Vicios y remedios de la novela histórica

Se reprocha frecuentemente a la novela histórica que revela mucho más la visión del mundo del novelista que la del mundo que recrea. A fuer de frecuente reprochador yo también, reconoceré que este juicio muchas veces trata de ocultar la decepción porque la novela no coincide con la visión del mundo del propio crítico. Además, es una crítica demasiado fácil de hacer, puesto que se pronuncia sobre un defecto inevitable. El historiador, como anota en sus Escolios Nicolás Gómez-Dávila, “obviamente no estudia el pasado, sino datos presentes con que lo imagina”, así que con el novelista habrá que ser aún más indulgente: junto con la imaginación, tiene la licencia de la invención. Sobre el juego que hace el hoy con elementos del ayer discurre Borges, tan bien como él suele, en el prólogo a Luna de enfrente:

No hay obra que no sea de su tiempo: la escrupulosa novela histórica Salammbô, cuyos protagonistas son los mercenarios de las guerras púnicas, es una típica novela francesa del siglo XIX. Nada sabemos de la literatura de Cartago, que verosímilmente fue rica, salvo que no podía incluir un libro como el de Flaubert.

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El terapéutico Azorín

Visto por Zuloaga (y sacado de http://www.elmundo.es)

Un muy pedagógico profesor de Literatura Española en la Universidad de Oviedo, Jesús Menéndez Peláez, nos recomendó en alguna clase que, ante los estados de agobio y ajetreo cotidiano, vulgo estrés, leyéramos a fray Luis de León. “Es… terapéutico”, rubricó. Quizá fuera sugestión sobre esta inteligencia flácida, pero empecé desde entonces a degustar de otra manera los versos del venerable agustino, el dulce vaivén de sus endecasílabos y heptasílabos, con especial predilección por la Oda a Salinas (“El aire se serena / y cubre de hermosura y luz no usada”, etc.).

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