nos libró de ellos el don de las garzas. Yo luego he recordado que uno de mis héroes lo pasó peor todavía por culpa de bichos tan sociables:

Acuérdome que cuando estábamos peleando en aquella escaramuza, que había allí unos prados algo pedregosos, e había langostas que cuando peleábamos saltaban y venían volando y nos daban en la cara, y como eran tantos flecheros y tiraban tanta flecha como granizos, que parecían eran langostas que volaban, y no nos rodelábamos, y la flecha que venía nos hería, y otras veces creíamos que era flecha, y eran langostas que venían volando: fue harto estorbo.

(Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, IX)

De manera menos aparatosa, pero más familiar con mi experiencia cotidiana, otro cronista de Indias dio también testimonio de cómo los indios guaraníes padecían a estos cantores nocturnos igual que yo, en el Perú, siglos más tarde, entre cortinas, librerías y papeles. Aquí los patos hacían el benéfico efecto que en mi vecindad hicieron las garzas:

… había llegado a una tierra de una generación de indios labradores y criadores de gallinas y patos, los cuales crían estos indios para defenderse con ellos de la importunidad y daño que les hacen los grillos, porque cuantas mantas tienen se las roen y comen; críanse estos grillos en la paja con que están cubiertas sus casas, y para guardar sus ropas tienen muchas tinajas, en las cuales meten sus mantas y cueros dentro, y tápanlas con unos tapaderos de barro, y de esta manera defienden sus ropas, porque de la cumbre de las casas caen muchos de ellos a buscar qué roer, y entonces dan los patos en ellos con tanta priesa, que se los comen todos; y esto hacen dos o tres veces cada día que ellos salen a comer, que es hermosa cosa de ver la montanera con ellos…

(Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Comentarios XXXIX)