Los comulgantes

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No pongan esa cara tan seria: les prometo que no voy a hablar de cine. Lo siento.

Cierta anécdota de hace años que me fue muy celebrada en Facebook me había hecho creer que mi primogénita entendía la diferencia entre poder como ‘capacidad’ y como ‘tolerabilidad social’ (los que se hayan leído la Ética a Nicómaco seguro que sabrán designarlos mejor que yo).

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Recomendación literaria: las ficciones de Luis Loayza

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A la que agrego una cita que conmoverá profundamente a todos los de mi gremio:

Carlos se dedicó a reescribir su tesis. En sus años de estudiante solía recoger fragmentos, versos aislados, dos o tres palabras juntas de poemas coloniales peruanos en los que sucedía algo, una pequeña explosión (o las palabras eran restos de esa explosión), no porque el autor tuviese talento sino por simple casualidad o generosidad del idioma. Carlos anotaba estas sorpresas, esbozaba teorías más o menos descabelladas sobre la poesía, la Colonia, el Perú. Con el tiempo fue olvidando las citas y las teorías, que tan bien sonaban discutidas entre amigos, y el trabajo se volvió más preciso, documentado en insignificante. Logró aclarar dos o tres fechas en las vidas de escritores de tercera línea, descubrió en bibliotecas de convento unas cuantas ediciones no mencionadas en las bibliografías, leyó -tomando minuciosamente notas en fichas de distintos tamaños- libros y manuscritos que nadie había tenido la paciencia de leer. El resultado no le gustaba. No era tan vano como para menospreciar la erudición, en otros deslumbrante: en otros, justamente, no en él.
[“Otras tardes” en Relatos, Lima, Editorial Universitaria, 2010,
pp. 234-235]

La máquina del tiempo (perdido)

Máquina de chocolates

Sin anunciarse, aparecieron en diferentes puntos del Campus expendedoras automáticas de aperitivos. Yo saludé la aparición con una alegría que no acababa de explicarme, porque me suelo tomar la hora del café matinal, como el cine o el cebiche, más como excusa para la reunión social que con necesidad de consumo. Sin tener a quién invitar ni quién me invite, puedo apurar la jornada entera en mi madriguera si no me sacan de ella otras obligaciones… incluida la de satisfacer un hambre imprevista. Por eso mismo, la novedad era digna de interés (picar algo  ahorrándome la cola de la cafetería), aunque quizá no de tanta emoción.

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“La casa encendida”: recomendación anecdográfica

(La serena y oficial se encuentra aquí)

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Mi reducida experiencia me sugiere que, salvo casos excepcionales más comunes de lo que parecen, el descubrimiento de la poesía como arte, vocación o cosa seria en todo caso empezaba con la lectura escolar de Bécquer y algunos poetas del 27 (pongamos que Salinas o el Lorca y el Alberti neopopularistas), y quienes no se quedaban allí daban su siguiente paso con Neruda, sobre todo sus Veinte poemas. Mi caso, en ese sentido, de excepcional tiene muy poco. Fue el paso siguiente el que fue más personal, para mí medio epifánico.

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Frivolidades

En este artículo de Castellano Actual he echado a un episodio de mi vida profesoral toda la magnanimidad y el buen humor que me caben en el cuerpo. Porque no me negarán que, de estas dos imágenes,

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afirmar (contumazmente) que la que encarna la frivolidad es la de la DERECHA no es como para decirse que más valdría, en verdad, que se lo coman todo y acabemos…

La impaciencia

Desde que mi primogénita, hace cosa de tres años, me salió con que lo que quería hacer cuando sea mayor era “tomar vino”, mi vida familiar discurría bastante tranquila en materia de vicios tradicionales. Pero la amenaza regresó ayer, inesperada, por boca de mi segundogénita que trotaba la calle Lambayeque, más que cantando, jaleando:

—¡Dieci-o-cho! ¡Dieci-o-cho! ¡Dieci-o-cho!

—¿Qué te pasa? ¿Estás contando algo?

—¡Noo! Es que había una sala con juegos que me dijo mamá que no pueden entrar niños, y el año que hay que tener es dieciocho. ¡Dieci-o-cho! ¡Dieci-o-cho!

—Aah… ¿Y tú quieres tener ya dieciocho años para entrar a esos juegos?

—Sí, y mamá me va a comprar un bolso y un celular. ¡Dieci-o-cho! ¡Dieci-o-cho!

De manera que catorce años me quedan para prevenir la ludopatía. Menos mal, porque hay otros hijos que no avisan.

El gobierno (literal) del hogar

Firma_del_rey_Carlos_IV_en_el_Libro_de_Independencia_de_Pradejón.

Será porque mi hija la mayor tiene nombre de emperatriz romana, que a veces pide los favores de manera muy directa:
-Papá, escribe en una hoja de papel que mañana en la mañana no me despierten porque estoy muy cansada. Luego lo firmas y lo cuelgas en mi puerta.
-¿Y por qué no lo haces tú?
-Porque tiene que tener tu autoridad.