El que no quiere oír

(Sinsabores del aprendizaje inverso)

Escena medieval de piedad rayana en el fanatismo

A lo largo de unas cuantas semanas me estuve dedicando a dictar clases de Literatura española medieval. A lo largo de sucesivas exposiciones y comentarios, me dediqué a pasear a mis estudiantes, creo que bastante de la mano, por la historia del Cid Rodrigo Díaz, que tantas batallas libró por la noble causa de dar a su esposa y a sus hijas un hogar y unas riquezas dignas de la más alta nobleza. Más tarde, por buena parte de las coplas del Libro de buen amor, de sus desenfadados consejos para amantes derivados de la conciencia de que no hay fuerza que mueva el mundo como aquella que mutuamente atrae a hombres y mujeres. Pasamos luego al Conde Lucanor, el joven noble al que su ayo instruía con buenos ejemplos de moral práctica sobre cómo relacionarse con sus semejantes y gestionar sus asuntos de gobierno. Por último, alcanzamos los confines de la era con La Celestina, brutal y arrabalera desmitificación del amor cortés.  
Sin embargo, al pasar al tema siguiente cometí el desliz de pedirle a un alumno que preparase una breve introducción a este periodo —o sea, claro, el Renacimiento. Sería que me había cansado de exponer en tantas clases. 
Nada me hizo arrepentirme más cuando el muy tabularrasa despachó la Edad Media, sin el menor matiz ni explicación, con la rutinaria etiqueta del teocentrismo.

Como en casa no se lee en ningún lado

Se acerca el comienzo de un nuevo curso escolar, así que estoy teniendo que exponer mi vida a los graves peligros del contagio para salir a comprar los útiles requeridos por el colegio. Al regreso de una de mis expediciones, asado de calor y con la boca llena aún de mascarilla, doy pie al siguiente diálogo:
YO: Traigo un libro para Hija Mediana.*
ELLA (con alborozo): ¡Un libro!
YO: Sí, uno de los del plan lector.
ELLA (desilusionada): ¡Del plan lector!
Piensen lo que quieran los lectores, pero yo no me puedo sentir más halagado. A ocho años de distancia, parece que algo he estado haciendo un poco bien.

Es que mandan cosas muy ricas en valores (salvo literarios y gramaticales)

*Mi manera de pixelarla, porque es menor de edad.

En un libro viejo: Un boleto

(Donde azorineo un poco más)

Sigo hojeando Félix Vargas a largos intervalos. El solaz no reside en la lectura, sino en el tacto de las páginas marfileñas, en el aprecio de las curvas de su gruesa tipografía. Repentinamente, entre las hojas se enciende el vivo carmesí de un rectangulito de papel.  Lo tomo entre dos dedos con miedo de arrugarlo. En letras albas reza FEDERACION / NACIONAL / BUSES Y TAXIBUSES / DE CHILE. Sigue leyendo

Dios le da pan al que olvida sus dientes

Tal vez dedicarás lo que te dejen del día tus obligaciones domésticas a preparar tu próxima clase. Te recorrerás, por ejemplo, el Quijote de cabo a rabo en busca de ejemplos para comentar; releerás aquellos episodios que mejor recuerdas para el caso y, por el camino, descubrirás algunos que tenías olvidados, al acecho de material utilizable o bien arrastrado solamente por la repentina curiosidad y la sorpresa. Tendrás que revisarlos con detenimiento para asegurarte de que puedes interpretarlos de manera satisfactoria, así como salir al paso de cualquier duda que pueda provenir del lado oscuro.
Y también tal vez te irás a la cama rezongando contra este atareado ritmo cotidiano que te impide tomarte un tiempo para la lectura.

Un brindis ignaciano

Con toda su breve claridad, me resulta ilustrativa la lectura de la carta que el Papa ha dirigido a sus antiguos alumnos del colegio donde enseñó. Ilustrativa en cuanto que lo que parece hilvanar tales con cuales cuestiones es la recomendación de fiarse poco de los portavoces que le salen en todos los medios, tan dados normalmente todos ellos a darse golpes en el pecho del vecino, con lo fácil que es conseguir versiones íntegras y directas de las palabras del obispo de Roma.

