Víctimas de la modestia

En una carta a Ramiro de Maeztu, Antonio Machado acusaba recibo del libro Defensa de la Hispanidad (1934), con tanta amabilidad que nadie diría que se hallaban en trincheras políticas opuestas. Será cosa de la formación en el liberalismo decimonónico, tan lejano en aquellos tiempos en que los españoles se odiaban todavía más de lo que están volviendo a hacer hoy. Por otra parte, me encanta la razón que da el poeta del fracaso histórico del nacionalismo español y de las hinchazones retóricas (que no se suelen quedar en las palabras) de todo nacionalismo. No menciona el fútbol, supongo que también por la época o la edad:
 
… Lo que juzgo difícil, querido Maeztu, es que se despierte en España una corriente de orgullo españolista parecida al patriotismo de los franceses o de otros pueblos. Porque lo específicamente español es la modestia. Cuando el Cid Campeador de nuestro poema se dispone a combatir con los moros que tienen cercada a Valencia, llama a su mujer y a sus niñas para que vean -dice él- “cómo se gana el pan”. El heroísmo español suele tener esa elegancia de expresión. Y es que el español, y especialmente el castellano, tiene el “orgullo modesto”, quiero decir, el orgullo profundo, basado siempre en lo esencial humano, que no puede ser español, ni francés, ni teutón. En esta opinión me confirma la lectura de su libro. Sólo un español es capaz de pensar como nuestros conquistadores de América, que un indio no sea un ser superior. “Nadie es más que nadie”, reza un proverbio castellano, y lo que se quiere decir, en el fondo, es esto: por mucho que valga un hombre, nunca tendrá valor más alto que el valor de ser hombre. También es cierto que esta sobreestimación de lo humano tiene el fondo religioso cristiano que usted señala. Pero por eso mismo no es fácil que salgamos por el mundo a darnos pisto de españoles; y si sacamos la espada, antes será por Dios o por el diablo que por España. Porque España ha sido siempre muy poca cosa para un español. Tal vez sea esta la causa de nuestra decadencia actual y de nuestra pasada grandeza. Aun todavía, si habla usted de las banderas de Cristo, encontrará usted quien le siga; con la bandera española no entusiasmará usted a nadie…

El Cristo de los gitanos, en versos

Me pasé años pasando frente a él, domingo y fiesta de guardar tras otra, hasta enterarme de que era él, el de la procesión del Sacromonte en Semana Santa. Aquella perfecta imagen del Crucificado, con sus característicos cuatro clavos, era una talla de José Risueño, obra del mejor barroco granadino (que es del mejor barroco hispánico). Le rendían homenaje  versos de un entrañable poeta local, que nunca dejé de releer. Sigue leyendo

De tenorcillos huecos

Serrat Machado
No importa cómo, cuándo, dónde ni el motivo; tampoco si es verdad verdadera o bien me invento alguna cosa. Yo solo cuento cómo, reuniendo alumnos voluntarios para participar en un recital de poesía, entre los espontáneos hubo quien se ofreció a leer cierto poema de Antonio Machado titulado “Caminante, no hay camino” (sic). Creo que se olvidaba de la coma, y estoy convencido de que el texto así encabezado era desusadamente largo para quien conociera la brevedad de los Cantares del poeta sevillano.

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Corporis mysterium

Última Cena, por Dalí (de www.catedu.es)

Última Cena, por Dalí (de http://www.catedu.es)

En lugares como Granada, Toledo o el Cusco se celebra todavía en jueves -como hoy- la festividad del Corpus Christi, homenaje al milagro invisible y reiterado desde aquella Última Cena, tan inabarcable que no ha dejado de suscitar controversias y disputas teológicas que ojalá se hubieran quedado siempre en teológicas.

A propósito de reacciones ante la Eucaristía nunca olvido una anécdota familiar. Sigue leyendo