Cuatro siglos de mala escritura

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Cada vez se escribe peor, se quejan de continuo algunos profesores y gentes con cultura. Se le echa mucha culpa al sistema educativo, sin reconocerle el mérito de haber logrado que cada vez se escriba más: triste elitismo. Por otra parte, esta extendida decadencia de la prosa de cada uno no me parece que esté anulando la conciencia de la buena escritura: por ejemplo, cada vez se componen también más manuales de redacción y centros de consulta para el buen decir. Creo más bien que la responsabilidad de la escritura correcta y elegante se está desplazando a otros sujetos. Estaríamos volviendo a una relación con el texto similar a la de los primeros siglos de la imprenta, sobre la que nos ilustra Francisco Rico en su prólogo al Quijote (Santillana, 2011, pp. 1175-1176):

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John y Jhon

John es un nombre típicamente inglés, o anglófono. Para peruanizarlo, basta con cambiar la hache de sitio y escribir Jhon. A qué se debe esto, no lo sé. Sospecho que, inconscientemente, se acerca la letra insonora a la jota como un indicador de que esta no se pronuncia de manera normal, sino como una ye (perdonen los españoles, pero aquí todos dicen ye como los académicos). O sea, que le estarían aplicando, muy creativamente, la norma que justifica la grafía “ch”.

Yo no tengo valor para decirle a un estudiante que, con arreglo a su origen, el nombre que lleva debería escribirlo diferente a como se lo pusieron sus padres. Pero a cada uno lo suyo: quienes me escriben “sir Jhon Falstaff” son penalizados. El caballero shakespeariano, que tan simpático solía caer a mis alumnos por ser borracho, cobarde, mujeriego, ladrón, embustero y, encima, gordo… es inglés, y no peruano. Qué consuelo.