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Interdisciplinariedad

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En plena visita a uno de los salones donde se examinan mis alumnos,* uno de ellos solicita mi atención. Señala con el dedo aquel hermoso verso de Rubén Darío: “Brumas septentrionales nos llenan de tristezas…”.
“¿Qué quiere decir septentrionales”?, me pregunta. Y, como para demostrarme que la ayuda que me pide no es tan grande, añade: “¿Es norte, oeste, sur…?”.
Empiezo a objetarle que no puedo decírselo, que se trata de un poema que tendría que haber traído ya estudiado. Pero él contrargumenta, casi protestando: “Es una pregunta de geografía, no de literatura”.
*Obviamente, la anécdota es de antes de este año.

Elogio del especialista

Y el otro pulmón qué

¿Y el otro pulmón qué?

Académicos de intereses amplios y facultades de departamentos pequeños a veces coinciden en el denuesto de la especialización. A menudo por vía de la reducción al absurdo, por ejemplo recurriendo al chiste del médico que conoce a la perfección el pulmón derecho pero ignora todo lo que concierne al izquierdo…

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Los estudiantes, peores

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Tomado de aquí

—Los alumnos cada año son más malcriados y más vagos. Y yo me alegro.

—¡¡¡…???

—Por supuesto, querría que fueran cada vez mejores, pero como eso es ser demasiado fantasioso, la tentación es la de desear que sigan igual que siempre. Pero, si siempre fueran igual de malcriados, podríamos rendirnos, acostumbrarnos y dejar de exigirles. Que cada año sean peores es un recordatorio de nuestra necesaria inflexibilidad.

Lo que lograrán leer

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Dirán, como Daniel Pennac, que el verbo leer no admite imperativo, y yo les daré la razón en cualquier ámbito que no sea la universidad. Aquí, si no te gusta leer, no entres, y si no te gusta lo que te dan a leer, aprende a explicar por qué.

Declaro estos principios –si no les gustan, tengo otros– porque me dispongo a hablar de la circunstancia de las lecturas obligatorias de mis cursos, y a muchos se les subirá al vallar de los dientes la frase de Pennac. Lo mismo que a mí: los comprendo y me anticipo, más que por objetarles, por afinidad con ellos. Moi hypocrite lecteur!

Pero vamos a lo que importa. Sigue leyendo

Vindicación del unicornio

Kid playing with stuffed animal

De es.123f.com

Por totémicas causas ancestrales, o simplemente por, como diría Aristóteles, complacerse en las imitaciones, el ser humano lleva fabricando figuras de animales desde que aprendió. Que en algún momento empezara, además, a dejarlas en manos de sus cachorros para que jugaran con ellas debe de proceder de su conciencia de ser rey de la creación, hoy cada vez más vergonzante. La satisfacción de imponerse a la bestia y domarla bien puede abrirse dándole a esta una apariencia inofensiva, que permita al niño dormir abrazado a ella, o que la arrastre y sacuda a su sabor cuando tenga ganas de pelea.

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(Sobre) El castellano de Tarzán

Pigmeos

Escolios a un texto implícito (quien lo quiera explícito, pinche aquí)

Para Antonio Guardiola, con gratitud entre otras cosas

Primero: Aun habiendo podido titular la entrada “El español de Tarzán”, cambio el nombre del idioma por su sinónimo. En parte, por obvia alusión al título de la página donde se publica el artículo. Y, también, por evitar que algún iniciado en la materia piense que me estoy refiriendo a un individuo de nacionalidad española. En las novelas de Edgar Rice Burroughs recuerdo que aparecían dos. Tarzán el indómito presentaba el hallazgo del cadáver centenario de un aventurero español: no ocupaba mucho pero el efecto era gratamente misterioso. En Tarzán el terrible, en cambio, ya actuaba un compatriota mío, Esteban Miranda, cuyo aspecto físico resultaba ser casi idéntico al del rey de los monos, lo cual lo convertía en un peligroso antagonista. Tardé en conocer la existencia de este personaje ambicioso y traicionero porque el primer lugar donde debería haberlo encontrado, las páginas de Tarzán entre pigmeos (sosa manera de retitular Tarzan and the Ant-Men), su presencia se evaporaba misteriosamente, y eso que en el original generaba una importante trama secundaria. Sin duda fue un caso de patriotera censura o autocensura.

