Un vicy/o del idy/oma

Supongamos (o pongamos, simplemente) que le han pedido a la portera avisarles si se presentan en casa su padre o su madre. Pasa la mañana y no reciben aviso alguno, pero no porque no haya venido ninguno de los dos progenitores, sino porque se han presentado los dos juntos. Estoy seguro de que pensarán, con toda justicia, que la buena señora es un poco tonta pero sin el poco.
Sin embargo, por razones tal vez derivadas del instintivo respeto que infunden las mayorías habladoras, apuesto a que son ustedes mucho más tolerantes con el extendido uso de ese adefesio gramatical que se escribe “y/o”. Mal hecho. Fulmínenlo de sus textos, corríjanlo de los que tengan a su cargo: no dice nada que la profunda redondez de una “o” no pueda contener por sí sola.

La conkista de México

Ya que hablábamos de cronistas de Indias, ofrezco al respetable algunos párrafos que, gentileza de antiguos ejercicios de Literatura Hispanoamericana, serán muy útiles para  aquel que no quiera ampliar sus conocimientos sobre el apasionante episodio histórico de la conquista de México. Sigue leyendo

Homus políticus

No es errata: vean en esta foto la oferta fotocopiera de uno de los locales que proliferan, reales como los pavos, en las inmediaciones de la Universidad.

Ahora, ¿cómo me lo explico?:

a) Como todo el mundo sabe, todas las palabras en latín acaban en us y cosas raras como esas, así que era lógica la corrección. Errare humanus est.

b) Estrategia comercial: la palabra homo pudiera haber espantado a numerosos alumnos varones de pedir la separata en cuestión, celosos de su machuna fama.

c) Lo que primero se me ocurre siempre, aunque lo deje esta vez para el final: ¡es que no saben ni leer!

Master Plum attacks

La generación de mis padres todavía conocía, en dichos y canciones populares, al Maestro Ciruela. Picio era arquetipo de la fealdad (“El tío Lucas era más feo que Picio” tal vez sea la frase más memorable en toda la obra de Pedro Antonio de Alarcón), Lepe de la sabiduría (quién lo dijera), Calleja de la fantasía o del embuste, el Quico de la gula satisfecha y, así como Abundio o Pichote vendieron su coche para comprar gasolina, el Maestro Ciruela hizo lo que hizo.*

A cualquiera se le escapa un error, y muchos errores si son muchos los textos que tiene que escribir o corregir. De ahí que no sea caritativo hacer sangre con cada fallo que se encuentra en el trabajo de los pobres periodistas y traductores. Su trabajo debería requerir la serenidad del artista, pero se les imponen ritmos industriales** en tareas donde, de momento, una máquina no puede suplirles (cuando lo hace, suele ser peor). Vale la pena hacer colecciones de errores cuando estos tienen un efecto cómico, que nos permita atenuar la tristeza ante el maltrato a la escritura. Por ejemplo, el efecto irónico de leer las distracciones señaladas en naranja… a la luz de lo marcado en amarillo.

 * Como dicen algunos profesores: ¡búscalo en internet!

** A mí mismo, la prisa me impide verificar si “master” es realmente, como aparenta, el mejor sinónimo para “maestro”: ¿no habría hecho mejor poniendo “Teacher”? Creo que sí, pero qué pereza a estas alturas.