La conkista de México

Ya que hablábamos de cronistas de Indias, ofrezco al respetable algunos párrafos que, gentileza de antiguos ejercicios de Literatura Hispanoamericana, serán muy útiles para  aquel que no quiera ampliar sus conocimientos sobre el apasionante episodio histórico de la conquista de México. Sigue leyendo

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El ser del star

(y de otras faltas)

De una entrada anterior en que mostraba varios errores ortográficos callejeros, ninguno era tal vez más delicioso que el que, mediante la duplicación de la ele final, elevaba la voz “pastel” desde su humilde origen castellano (es decir, tercermundista y morenillo) a la altura de lenguas más cultas y nobles. En un periódico que no identifico y fecha ya no tan cercana, me salta a la cara como larva de alien el siguiente titulín:

Para estar como una star... ¿sta claro?

Para estar como una star… ¿sta claro?

Pero no todo es eco del inglés con sus eses líquidas y monosílabos. Una carta de menú académico anunciaba, no hace tantos días, “jamón del pays”. Uno, acostumbrado a que su hueste (integrada siempre por alguna que otra “Ximena”) le escriba “reyna” y “virreynato”, detecta el atractivo del error ya no en el aire fresco del cosmopolitismo, sino en el secreto, añejo y rancio de los orígenes. De unos orígenes en los que se era muy poco exigente con la ortografía, edad dorada que nos echaron a perder los pérfidos Borbones con su Real Academia Española.

El profesor descansa tras una grave falta de ortografía

El profesor descansa tras una grave falta de ortografía

Heterografía culinaria

A veces tengo la dicha y poca prisa de pasear por la ciudad a mediodía. Hora a la que los ojos se me van tras los apetitosos anuncios de menuses* que encuentro cada poco. Normalmente, lo que leo me corta el hambre de golpe, pero no precisamente por inadaptación a la rica gastronomía local. Me doy en cambio un festín de simpáticas correcciones (uno que no deja ya ni mentalmente el lapicero rojo…). Sigue leyendo

Homus políticus

No es errata: vean en esta foto la oferta fotocopiera de uno de los locales que proliferan, reales como los pavos, en las inmediaciones de la Universidad.

Ahora, ¿cómo me lo explico?:

a) Como todo el mundo sabe, todas las palabras en latín acaban en us y cosas raras como esas, así que era lógica la corrección. Errare humanus est.

b) Estrategia comercial: la palabra homo pudiera haber espantado a numerosos alumnos varones de pedir la separata en cuestión, celosos de su machuna fama.

c) Lo que primero se me ocurre siempre, aunque lo deje esta vez para el final: ¡es que no saben ni leer!

Master Plum attacks

La generación de mis padres todavía conocía, en dichos y canciones populares, al Maestro Ciruela. Picio era arquetipo de la fealdad (“El tío Lucas era más feo que Picio” tal vez sea la frase más memorable en toda la obra de Pedro Antonio de Alarcón), Lepe de la sabiduría (quién lo dijera), Calleja de la fantasía o del embuste, el Quico de la gula satisfecha y, así como Abundio o Pichote vendieron su coche para comprar gasolina, el Maestro Ciruela hizo lo que hizo.*

A cualquiera se le escapa un error, y muchos errores si son muchos los textos que tiene que escribir o corregir. De ahí que no sea caritativo hacer sangre con cada fallo que se encuentra en el trabajo de los pobres periodistas y traductores. Su trabajo debería requerir la serenidad del artista, pero se les imponen ritmos industriales** en tareas donde, de momento, una máquina no puede suplirles (cuando lo hace, suele ser peor). Vale la pena hacer colecciones de errores cuando estos tienen un efecto cómico, que nos permita atenuar la tristeza ante el maltrato a la escritura. Por ejemplo, el efecto irónico de leer las distracciones señaladas en naranja… a la luz de lo marcado en amarillo.

 * Como dicen algunos profesores: ¡búscalo en internet!

** A mí mismo, la prisa me impide verificar si “master” es realmente, como aparenta, el mejor sinónimo para “maestro”: ¿no habría hecho mejor poniendo “Teacher”? Creo que sí, pero qué pereza a estas alturas.