“El prisionero de Zenda”: conversación, sin acero

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… tanto en florete como en sable existía una “convención” (una prioridad de acciones) según la cual si un tirador inicia un movimiento ofensivo, tenía que fallar o ser parado antes de que su oponente pudiese responder de manera legítima. El resultado de semejante reglas era que podían desarrollarse “frases”, como un movimiento en música, con el ataque seguido de la respuesta, y esta a su vez de la contrarrespuesta, hasta que se entablaba una “conversación de los hierros” (Richard Cohen, Blandir la espada, Barcelona, Destino, 2003)
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Para Covi, porque la menciono por ahí
Sentada la cercana relación entre diálogo y esgrima por la autoridad de esta sabrosa lectura (recomendable para amantes de la historia, el deporte y el cine, siempre que sean poco exigentes en materia de traducción castellano-inglés), invito a todos los interesados a leer también este artículo de La Mano del Extranjero sobre la película El prisionero de Zenda de 1952, ante el que no me resistí a intercambiar puntos de vista.
Por Ruritania y su familia real siento una pasión añeja, cuya presencia más duradera en el Perú me aseguré, desaparecida cierta marca de cerveza,  gracias al nombre de una de mis hijas.
Zenda

De jalayo.blogspot.com

(Sobre) El castellano de Tarzán

Pigmeos

Escolios a un texto implícito (quien lo quiera explícito, pinche aquí)

Para Antonio Guardiola, con gratitud entre otras cosas

Primero: Aun habiendo podido titular la entrada “El español de Tarzán”, cambio el nombre del idioma por su sinónimo. En parte, por obvia alusión al título de la página donde se publica el artículo. Y, también, por evitar que algún iniciado en la materia piense que me estoy refiriendo a un individuo de nacionalidad española. En las novelas de Edgar Rice Burroughs recuerdo que aparecían dos. Tarzán el indómito presentaba el hallazgo del cadáver centenario de un aventurero español: no ocupaba mucho pero el efecto era gratamente misterioso. En Tarzán el terrible, en cambio, ya actuaba un compatriota mío, Esteban Miranda, cuyo aspecto físico resultaba ser casi idéntico al del rey de los monos, lo cual lo convertía en un peligroso antagonista. Tardé en conocer la existencia de este personaje ambicioso y traicionero porque el primer lugar donde debería haberlo encontrado, las páginas de Tarzán entre pigmeos (sosa manera de retitular Tarzan and the Ant-Men), su presencia se evaporaba misteriosamente, y eso que en el original generaba una importante trama secundaria. Sin duda fue un caso de patriotera censura o autocensura.

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‘Moby Dick’, de Melville a Huston (I)

1. El viaje y la aventura

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Imagen de aquí

En larga fila india, como las garzas que toman vuelo, los pájaros corrían ahora hacia el bote de Ahab; cuando estuvieron a pocas yardas, empezaron a revolotear sobre el agua con alegres chillidos de expectativa. Su vista era más aguda que la del hombre: Ahab no lograba ver el menor signo en el mar. Pero de improviso, escrutando aún más en los abismos, vio en lo hondo un punto blanco y viviente, no más grande que una comadreja, que subía con maravillosa rapidez y se agigantaba hasta que se volvió y mostró dos filas de dientes curvos, blancos, centelleantes, que surgían del abismo inescrutable. Era la boca abierta, la mandíbula de Moby Dick; el cuerpo inmenso aún se confundía en el azul del mar. La boca deslumbrante se abría bajo la embarcación como una tumba de mármol (Moby Dick, cap. CXXXIII).

Aun después de haber encontrado pasajes tan visuales como este, con su zoom vertiginoso y aterrador, yo seguiría sin creer posible que Moby Dick pudiera adaptarse al cine. Y si lo creo, es porque mi lectura de la novela ocurrió después de la de algunas versiones juveniles, y también de haber visto efectivamente un par de películas. Sin embargo, justamente porque yo llegaba al libro desde esas elaboraciones, la experiencia del texto íntegro resultó algo desconcertante. Al igual que, por ejemplo, Ulises, La montaña mágica o el Quijote, la novela de Herman Melville se me antojó como una de esas que periódicamente aparecen en la historia de la literatura para poner a prueba la resistencia y flexibilidad del género narrativo. Sigue leyendo

Conquistadores españoles, mito anglosajón

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Los conquistadores españoles de América fueron aventureros de pocos escrúpulos pero a quienes la historia cultural privó de la aureola romántica de otros sujetos no mucho más recomendables, tales como piratas del Caribe, pioneros del Oeste o exploradores de África. La literatura tiene aquí mucha responsabilidad, y ya me referí otras veces a cómo los protagonistas de la crónica de Indias llegaron demasiado pronto para beneficiarse del propicio género de la novela. Sigue leyendo

Sobre aventuras, folletín, clásicos y colonialismo (me explico)

Pío Baroja, clásico

Encuentro un comentario semihostil a mi recomendación del Shanti Andía, y lo respondo velozmente (de ahí, creo, algún anacoluto que otro, que en mis macetas suelo poner un poco más de esmero). Me ha salido tan amplio que acabo por dedicarle entrada aparte. Puede ser que haya más gente que no me haya entendido, aunque espero que ofendidos no haya muchos más.

Clásico menor (también con huella)

Nota de 2018: Para más rigurosa definición, no por ello menos amena, del género de la “novela de aventuras históricas”, remito al blog Ínsula Barañaria del profesor Carlos Mata Induráin. Tanto sobre el  representante mayor de este género menor (en España al menos), como sobre Navarro Villoslada.

Un clásico de aventuras (pero español)

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Shanti Andía, por Ramón Zubiaurre

Recomiendo esta vez la lectura de Las inquietudes de Shanti Andía, novela que me puse a leer a los trece y no paré de hacerlo durante años, pese a haberla terminado fácilmente.

LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDÍA 001

También tiene película, pero todavía no la he visto (parece que se puede aquí)

Los héroes cansinos

La isla negra (Hergé)

La narración moderna y posmoderna de aventuras nos ha proporcionado personajes más ricos que los de antaño. Menos perfectos en su maldad e incluso en su bondad, con sus debilidades y sus ambigüedades, con su sistema de valores peculiar que los aparta incómodamente de la sociedad en que se mueven, y ocasionalmente los eleva sobre ella. Se trata a menudo de individuos de conductas reprobables, pero aun así sin la doblez de aquellos poderosos a quienes, sin ser mucho mejores que los otros, una vida afortunada los convierte en “oficialmente” buenos. Sigue leyendo