Vindicación del unicornio

Kid playing with stuffed animal

De es.123f.com

Por totémicas causas ancestrales, o simplemente por, como diría Aristóteles, complacerse en las imitaciones, el ser humano lleva fabricando figuras de animales desde que aprendió. Que en algún momento empezara, además, a dejarlas en manos de sus cachorros para que jugaran con ellas debe de proceder de su conciencia de ser rey de la creación, hoy cada vez más vergonzante. La satisfacción de imponerse a la bestia y domarla bien puede abrirse dándole a esta una apariencia inofensiva, que permita al niño dormir abrazado a ella, o que la arrastre y sacuda a su sabor cuando tenga ganas de pelea.

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La lectura lapicera: desazones y consuelos

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Imagen prestada de aquí

Una secreta vergüenza por la que a menudo mi memoria ha de pasar: en plena primera lectura de un libro, descubrir unas marcas de lápiz inconfundiblemente mías junto a cualquier renglón o margen. Como para preguntarse, con desazón, para qué leer tanto si nunca alcanzarás a reunir todas las lecturas que quisieras, y de las que llegaste a alcanzar tampoco retendrás más que un vago recuerdo, o  un rastro de grafito en una página olvidada.

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‘Príncipe azul’ (definición)

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Esta antigua modalidad de superhéroe tan solo salva en su vida a una persona, siempre de sexo femenino, que luego desposa y hace feliz para siempre. A partir de este momento, su dieta pasa a constituirse básicamente de perdices.

Su eficacia está garantizada, pero este único uso, reservado además tan solo a víctimas de alcurnia, lo hacía socialmente poco útil. Esto explica su escasez a día de hoy, por más que nunca le falten imitadores de fatal caducidad.

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Aquel cuartel de invierno

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Llevo años intermitentemente dudoso de incluir en mi modesto canon personal el poema que me proporcionó mi único primer premio literario. Acabo cayendo en la tentación, y clic.

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Exalumnis y otras novedades del lenguaje institucional

Puesto a andarme por las ramas, que ya lo hice casi literalmente la vez pasada, divago ahora en Castellano Actual, y más bien brevemente, sobre barbarismos, cultismos, sociolingüística,  género y qué sé yo. Todo con la excusa del idioma, que al fin y al cabo de lo que trata el blog es de darle a la lengua (y si en los comentarios bufa el eunuco, como escribió Rubén Darío, pues mejor).

My Whatsapp killed the telephone call

(Sintonía)

Los habituales llantos, aún no coplas, por la muerte de la carta a causa de internet son comprensibles si se aplican a todos los artistas del género epistolar que hayamos podido conocer, entre los que han visto su obra publicada y también los amigos de buena pluma con los que hayamos podido mantener correspondencia. Sin embargo, a lo largo de la historia, la mayoría de los seres humanos no han pedido a la epistolografía otra cosa que una comunicación eficaz. Ni la han ejercitado con conciencia artística, ni tampoco usado para asuntos que nos tuvieran que interesar. Apenas pudieron ir reemplazando la carta por el telegrama, el teléfono, el mensaje de texto, el correo electrónico (medio que, por otra parte, permitía igual la redacción de extensas cartas), el chateo y las redes sociales, los muy humanos emisores lo hicieron sin el menor remordimiento por estar extinguiendo una tradición alimentada durante siglos por san Pablo, Plinio el Joven o Madame de Sevigné.

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(Sobre) El castellano de Tarzán

Pigmeos

Escolios a un texto implícito (quien lo quiera explícito, pinche aquí)

Para Antonio Guardiola, con gratitud entre otras cosas

Primero: Aun habiendo podido titular la entrada “El español de Tarzán”, cambio el nombre del idioma por su sinónimo. En parte, por obvia alusión al título de la página donde se publica el artículo. Y, también, por evitar que algún iniciado en la materia piense que me estoy refiriendo a un individuo de nacionalidad española. En las novelas de Edgar Rice Burroughs recuerdo que aparecían dos. Tarzán el indómito presentaba el hallazgo del cadáver centenario de un aventurero español: no ocupaba mucho pero el efecto era gratamente misterioso. En Tarzán el terrible, en cambio, ya actuaba un compatriota mío, Esteban Miranda, cuyo aspecto físico resultaba ser casi idéntico al del rey de los monos, lo cual lo convertía en un peligroso antagonista. Tardé en conocer la existencia de este personaje ambicioso y traicionero porque el primer lugar donde debería haberlo encontrado, las páginas de Tarzán entre pigmeos (sosa manera de retitular Tarzan and the Ant-Men), su presencia se evaporaba misteriosamente, y eso que en el original generaba una importante trama secundaria. Sin duda fue un caso de patriotera censura o autocensura.

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