La máquina del tiempo (perdido)

Máquina de chocolates

Sin anunciarse, aparecieron en diferentes puntos del Campus expendedoras automáticas de aperitivos. Yo saludé la aparición con una alegría que no acababa de explicarme, porque me suelo tomar la hora del café matinal, como el cine o el cebiche, más como excusa para la reunión social que con necesidad de consumo. Sin tener a quién invitar ni quién me invite, puedo apurar la jornada entera en mi madriguera si no me sacan de ella otras obligaciones… incluida la de satisfacer un hambre imprevista. Por eso mismo, la novedad era digna de interés (picar algo  ahorrándome la cola de la cafetería), aunque quizá no de tanta emoción.

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El diluvio

Llevamos semanas de lluvia intensa en Piura. Desde mi torre, se ve pasar el río alto como muchos no lo podemos recordar. La glera cuya foto encabeza mi blog, por supuesto, ya no existe, y yo me pregunto dónde se estarán cobijando en estos días los cormoranes y las garzas. De lo que sí se han llenado las riberas es de enjambres de sapos diminutos.

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Yo sé que debería incluir imágenes preocupantes de cómo se remoja mi ciudad, pero como para eso está Facebook…

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El Caballero de los (muchos) Espejos

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La Segunda Parte del Quijote cuenta en sus primeros capítulos cómo, al poco de abandonar el Toboso y convencido por las triquiñuelas de Sancho de que su señora Dulcinea está encantada, el protagonista se encuentra en un bosque con un caballero andante que sobre las armas traía una sobrevista o casaca de una tela, al parecer, de oro finísimo, sembradas por ella muchas lunas pequeñas de resplandecientes espejos, que le hacían en grandísima manera galán y vistoso (II, 14). Probablemente se sorprenda menos que sus lectores, que hasta ahora no habían visto presentarse directamente a ningún personaje propio de los libros de caballerías dentro del prosaico mundo que rodea a los personajes de la novela.

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Tellado en cápsulas

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Me pregunto si se habrán reivindicado los consultorios periodísticos, con sus casos perturbadores pero cotidianos y su prosa anodina, como el equivalente al microrrelato dentro del veterano género literario del folletín sentimental.

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Minucias de “La vida es sueño”

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No recuerdo si Calvino, Italo, tocó este tema (síntesis de sus ideas, aquí): igual que existen clásicos mayores y menores, existen también “clasicones”. Es decir, obras clásicas tan omnipresentes en la cultura colectiva que su mención revela más el lugar común que la cultura personal. El desafío para el glosador es tratar de decir algo que suene a nuevo sobre esos textos de los que se considera que ya está todo dicho… o sobre los que todos dicen algo (y a menudo lo mismo).
Me he arriesgado al clasiconeo con mi pasada recomendación literaria en Castellano Actual, y procuraré ahora hacérmelo perdonar con una pequeña experiencia de lectura:

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La lectura diagonal

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Tomado de La Guía

Afortunadamente lejos del trabajo y de internet, he renovado en estas vacaciones los placeres de la lectura diagonal. Es decir, de aplicar a ciertas novelas la práctica que otros más disciplinados reservan solo para los manuales universitarios, la de pasar páginas en busca tan solo del dato exacto y necesario. Esto en ciertas narraciones entraña seguir la ilación de la trama y enterarse de los sucesos sucesivos, pero saltarse los embrollosos detalles que pretenden dar a la historia una verosimilitud que nadie le ha pedido. En cuanto al disfrute de la calidad de la prosa, las ventajas también me parecen claras: haces la vista gorda sobre las imperdonables faltas de estilo (típicas de tantas  narraciones que lo único que aspiran es a la susodicha sucesión de sucesos sucesivos), y gozas de los aciertos de lenguaje que descubres por sorpresa, sin que te distraiga de ellos toda esa paja en que vienen sepultados.

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