Minucias de “La vida es sueño”

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No recuerdo si Calvino, Italo, tocó este tema (síntesis de sus ideas, aquí): igual que existen clásicos mayores y menores, existen también “clasicones”. Es decir, obras clásicas tan omnipresentes en la cultura colectiva que su mención revela más el lugar común que la cultura personal. El desafío para el glosador es tratar de decir algo que suene a nuevo sobre esos textos de los que se considera que ya está todo dicho… o sobre los que todos dicen algo (y a menudo lo mismo).
Me he arriesgado al clasiconeo con mi pasada recomendación literaria en Castellano Actual, y procuraré ahora hacérmelo perdonar con una pequeña experiencia de lectura:

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Sobre aventuras, folletín, clásicos y colonialismo (me explico)

Pío Baroja, clásico

Encuentro un comentario semihostil a mi recomendación del Shanti Andía, y lo respondo velozmente (de ahí, creo, algún anacoluto que otro, que en mis macetas suelo poner un poco más de esmero). Me ha salido tan amplio que acabo por dedicarle entrada aparte. Puede ser que haya más gente que no me haya entendido, aunque espero que ofendidos no haya muchos más.

Clásico menor (también con huella)

Nota de 2018: Para más rigurosa definición, no por ello menos amena, del género de la “novela de aventuras históricas”, remito al blog Ínsula Barañaria del profesor Carlos Mata Induráin. Tanto sobre el  representante mayor de este género menor (en España al menos), como sobre Navarro Villoslada.

El séptimo pasajero

Vivía yo una rara tarde de domingo. Ociosina como las de otros tiempos, de esas en las que solo me tentaba el pasármela tumbado cual caimán en plena digestión.

Sin embargo, acostumbrarse al dolce far niente cuesta más de lo que parece. A los pocos minutos me hormigueaba un vago sentimiento de culpabilidad, en forma del eco de la voz de mi mamá. Allí estaba, repitiéndome aquella sabia consigna del catecismo escolar:

“Contra pereza, diligencia”.

No pude más. Me levanté heroicamente del sofá –a ver quién dice que no a esas voces o esos ecos– y metí en el reproductor de DVD La diligencia de John Ford. Otra vez repatingado en el sofá, di al play. Sigue leyendo

Los omnipotentes

A lo largo de la ciudad, anchos cartelones proclaman en letra gruesa la consigna de que somos una raza distinta, una que todo lo puede. Me sentiría mejor si aclararan que se están refiriendo a la raza humana, pero aun así me sigue incomodando el eslogan de marras. Será porque una cosa es admirarse de los logros del ser humano desde que empezó a caminar sobre dos pies, y otra enorgullecerse por anticipado de una omnipotencia que, por mucho que hayamos adelantado, aún estamos muy lejos de alcanzar. Es más: de todo lo que efectivamente hemos podido, ojalá que mucho jamás lo hubiéramos hecho.

Yo opino igual que cantan los ancianos de la Antígona de Sófocles. El hombre, criatura superior a cuantas crearon los dioses, no ha obrado sobre la naturaleza una maravilla más grande que la de convivir con sus semejantes, escoger el bien antes que el mal y regirse por leyes. Ha dominado las bestias y la tierra, pero se ha dominado también a sí mismo: Se ha sabido poner límites.

Lecturas originales

De golpe y pinchazo, la Eneida termina con Turno, rey de los rútulos, vencido a los pies de Eneas. Cuando Turno ruega por su vida, el héroe se siente inclinado a perdonarle, que para algo le llaman el Piadoso. Sin embargo, al reconocer entre los arreos del rútulo el tahalí que perteneció a su amigo Palante, Eneas monta en cólera y “le hunde furioso en pleno pecho la espada. Mucho mejor para su conciencia resulta la versión del episodio que me encuentro mientras corrijo un examen: dudando Eneas si perdonar o no, Turno le ataca con un puñal que tenía oculto, y el Piadoso no tiene más remedio que matarlo en legítima defensa. Sigue leyendo