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Don Juan entre pucheros

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Tal era la familiaridad con la poesía del romano Ovidio, que en su primera juventud sus discursos le brotaban espontáneamente en verso, por más que su padre quisiera encaminarlo hacia el estudio de las leyes. Lo cuenta él mismo en sus Tristes (IV,10).
Yo no pretendo llegar a tanto ni de lejos. Sin embargo, bastó para embellecer por un momento los trajines de la cocina el sorprendernos a mi primogénita y a mí, después de un rato con el Tenorio de música de fondo, cruzando este breve diálogo involuntariamente octosilábico, sin duda prosaico, pero de grato aroma zorrillesco:
—¿Pusiste el aceite? —Sí.
—¿Está hirviendo? —Todavía.
—¿Lo prendiste? —Lo prendí…
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Flojera y reputación

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Docente que conozco, cuyo nombre no diré, se queja de que en la institución donde trabaja, que me callo, le obligan a aprobar a todos sus alumnos. La indignación que esto produce sobre las prácticas de ciertos centros educativos de este país, no tardo en extenderla a una profunda desolación sobre el funcionamiento del país entero. Ocurre cuando Docente Que Conozco no encuentra mejor símil para quejarse de sus alumnos, que llegan tarde a clase cuando llegan, que no se esfuerzan nada, que esperan recibirlo todo hecho, que decir que se creen que son congresistas.

Profesor de literatura

Concierta entrevistas. Pergeña informes. Asiste a reuniones. Establece horarios. Corrige faltas de redacción elementales. Lidia alumnos suplicantes. Firma pedidos. Calcula presupuestos.
Finalmente, en media luminosa hora de estudio, prepara para clase el comentario de dos poemas de Neruda.

Poesía por sorpresa

Confusión que resume la delgada frontera entre cotidianidad y poesía, o tal vez la eterna querencia del alma a la belleza: en un ejercicio escolar leo, distraído, besándose en su voz. Un parpadeo de concentración me desengaña al mostrarme, claro y prosaico (más un pelín pedante), “basándose en su voz”.

Educar sin instruir

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Cotidianamente se le deja claro a los papás que la educación no consiste en que los niños asimilen conocimientos en el colegio, sino habilidades, destrezas y -sobre todo- valores. Lo que pasa es que insisten tanto en ello que uno acaba oliéndose que se trata de una excusa anticipada al resultado de que los niños saldrán del colegio sin conocimientos ni para resolver un crucigrama. Lo pagamos luego los profesores de universidad que, a nuestros señores graduados, gloriosamente ingresados en nuestro centro de educación superior, debemos explicarles insondables arcanos como la mayúscula de los nombres propios, la existencia real del punto y seguido o el valor no ornamental de la tilde.

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Juegovideos

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Es un chiste viejo, más bien una fábula moral, el de aquel niño que recibe de regalo un fabuloso juguete que se apresura a sacar de su caja… para ponerse inmediatamente a jugar con esta. El caso no es frecuente, pero sí verosímil; es decir, por larga experiencia sé que el niño al que se le concede la oportunidad de aburrirse sabe convertir en un juguete los objetos más inesperados.

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‘El último’ de Murnau: milagro en el Atlantic

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Der letzte Mann, película de F.W. Murnau de 1924, cuenta  una historia tan sencilla como melodramática. El portero del lujoso hotel Atlantic vive orgulloso de su profesión, atendiendo exquisitamente a sus opulentos huéspedes. El actor que lo encarna es Emil Jannings, quien, como en el personaje que encarnaría años después en El ángel  azul, emana una autoridad destinada a degradarse. Del hotel al modesto barrio donde vive, siempre porta con orgullo algo infantil su imponente uniforme, mientas que sus vecinos lo respetan hasta la devoción. Sigue leyendo

