En barbecho

Mumin

Después de cinco años y piquito cuidando de mi maceta, creo que esta ha demostrado salud suficiente como para poder dejarla crecer salvaje por una temporada.

De manera que aviso a mis lectores, fijos o eventuales, de que voy a dejar de escribir para ella durante, digamos, doce meses que pienso dedicar a “altos estudios eclesiásticos”, como los llamaría Rafael Sánchez Ferlosio.

Como prueba de que no pienso abandonar el oficio de letrada jardinería, me ahorro cualquier palabra de despedida. Pienso, además, seguir enlazando aquí mismo cualquier escrito que vaya publicando en la red.

En todo caso, feliz Semana Santa.

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Y no estaba muerto

Blog que no se actualiza es blog que muere, me decían muchos. Solo recuerdo a un amigo que negara esto, y me parece que es a él a quien tengo que darle la razón. Tras dos meses largos de silencio, vuelvo a asomarse a mi macetario y lo encuentro tan frecuentemente visitado como cuando me esforzaba por publicar nuevas entradas. Lo cual me deja agradecido, pero sobre todo orgulloso al constatar que mi modesta obra ya tiene una vida propia, independiente de su autor.

A juzgar por mis escritos que las estadísticas dan por más visitados, está claro que el éxito  no viene de mi talento literario o de mi atención a cuestiones de actualidad, sino de haber acertado con temas sobre los que  siempre habrá curiosos en demanda de consulta, en el aula o en la vida cotidiana. Es decir, que  a muchos debo de estarles resultando útil. Ojalá que no por ella sea menos agradable.

El caso es que, ante esta inesperada prueba de perfección (es decir, de acabamiento) de mi maceta en el páramo, casi me da pena interrumpir, no vayan a recibirme mis lectores como al coronel Chabert, a Mattia Pascal y a otros resucitados inoportunos. Espero, como mínimo, estar a mi misma altura en este nuevo año de escritura que emprendo.

Granada en los Andes (II): Notas semicultas

Los primeros conquistadores quisieron llamar al Cusco “Nueva Toledo”. Tal vez fuera una concesión a don Diego de Almagro, rivaliado de Pizarro y nativo de la Mancha, o sea del viejo reino de Toledo. Pero, como cuenta el Inca Garcilaso (1 Comentarios reales VII, 8), pronto

se les cayó de la memoria este segundo nombre, por la impropiedad de él, porque el Cozco no tiene río que la ciña como a Toledo, ni le asemeja en el sitio, que su población empieza de las laderas y faldas de un cerro alto y se tiende a todas partes por un llano grande y espacioso

Algo sí comparten la ciudad andina y la castellana: el título de “imperial”. Supongo que la de aquí se lo debe sobre todo a Garcilaso, quien no se cansa de repetir que el Cozco, en su imperio, fue otra Roma en el suyo. Sin embargo, a mí me da algo que pensar sobre el común destino de incas y visigodos, castas vencidas y siglos después reivindicadas por razones de nostalgia o propaganda. Sigue leyendo