… cuando quieren decir naturaleza

No hace tanto que hablar del “Planeta” era hacerlo de un premio de novela tan sustancioso como notoriamente amañado. Últimamente, sin embargo, el Planeta por antonomasia y que no se nos cae de la boca es este en el que estamos, o sea la Tierra. Lo que antes llamábamos, simplemente, el mundo, y los más relamidos alguna que otra vez, el globo.

La expresión “Planeta”, para referirse a este que tan cruelmente pisamos, la interpreto siempre como muestra de cariño. Cómo sufre este planeta que debemos proteger de la humanidad, y qué poderosos  debemos de sentirnos al valorar nuestras posibilidades destructivas. Uno ya no tiene que mantener limpia su habitación, ni su casa, ni su calle, ni –idea ya bastante desmesurada- su ciudad. ¡Qué va! Hay que tener el planeta (510 millones de kilómetros cuadrados) reluciente. No digan que no es para sentirse importante cada vez que se barre el pasillo.

El trato asiduo con la ciencia-ficción nos ayuda a pensar en dimensiones planetarias. Olvidamos nuestro reducido radio de acción cotidiana ante protagonistas que saltan de un planeta a otro con facilidad humillante para la NASA (que después de años y millones invertidos, no logra colocar un paisano tan siquiera en Marte, que lo tenemos a dos pasos), y antagonistas que revientan de un trallazo cualquier cuerpo celeste que se les meta en el camino y todo porque la princesa de turno no quiere revelar dónde escondió los planos (hombre, ¿tanto avance tecnológico y no saben aún leer el pensamiento?).

Bueno, tampoco hay que ponerse así…

A ese sobredimensionamiento de las posibilidades destructivas del hombre se une una curiosa invisibilidad. Ya que hemos hablado de ciencia-ficción, es como para sentirse extraterrestre: se habla del Planeta o nos endiñan un documental tras otro con imágenes del Planeta, y uno se pasa horas viendo océanos, ballenas, icebergs, pingüinos, manadas de cuadrúpedos, pero ni rastro de una casa, una fábrica, un barco, un balón, ni tan siquiera de una de esas famosas siete postales más votadas por los internautas maravillas del mundo, con lo que abultan. Supongo que, si las hubieran llamado Siete Maravillas del Planeta, sería otra cosa, pero donde esté la habilidad del topo para excavar su madriguera…

Es que ni comparación, hombre. ¡Dónde va a parar…!

Yo, por el planeta, no me preocupo demasiado gracias a haber leído de adolescente al profesor Ian Malcolm. Nuestra especie, nuestro aire, nuestra agua, nuestras plantas y animales, eso sí que empieza a ser preocupante según dicen, pero esta cósmica bola que habitamos tiene existencia (y puede que hasta vida, ahí ya no me meto) asegurada por largas edades.

¡Huy!

–Entonces, ¿qué es lo que está usted diciendo?: ¿que no nos deberíamos preocupar por el ambiente?

–No, claro que no.

–Entonces, ¿qué?

Malcolm tosió y fijó la mirada en el infinito:

–Seamos claros: el planeta no está en peligro. Nosotros estamos en peligro. No tenemos el poder de destruir el planeta… ni de salvarlo. Pero podríamos tener el poder de salvarnos a nosotros mismos

(Michael Crichton, Parque Jurásico)

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