(Sobre) El castellano de Tarzán

Pigmeos

Escolios a un texto implícito (quien lo quiera explícito, pinche aquí)

Para Antonio Guardiola, con gratitud entre otras cosas

Primero: Aun habiendo podido titular la entrada “El español de Tarzán”, cambio el nombre del idioma por su sinónimo. En parte, por obvia alusión al título de la página donde se publica el artículo. Y, también, por evitar que algún iniciado en la materia piense que me estoy refiriendo a un individuo de nacionalidad española. En las novelas de Edgar Rice Burroughs recuerdo que aparecían dos. Tarzán el indómito presentaba el hallazgo del cadáver centenario de un aventurero español: no ocupaba mucho pero el efecto era gratamente misterioso. En Tarzán el terrible, en cambio, ya actuaba un compatriota mío, Esteban Miranda, cuyo aspecto físico resultaba ser casi idéntico al del rey de los monos, lo cual lo convertía en un peligroso antagonista. Tardé en conocer la existencia de este personaje ambicioso y traicionero porque el primer lugar donde debería haberlo encontrado, las páginas de Tarzán entre pigmeos (sosa manera de retitular Tarzan and the Ant-Men), su presencia se evaporaba misteriosamente, y eso que en el original generaba una importante trama secundaria. Sin duda fue un caso de patriotera censura o autocensura.

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Don José Ido sigue clamando en el desierto

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Hoy como en 1887, quien tiene su gramática bien aprendida y ejercitada sufre al pasearse por la calle y clama en su rincón sin mucha esperanza. Sobre todo pensando la  cantidad de puestos de trabajo que se podrían crear extendiendo la profesión de corrector de estilo, necesaria en toda república. El ay del alma llega hasta el gobierno, a quién si no, como si este no pecara ya de suficientes cosas y que le importan a más gente, analfabetos incluidos:

Andando, andando, le entró de improviso un celo tan vehemente por la instrucción pública, que le faltó poco para caerse de espaldas ante los estólidos letreros que veía por todas partes. No se premite tender rropa, y ni clabar clabos, decía en una pared, y D. José exclamó: «¡Vaya una barbaridad!… ¡Ignorantes!… ¡emplear dos conjunciones copulativas! Pero pedazos de animales, ¿no veis que la primera, naturalmente, junta las voces o cláusulas en concepto afirmativo y la segunda en concepto negativo?… ¡Y que no tenga qué comer un hombre que podría enseñar la Gramática a todo Madrid y corregir estos delitos del lenguaje!… ¿Por qué no me había de dar el Gobierno, vamos a ver, por qué no me había de dar el encargo, mediante proporcionales emolumentos, de vigilar los rótulos?… ¡Zoquetes, qué multas os pondría!… Pues también tú estás bueno: Se alquilan qartos… muy bien, señor mío. ¿Le gustan a usted tanto las úes que se las come con arroz? ¡Ah!, si el Gobierno me nombrara ortógrafo de la vía pública, ya veríais… Vamos, otro que tal: se proive… Se prohíbe rebuznar, digo yo».
(Benito Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta IX,4)

 

Un vicy/o del idy/oma

Supongamos (o pongamos, simplemente) que le han pedido a la portera avisarles si se presentan en casa su padre o su madre. Pasa la mañana y no reciben aviso alguno, pero no porque no haya venido ninguno de los dos progenitores, sino porque se han presentado los dos juntos. Estoy seguro de que pensarán, con toda justicia, que la buena señora es un poco tonta pero sin el poco.
Sin embargo, por razones tal vez derivadas del instintivo respeto que infunden las mayorías habladoras, apuesto a que son ustedes mucho más tolerantes con el extendido uso de ese adefesio gramatical que se escribe “y/o”. Mal hecho. Fulmínenlo de sus textos, corríjanlo de los que tengan a su cargo: no dice nada que la profunda redondez de una “o” no pueda contener por sí sola.

La conkista de México

Ya que hablábamos de cronistas de Indias, ofrezco al respetable algunos párrafos que, gentileza de antiguos ejercicios de Literatura Hispanoamericana, serán muy útiles para  aquel que no quiera ampliar sus conocimientos sobre el apasionante episodio histórico de la conquista de México. Sigue leyendo

Homus políticus

No es errata: vean en esta foto la oferta fotocopiera de uno de los locales que proliferan, reales como los pavos, en las inmediaciones de la Universidad.

Ahora, ¿cómo me lo explico?:

a) Como todo el mundo sabe, todas las palabras en latín acaban en us y cosas raras como esas, así que era lógica la corrección. Errare humanus est.

b) Estrategia comercial: la palabra homo pudiera haber espantado a numerosos alumnos varones de pedir la separata en cuestión, celosos de su machuna fama.

c) Lo que primero se me ocurre siempre, aunque lo deje esta vez para el final: ¡es que no saben ni leer!

Master Plum attacks

La generación de mis padres todavía conocía, en dichos y canciones populares, al Maestro Ciruela. Picio era arquetipo de la fealdad (“El tío Lucas era más feo que Picio” tal vez sea la frase más memorable en toda la obra de Pedro Antonio de Alarcón), Lepe de la sabiduría (quién lo dijera), Calleja de la fantasía o del embuste, el Quico de la gula satisfecha y, así como Abundio o Pichote vendieron su coche para comprar gasolina, el Maestro Ciruela hizo lo que hizo.*

A cualquiera se le escapa un error, y muchos errores si son muchos los textos que tiene que escribir o corregir. De ahí que no sea caritativo hacer sangre con cada fallo que se encuentra en el trabajo de los pobres periodistas y traductores. Su trabajo debería requerir la serenidad del artista, pero se les imponen ritmos industriales** en tareas donde, de momento, una máquina no puede suplirles (cuando lo hace, suele ser peor). Vale la pena hacer colecciones de errores cuando estos tienen un efecto cómico, que nos permita atenuar la tristeza ante el maltrato a la escritura. Por ejemplo, el efecto irónico de leer las distracciones señaladas en naranja… a la luz de lo marcado en amarillo.

 * Como dicen algunos profesores: ¡búscalo en internet!

** A mí mismo, la prisa me impide verificar si “master” es realmente, como aparenta, el mejor sinónimo para “maestro”: ¿no habría hecho mejor poniendo “Teacher”? Creo que sí, pero qué pereza a estas alturas.