Flojera y reputación

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Docente que conozco, cuyo nombre no diré, se queja de que en la institución donde trabaja, que me callo, le obligan a aprobar a todos sus alumnos. La indignación que esto produce sobre las prácticas de ciertos centros educativos de este país, no tardo en extenderla a una profunda desolación sobre el funcionamiento del país entero. Ocurre cuando Docente Que Conozco no encuentra mejor símil para quejarse de sus alumnos, que llegan tarde a clase cuando llegan, que no se esfuerzan nada, que esperan recibirlo todo hecho, que decir que son como congresistas.
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Profesor de literatura

Concierta entrevistas. Pergeña informes. Asiste a reuniones. Establece horarios. Corrige faltas de redacción elementales. Lidia alumnos suplicantes. Firma pedidos. Calcula presupuestos.
Finalmente, en media luminosa hora de estudio, prepara para clase el comentario de dos poemas de Neruda.

Poesía por sorpresa

Confusión que resume la delgada frontera entre cotidianidad y poesía, o tal vez la eterna querencia del alma a la belleza: en un ejercicio escolar leo, distraído, besándose en su voz. Un parpadeo de concentración me desengaña al mostrarme, claro y prosaico (más un pelín pedante), “basándose en su voz”.

Educar sin instruir

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Cotidianamente se le deja claro a los papás que la educación no consiste en que los niños asimilen conocimientos en el colegio, sino habilidades, destrezas y -sobre todo- valores. Lo que pasa es que insisten tanto en ello que uno acaba oliéndose que se trata de una excusa anticipada al resultado de que los niños saldrán del colegio sin conocimientos ni para resolver un crucigrama. Lo pagamos luego los profesores de universidad que, a nuestros señores graduados, gloriosamente ingresados en nuestro centro de educación superior, debemos explicarles insondables arcanos como la mayúscula de los nombres propios, la existencia real del punto y seguido o el valor no ornamental de la tilde.

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Juegovideos

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Tomada de aquí

Es un chiste viejo, más bien una fábula moral, el de aquel niño que recibe de regalo un fabuloso juguete que se apresura a sacar de su caja… para ponerse inmediatamente a jugar con esta. El caso no es frecuente, pero sí verosímil; es decir, por larga experiencia sé que el niño al que se le concede la oportunidad de aburrirse sabe convertir en un juguete los objetos más inesperados.

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‘El último’ de Murnau: milagro en el Atlantic

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Der letzte Mann, película de F.W. Murnau de 1924, cuenta  una historia tan sencilla como melodramática. El portero del lujoso hotel Atlantic vive orgulloso de su profesión, atendiendo exquisitamente a sus opulentos huéspedes. El actor que lo encarna es Emil Jannings, quien, como en el personaje que encarnaría años después en El ángel  azul, emana una autoridad destinada a degradarse. Del hotel al modesto barrio donde vive, siempre porta con orgullo algo infantil su imponente uniforme, mientas que sus vecinos lo respetan hasta la devoción. Sigue leyendo

Cuatro siglos de mala escritura

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Cada vez se escribe peor, se quejan de continuo algunos profesores y gentes con cultura. Se le echa mucha culpa al sistema educativo, sin reconocerle el mérito de haber logrado que cada vez se escriba más: triste elitismo. Por otra parte, esta extendida decadencia de la prosa de cada uno no me parece que esté anulando la conciencia de la buena escritura: por ejemplo, cada vez se componen también más manuales de redacción y centros de consulta para el buen decir. Creo más bien que la responsabilidad de la escritura correcta y elegante se está desplazando a otros sujetos. Estaríamos volviendo a una relación con el texto similar a la de los primeros siglos de la imprenta, sobre la que nos ilustra Francisco Rico en su prólogo al Quijote (Santillana, 2011, pp. 1175-1176):

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