Cuatro siglos de mala escritura

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Cada vez se escribe peor, se quejan de continuo algunos profesores y gentes con cultura. Se le echa mucha culpa al sistema educativo, sin reconocerle el mérito de haber logrado que cada vez se escriba más: triste elitismo. Por otra parte, esta extendida decadencia de la prosa de cada uno no me parece que esté anulando la conciencia de la buena escritura: por ejemplo, cada vez se componen también más manuales de redacción y centros de consulta para el buen decir. Creo más bien que la responsabilidad de la escritura correcta y elegante se está desplazando a otros sujetos. Estaríamos volviendo a una relación con el texto similar a la de los primeros siglos de la imprenta, sobre la que nos ilustra Francisco Rico en su prólogo al Quijote (Santillana, 2011, pp. 1175-1176):

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Napoleón en la RAE

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La devoción por la memoria no es tan unánime como parecen sugerir todos los museos, leyes y elogios que se le dedican. Por ejemplo, está bastante claro que la detestan multitudes de estudiantes, y también pocos pero influyentes educadores. Resurgen además, de cada vez más vez en cuando, hablantes hipersensibles que pretenden borrarle la memoria a la lexicografía del español, extirpando del diccionario de la Real Academia Española aquellas definiciones que ciertas palabras tuvieron en ciertos momentos pero hoy ofenden (por eso han dejado de usarse).

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Ulises, épico y moderno

Notas, por si sirven, para profesores y estudiantes

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Con el cine de género, la épica degeneró. Al menos, respecto a su concepto original. Lo cierto es que el término, en los últimos años, ha caído en la insoportable vaguedad de ser cualquier cosa: bromas épicas, celebraciones épicas…

Pero ya de mucho antes, tampoco era necesario frecuentar las aulas para oír hablar de películas o novelas épicas (a menudo trilogías o series). Esto no suele significar otra cosa que unos relatos de ambientación fabulosa, que evoca tiempos remotos de manera poco realista. En ellos, los conflictos se resuelven mediante el enfrentamiento violento, masivo y continuado, cuerpo a cuerpo a ser posible; en cuanto a sus héroes, encarnan valores positivos universales o con pretensión de serlo. Sigue leyendo

Sinestesia

Nadie alumbra greguerías mejor que los niños, hasta el punto de que muchos no pueden resistir el pasarlas por escrito, con o sin glosa, y menos aún en estos tiempos de redes sociales. Es lógico. Peor me sienta el que algunos se pongan a vender libros con esas recopilaciones, aunque sea solo por la típica razón que aduce el despechado de que “eso lo hace cualquiera”.
Gratis, yo ensarto aquí para que no se olvide esta última de mi primogénita que, ante las interferencias telefónicas mientras trataba de hablar con su abuela, le informó de que se escuchaba pixelado.

Los comulgantes

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No pongan esa cara tan seria: les prometo que no voy a hablar de cine. Lo siento.

Cierta anécdota de hace años que me fue muy celebrada en Facebook me había hecho creer que mi primogénita entendía la diferencia entre poder como ‘capacidad’ y como ‘tolerabilidad social’ (los que se hayan leído la Ética a Nicómaco seguro que sabrán designarlos mejor que yo).

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Recomendación: las ficciones de Luis Loayza

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A la que agrego una cita que conmoverá profundamente a todos los de mi gremio:

Carlos se dedicó a reescribir su tesis. En sus años de estudiante solía recoger fragmentos, versos aislados, dos o tres palabras juntas de poemas coloniales peruanos en los que sucedía algo, una pequeña explosión (o las palabras eran restos de esa explosión), no porque el autor tuviese talento sino por simple casualidad o generosidad del idioma. Carlos anotaba estas sorpresas, esbozaba teorías más o menos descabelladas sobre la poesía, la Colonia, el Perú. Con el tiempo fue olvidando las citas y las teorías, que tan bien sonaban discutidas entre amigos, y el trabajo se volvió más preciso, documentado en insignificante. Logró aclarar dos o tres fechas en las vidas de escritores de tercera línea, descubrió en bibliotecas de convento unas cuantas ediciones no mencionadas en las bibliografías, leyó -tomando minuciosamente notas en fichas de distintos tamaños- libros y manuscritos que nadie había tenido la paciencia de leer. El resultado no le gustaba. No era tan vano como para menospreciar la erudición, en otros deslumbrante: en otros, justamente, no en él.
[“Otras tardes” en Relatos, Lima, Editorial Universitaria, 2010,
pp. 234-235]

