El hilo de Penélope

Odysseus_und_Penelope_(Tischbein)Pocas historias habrán conocido mayor número de versiones y reversiones que la Odisea. Los personajes eran lo bastante atractivos, el mito lo bastante rico y sugerente como para que no ocurriera así.

Existe todo un ciclo involuntario de epílogos. Por ejemplo, ¿cómo acabó sus días Ulises? Según algunos, habría muerto en Ítaca a manos de Telégono, el hijo que tuvo con Circe mientras Penélope lo esperaba fielmente (aunque esto también hay quien lo discuta). Homero tenía en la cabeza otro destino más feliz, que adelanta en el canto XI por boca del adivino Tiresias:

Después de que hayas matado a los pretendientes en tu palacio con engaño o bien abiertamente con el agudo bronce, toma un bien fabricado remo y ponte en camino hasta que lle­gues a los hombres que no conocen el mar ni comen la comida sazonada con sal; tampoco conocen éstos naves de rojas proas ni remos fabricados a mano, que son alas para las naves. Con­que te voy a dar una señal manifiesta y no te pasará desaperci­bida: cuando un caminante te salga al encuentro y te diga que llevas un bieldo sobre tu espléndido hombro, clava en tierra el remo fabricado a mano y, realizando hermosos sacrificios al soberano Poseidón ‑un carnero, un toro y un verraco semen­tal de cerdas‑ vuelve a casa y realiza sagradas hecatombes a los dioses inmortales, los que ocupan el ancho cielo, a todos por orden. Y entonces te llegará la muerte fuera del mar, una muerte muy suave que te consuma agotado bajo la suave vejez.

Los motivos de muerte y último viaje los reúne Dante –que no había leído a Homero- en su Divina comedia. La ardorosa arenga del rey de Ítaca a sus compañeros se la repito yo a mis alumnos a la mínima ocasión (considerate la vostra semenza: / fatti non foste a viver come bruti / ma per seguir virtute e canoscenza) para recordarles la vocación de sabiduría del universitario. Lo hago a despecho del detalle (que brillantemente observa Borges, lean el tercer párrafo) de que el poeta florentino posiblemente no aprobaba estas palabras de Ulises, y por ellas lo condenaba a abrasarse eternamente en el Infierno. Pero a mí me cautivaron indirectamente desde mi primer encuentro con Ulises, quien tenía las facciones de Kirk Douglas y el trazo de Enric Sió (qué hacía yo a los seis añitos con una historieta de Sió en vez de con un Don Miki o un Mortadelo, pregúntenle a mis padres).

Ulises por Sió

Vamos a otro desenlace alternativo, también cautivador y recogido en Rosa Krüger, la poética novela de Rafael Sánchez Mazas. Este escritor español de fama intermitente era un enamorado de Dante, de Italia (a veces demasiado) y de la cultura latina, clásica y mediterránea. Es amenísima e ingeniosa, por ejemplo, la historia mítica de la tauromaquia del capítulo 14, o en el 216 el siguiente relato que transcribo. Lo provoca la admiración de unos viajeros (entre ellos, el enamoradísimo protagonista que no deja de soñar con Rosa pese a los años transcurridos) ante el fresco de un palacio italiano, que representa a Ulises junto a una juvenil Penélope:

… doy por veraz cuanto dice Homero hasta acabar el último canto. Penélope quiere asegurarse de que aquel pordiosero recién llegado al palacio de Ítaca es su propio marido. Le somete a pruebas diversas como la de preguntarle los secretos de construcción del lecho nupcial. Bien, señores, Ulises ha vencido a los pretendientes y ha vencido las pruebas a que le ha sometido Penélope. Pero a su vez él no puede comprender que Penélope tenga quince años. Pareciéndose sin duda a la tierna esposa que dejó, no puede ser la misma. Ulises, el más ingenioso de los hombres, empieza a imaginar que aquel prodigio sea una estratagema de alguna divinidad enemiga, un hábil simulacro para hacerle caer en una emboscada. Tras aquella apariencia de Penélope podría estar aquella, para él implacable diosa, Venus, amiga de la gente troyana, o Circe, vengativa por la pasada burla, o Calipso irritada por el increíble desvío. Y, ¿qué creen ustedes señores míos, que hizo entonces el prudente Ulises? Pues se puso, eso sí, a vivir en su antiguo palacio, donde comía y cenaba con Penélope y era fino y cortés con ella en toda ocasión, pero no compartiría su lecho. No señores. Presumo que dormía él sobre unas pieles, abajo, cerca del fuego del hogar hecho brasas, cosa que le gustaba mucho. Y ella dormía arriba, en la parte más alta de la casa, con las otras mujeres. Así me figuro que pasaron, él con el can abajo y ella arriba con la cigüeña, más de ocho días, mientras la hermosa cámara nupcial, que estaba en el piso mediano, permanecía deshabitada. (…)

