La impaciencia

Desde que mi primogénita, hace cosa de tres años, me salió con que lo que quería hacer cuando sea mayor era “tomar vino”, mi vida familiar discurría bastante tranquila en materia de vicios tradicionales. Pero la amenaza regresó ayer, inesperada, por boca de mi segundogénita que trotaba la calle Lambayeque, más que cantando, jaleando:

—¡Dieci-o-cho! ¡Dieci-o-cho! ¡Dieci-o-cho!

—¿Qué te pasa? ¿Estás contando algo?

—¡Noo! Es que había una sala con juegos que me dijo mamá que no pueden entrar niños, y el año que hay que tener es dieciocho. ¡Dieci-o-cho! ¡Dieci-o-cho!

—Aah… ¿Y tú quieres tener ya dieciocho años para entrar a esos juegos?

—Sí, y mamá me va a comprar un bolso y un celular. ¡Dieci-o-cho! ¡Dieci-o-cho!

De manera que catorce años me quedan para prevenir la ludopatía. Menos mal, porque hay otros hijos que no avisan.

Bellezas inesperadas

Bendito Baudelaire, benditos Goethe y Borges, /que ahora que contemplo /la luna me permiten ver / en ella / cosas que no verá ningún astrónomo.

(Víctor Botas)

Nadie podrá agradecer lo suficiente al arte y a la literatura hasta qué extremos multiplican la realidad y le dan sustancia. Muy en especial, los padres: donde un progenitor iletrado escucha disparates o admira garabatos, otro puede celebrar diariamente metáfora o expresionismo. Mi hija menor, una flacucha de dos años definitivamente clasificada según los estándares familiares como un ChCP*, se ha asomado a una ventana nasal ajena y exclamado dulcemente: “¡Ooooh, qué mocos tan liiiindos!”. Y este testigo, que podría haberse conformado con reírse sin remedio mientras intenta torcer la boca y decir que calla niña, redescubre de golpe la verdad de uno de los líricos y atroces episodios de Cartucho (1931), de Nellie Campobello, excepcional escritora de la Revolución Mexicana:

Como a las tres de la tarde, por la calle de San Francisco, estábamos en la piedra grande. Al bajar el callejón de la Pila de don Cirilo Reyes, vimos venir unos soldados con una bandeja en alto; pasaron junto a nosotras, iban platicando y riéndose. “¿Oigan, qué es eso tan bonito que llevan?” Desde arriba del callejón podíamos ver que dentro del lavamanos había algo color de rosa bastante bonito. Ellos se sonrieron, bajaron la bandeja y nos mostraron aquello. “Son tripas”, dijo el más joven clavando sus ojos sobre nosotras a ver si nos asustábamos; al oír son tripas, nos pusimos junto de ellos y las vimos; estaban enrolladitas como si no tuvieran punta. “¡Tripitas, qué bonitas!, ¿y de quién son?”, dijimos con la curiosidad en el filo de los ojos. “De mi general Sobarzo -dijo el mismo soldado-, las llevamos a enterrar al camposanto”. Se alejaron con el mismo pie todos, sin decir nada más. Le contamos a mamá que habíamos visto las tripas de Sobarzo. Ella también las vio por el puente de fierro.

*Chiste Con Patas.

En plena celebración de la festividad de Todos los Santos, una pensadora peruana contemporánea de cuatro años hace reflexionar a su padre sobre el contenido de las bienaventuranzas del Evangelio

La clasifico como pensadora por pereza. El tono es más bien de profeta, así que lo que corresponde es una conversión…

Tú no estarás con Dios porque estás molesto.

Trabajar “de sentío” o el peso de las letras

El antiguo respeto del trabajador manual hacia la labor intelectual y las personas de (no simplemente “con”) estudios va más allá del prestigio y hasta la preponderancia social que otorgaba el título académico. Sigue leyendo