Poca vida en el espacio

Me cae en las manos un curioso librito de hace un par de siglos: Exámenes de Matemáticas que sufrieron (sic) los alumnos de la clase de la Real Maestranza de Caballería de Granada el día 25 de agosto de 1806, amenizados con una Oración inaugural, y varias piezas de Eloqüencia y Poesía.* Un acta que promete ser tediosa lectura, aunque probablemente no le vaya en zaga ningún acto académico actual, incluso habiendo extirpado la poesía de su programación.

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Leer, cosa (solo) de niños

Nota en época de preparación de útiles escolares 

Hay que ver lo que puede parecerse cualquier papá (por ejemplo, piurano) de nuestros días, a un barón austrohúngaro de mediados del XIX:

El capitán Trotta no leía libros, y en el fondo sentía compasión por su hijo, que ya iba entrando en edad de habérselas con la tiza, la pizarra y el borrador, con el papel, la regla y las tablas de multiplicar, y al que ya esperaban los inevitables libros de lecturas.

(Joseph Roth, La marcha Radetzky, cap. I)

Reinar, cosa de niños

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Los reyes niños no eran novedad en la historia, con precedentes tan antiguos como Pepi II de Egipto o Joás de Judá, pero los progresos en la reproducción de la imagen los fueron haciendo progresivamente más visibles. El siglo XX, que a la expansión del periodismo y la fotografía agregó el cinematógrafo, presenció durante los funestos años 30 y 40 tres monarcas que subieron al trono antes de haber empezado a echar las barbas: Pedro II de Yugoslavia (11 años), Miguel I de Rumanía y Simeón II de Bulgaria (6). Se les adelantó, en la gran responsabilidad y el triste destino, un hijo de la ficción, el rey Matías I que daba título* a la novela del escritor y pedagogo polaco Janusz Korczak. Sigue leyendo

Estrategias de lectura ballenera

He terminado hace poco la lectura de Moby Dick, con el prescrito suspiro de prolongada satisfacción. También con un pequeño orgullo de propina: pocos días antes, había leído también cómo Andrés Barba confesaba no haber podido terminar la novela de Melville antes de haber tenido que traducirla.
Por suerte, mi orgullo por haber llegado gratis donde no había podido el ilustre narrador español contemporáneo no pasó de ser, aparte de pequeño, involuntario. Hubiera sido estúpido si no. Quién sabe el tipo de lector que es Andrés Barba o tantos otros, a quienes bien comprendo, que se las han visto y deseado para dar finis al impresionante novelón ballenero. No solo por el consabido lema de que para gustos hay colores. A mí me ayudó mucho, aparte de la brillantez de muchas de sus páginas y de la curiosidad por encontrar otras parecidas, la práctica desprejuiciada de la lectura oblicua o saltarina cuando el relato alcanzaba demasiado peso de cachalote o profundidad de abismo. También el no haber llegado jamás a convertirme en uno de esos otros lectores que lleva con pulcra esclavitud la cifra de todos los tochos o tochitos que lee cada mes, y eso si no se la ha fijado ya con anticipación.

Sinestesia

Nadie alumbra greguerías mejor que los niños, hasta el punto de que muchos no pueden resistir el pasarlas por escrito, con o sin glosa, y menos aún en estos tiempos de redes sociales. Es lógico. Peor me sienta el que algunos se pongan a vender libros con esas recopilaciones, aunque sea solo por la típica razón del despechado de que eso lo hace cualquiera.
Gratis, yo ensarto aquí para que no se olvide esta última de mi primogénita que, ante las interferencias telefónicas mientras trataba de hablar con su abuela, le informó de que se escuchaba pixelado.

‘Muestra de arte disecado’

(A propósito de un libro, hablo de otro)

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Como soy puro pasto de academia y no de la mejor, vivo en la inopia sobre la actualidad literaria. Por eso fue para mí fue una sorprendente novedad que me sonara el nombre del nuevo ganador del reciente premio Poeta Joven del Perú. Pero ocurría que, casualidades de la vida literaria, tenía en mi poder los libros galardonados con el Copé de poesía del 2015, impresos al año siguiente, y uno de ellos -en la categoría de Plata- era Muestra de arte disecado, de Roy Vega Jácome.

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