Regreso a Hills End

Siete chicos
Lluvias como las de estos días, encima lo que está cayendo ahora en Colombia, y la imaginación literaria lleva forzosamente a Gabriel García Márquez, a Cien años de soledad o al “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”, aunque este transmita más una profunda sensación de atonía vital que de cataclismo social.
Ahora bien, será porque llegó mucho antes a mi vida que recuerdo mucho mejor una de mis novelas favoritas de la infancia. Siete chicos de Australia, de Ivan Southall, estaba publicada en la colección Cuatro Vientos de la editorial Noguer, así que lo más probable es que ya no sea nada fácil de encontrar.* El título, por otra parte, llamaba a la confusión con el clásico decimonónico de Los siete pequeños australianos de Ethel Turner, si bien esta obra tampoco era muy conocida en España. Quizá en la editorial pensaron que el título original, Hills End, no era ni sugestivo ni fácil de traducir.

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La máquina del tiempo (perdido)

Máquina de chocolates

Sin anunciarse, aparecieron en diferentes puntos del campus expendedoras automáticas de aperitivos.
Yo saludé la aparición con una alegría que no acababa de explicarme, porque me suelo tomar la hora del café matinal, como el cine o el cebiche, más como excusa para la reunión social que por necesidad de consumo. Si no tengo a quién invitar ni quién me invite, puedo apurar la jornada entera en mi madriguera, a no ser que me saquen de ella otras obligaciones… incluida la de satisfacer un hambre imprevista.
Por eso mismo, la novedad era digna de interés: picar algo ahorrándome la cola de la cafetería. Aunque quizá no de tanta emoción.

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“La casa encendida”: recomendación anecdográfica

(La serena y oficial se encuentra aquí)

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Mi reducida experiencia me sugiere que, salvo casos excepcionales más comunes de lo que parecen, el descubrimiento de la poesía como arte, vocación o cosa más o menos seria, empezaba con la lectura escolar de Bécquer y algunos poetas del 27 (pongamos que Salinas o el Lorca y el Alberti neopopularistas), y quienes no se quedaban allí daban su siguiente paso con Neruda, sobre todo sus Veinte poemas. Mi caso, en ese sentido, de excepcional tiene muy poco. Fue el paso siguiente el que fue más personal, para mí medio epifánico.

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Frivolidades

En este artículo de Castellano Actual he echado a un episodio de mi vida profesoral toda la magnanimidad y el buen humor que me caben en el cuerpo. Porque no me negarán que, de estas dos imágenes,

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afirmar (contumazmente) que la que encarna la frivolidad es la de la DERECHA no es como para decirse que más valdría, en verdad, que se lo coman todo y acabemos…

La impaciencia

Desde que mi primogénita, hace cosa de tres años, me salió con que lo que quería hacer cuando sea mayor era “tomar vino”, mi vida familiar discurría bastante tranquila en materia de vicios tradicionales. Pero la amenaza regresó ayer, inesperada, por boca de mi segundogénita que trotaba la calle Lambayeque, más que cantando, jaleando:

—¡Dieci-o-cho! ¡Dieci-o-cho! ¡Dieci-o-cho!

—¿Qué te pasa? ¿Estás contando algo?

—¡Noo! Es que había una sala con juegos que me dijo mamá que no pueden entrar niños, y el año que hay que tener es dieciocho. ¡Dieci-o-cho! ¡Dieci-o-cho!

—Aah… ¿Y tú quieres tener ya dieciocho años para entrar a esos juegos?

—Sí, y mamá me va a comprar un bolso y un celular. ¡Dieci-o-cho! ¡Dieci-o-cho!

De manera que catorce años me quedan para prevenir la ludopatía. Menos mal, porque hay otros hijos que no avisan.