Pero, en fin, mis queridos señores, era una hermosa noche tibia de mediados de otoño. Penélope y Ulises habían acabado de cenar en la vasta sala. Los criados habían pedido la venia para retirarse. Ulises se había quedado meditando, mientras contemplaba las constelaciones por la ventana abierta. Y como niña, Penélope se dejó caer de sueño sobre la mesa de luciente roble. Todos sus bucles se esparcían, fragantes y dorados, cerca de las grandes y morenas manos de Ulises, surcadas de robustas venas. Como al descuido, el ingenioso héroe tomó entre sus dedos un bucle de éste y jugaba con él como contando uno a uno los finos cabellos que lo formaban mientras pensaba en la tierna belleza de aquella criatura dormida. Dejó así de mirar a los astros y contando aquellas finas hebras de oro, recordó lo que algunos servidores antiguos le habían dicho que, en su ausencia, Penélope tejía y destejía un hermoso tapiz, con una finísima hebra que iba cambiando sus colores. Como poseído de un súbito pensamiento Ulises entonces se levantó dejando a Penélope dormida. Encendió una pequeña lámpara de barro y se puso a recorrer todas las estancias vacías de la casa, hasta que llegó a unos altos desvanes llenos de luna. Allí vio, roto y abandonado, el telar sin rastro alguno de aquella hebra maravillosa.

Meditó Ulises, puesto allí en medio del desván, con la mano en la barba y luego de sonreír largamente se dijo a sí mismo:

“Las Parcas hilanderas dieron a Penélope el hilo del tiempo, el hilo de su propia vida para ver cómo lo consumía inspirándome. Fue con este hilo con el que Penélope todos los días tejía y destejía el tapiz de su sueño de esperanza, porque quien espera desespera. Lo que desde la mañana tejía lo destejía por la tarde. Y así el hilo del tiempo, el hilo del sueño de su vida, no avanzaba, no avanzaba ni retrocedía para ella. Así Penélope, la que supo esperar y desesperar, tejer y destejer con el hilo misterioso de las Parcas, no envejeció ni un día solo y siguió teniendo quince años. Entretanto, el hilo de mi vida iba consumiéndose como el hilo de Ariadna, en el laberinto de innumerables peripecias hasta el feliz y maravilloso retorno”.

Cuando Ulises se hubo dicho estas palabras volvió a sonreír en la claridad de la noche. Y luego volvió a tomar su pequeña lámpara y descendió de la sala donde Penélope dormía. Depositó la lámpara sobre la mesa y envolvió a Penélope en una larga y amorosa mirada. Pocos instantes después se extinguió la luz temblorosa. Entonces Ulises tomó en brazos a Penélope dormida y la condujo al lecho nupcial. Éste es, señores míos, uno de los grandes secretos de la Odisea, que yo quería revelaros. Y si alguien entre vosotros sueña retornar, como yo en un tiempo soñé retornar a la infantil Penélope de un día lejano, asegurémosle todos de corazón, que si él supo sortear todas las peripecias del contrario destino y ella supo a su vez esperar y desesperar con el hilo de su vida, tejer y destejer su sueño, un día, señores, la hallará y la reconocerá, lo mismo que si fuese todavía aquella niña de quince años y bucles de oro.

Palazzo Milcetti

 

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5 pensamientos en “El hilo de Penélope

  1. Excelente, y muy bien traídas las citas. Pongo aquí un breve relato propio (tan inferior a lo que aquí se muestra, ay), que trata, quizá demasiado especulativamente, un tema cercano a alguno que aquí se toca:

    PENÉLOPE
    De noche, a la luz de las antorchas, Penélope desteje lo que ha tejido durante el día. No sabemos qué es lo que tejía, pero podemos imaginar allí, en el dibujo de la tela, esperanzas gastadas, sueños a los que hay que ir renunciando, alguna tentación ocasional: la historia de sí misma, y de su espera. Tal vez Ulises hubiera deseado ver ese tejido. O tal vez no; era, parece, un hombre con demasiado sentido práctico. Puede que al aedo Femio sí le hubiese interesado. O acaso tampoco. Vale más, en todo caso, ese tejido deshecho cada día, esa historia que no está en ninguna parte, salvo en las pocas palabras que, quizá, la sugieren.

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  2. Mil gracias; lamento que no esté a la altura de tus citas, tan espléndidas; y ya no hablo de Homero, Dante o siquiera Borges (perder por goleada con ellos no es ningún desdoro), sino también de Sánchez Mazas. No conocía su texto; y baste decir en su honor que no hace mal papel junto a los de semejantes maestros.

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    • Léete entera Rosa Krüger: es una novela lírica deliciosa. Si no es más conocida, creo que se debe a la dejadez de su autor, que no la publicó jamás en vida (de hecho,algunos capítulos se han perdido). También, supongo, a que no encaja con el realismo dominante tras la guerra civil (algo parecido a lo que le pasó a Bearn de Villalonga, con la que creo que comparte aire de familia). Sin embargo, se sigue reeditando todavía…

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      • Veo ahora esta respuesta, con la recomendación que contiene. Gracias; la seguiré.

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