‘Moby Dick’, de Melville a Huston (I)

1. El viaje y la aventura

Moby Dick 1

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En larga fila india, como las garzas que toman vuelo, los pájaros corrían ahora hacia el bote de Ahab; cuando estuvieron a pocas yardas, empezaron a revolotear sobre el agua con alegres chillidos de expectativa. Su vista era más aguda que la del hombre: Ahab no lograba ver el menor signo en el mar. Pero de improviso, escrutando aún más en los abismos, vio en lo hondo un punto blanco y viviente, no más grande que una comadreja, que subía con maravillosa rapidez y se agigantaba hasta que se volvió y mostró dos filas de dientes curvos, blancos, centelleantes, que surgían del abismo inescrutable. Era la boca abierta, la mandíbula de Moby Dick; el cuerpo inmenso aún se confundía en el azul del mar. La boca deslumbrante se abría bajo la embarcación como una tumba de mármol (Moby Dick, cap. CXXXIII).

Aun después de haber encontrado pasajes tan visuales como este, con su zoom vertiginoso y aterrador, yo seguiría sin creer posible que Moby Dick pudiera adaptarse al cine. Y si lo creo, es porque mi lectura de la novela ocurrió después de la de algunas versiones juveniles, y también de haber visto efectivamente un par de películas. Sin embargo, justamente porque yo llegaba al libro desde esas elaboraciones, la experiencia del texto íntegro resultó algo desconcertante. Al igual que, por ejemplo, Ulises, La montaña mágica o el Quijote, la novela de Herman Melville se me antojó como una de esas que periódicamente aparecen en la historia de la literatura para poner a prueba la resistencia y flexibilidad del género narrativo. Sigue leyendo

En el principio fue un sapo: sobre Kenneth Grahame y J.R.R. Tolkien (3)

1. Vuelta a El viento en los sauces (y a Tolkien)

2. Progreso amenazante, magia ancestral

3. La peligrosa tentación del viaje.

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Un tercer aspecto bajo el que se puede ofrecer el mundo exterior a los habitantes del Río o La Comarca es el de la potencial aventura. En el primer capítulo de El hobbit, Bilbo reencuentra al mago Gandalf, visitante ocasional de la Comarca tras largas y remotas ausencias, y lo recuerda entre otros con los siguientes términos:

¿No sois vos el Gandalf responsable de que tantos y tantos jóvenes apacibles partiesen hacia el Azul en busca de locas aventuras? Cualquier cosa desde trepar árboles a visitar elfos… o zarpar en barcos, ¡y navegar hacia otras costas! ¡Caramba!, la vida era bastante apacible entonces. Quiero decir, en un tiempo tuvisteis la costumbre de perturbarlo todo en estos sitios.

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Lo malo que es marcharse

—¡Qué tristeza en la frente, querido Octavio de Roméu; qué lejanía en el mirar! —Estoy convaleciente de un viaje.

[Eugenio d’Ors,  Hambre y sed de verdad (1920), en Nuevo glosario]

Regresas de una larga y lejana ausencia al paso veloz de quien reconoce el lugar al que pertenece. Sientes sin embargo un vértigo de extrañeza ante cada diferencia que vas encontrando. Puede que halles a Papá aguardándote en el camino mismo a casa, para recibirte como si nunca hubieses estado fuera, pero siempre contarás en su cabeza unas cuantas canas más. Quizá Mamá no haya permitido que se mueva uno solo de los cojines de tu cuarto, pero fuera de esa realidad cristalizada, con más ya de decorado que de habitación, la vida ha proseguido su rodaje igual que lo ha hecho dentro de ti. Faltan muebles que ya no servían y encuentras nuevos cuadros. Muchos amigos se han marchado igual que tú, cerraron las tiendas y los bares de más toda la vida. Los niños están altísimos, pero han nacido otros.

Todo lo contrario sucede en la convalecencia, esa otra forma de regreso. El dolor es un largo viaje, escribió Luis Rosales. Sales del sufrimiento físico moviéndote con cautela y suavidad, tomando cada objeto con la delicadeza de quien teme hacerse añicos, o que estrena nuevas carnes que le vienen algo holgadas. Percibes con alarma cada pequeña tensión dentro del cuerpo, esa recién revelada bolsa de inmundicia donde ya conoces los estragos que puede causar la porción más pequeña de materia. Y miras todo a tu alrededor con una torpeza que es quizá incredulidad, porque ahí sí que todo parece seguir igual que estaba antes de enfermarte, que la entera naturaleza de las cosas ha permanecido indiferente a las terribles pruebas por las que ha pasado tu organismo.