Y no estaba muerto

Blog que no se actualiza es blog que muere, me decían muchos. Solo recuerdo a un amigo que negara esto, y me parece que es a él a quien tengo que darle la razón. Tras dos meses largos de silencio, vuelvo a asomarse a mi macetario y lo encuentro tan frecuentemente visitado como cuando me esforzaba por publicar nuevas entradas. Lo cual me deja agradecido, pero sobre todo orgulloso al constatar que mi modesta obra ya tiene una vida propia, independiente de su autor.

A juzgar por mis escritos que las estadísticas dan por más visitados, está claro que el éxito  no viene de mi talento literario o de mi atención a cuestiones de actualidad, sino de haber acertado con temas sobre los que  siempre habrá curiosos en demanda de consulta, en el aula o en la vida cotidiana. Es decir, que  a muchos debo de estarles resultando útil. Ojalá que no por ella sea menos agradable.

El caso es que, ante esta inesperada prueba de perfección (es decir, de acabamiento) de mi maceta en el páramo, casi me da pena interrumpir, no vayan a recibirme mis lectores como al coronel Chabert, a Mattia Pascal y a otros resucitados inoportunos. Espero, como mínimo, estar a mi misma altura en este nuevo año de escritura que emprendo.

Maceta de aniversario

Tal día hace un año: me puse bajo el secreto amparo de San Juan de la Cruz y emprendí la redacción de este blog.

Gracias, amigo Yepes.

Gracias, amigo Yepes.

Exponía en esa primera entrada los motivos no sé si para convencerme a mí mismo o bien para obligarme ante los ojos de mis posibles lectores.

Una vistosa ocasión, el día de hoy, para hacer recuento. Sigue leyendo

Opera aperta

Borges decía, no sé con qué palabras, que el escritor publica para dejar de corregir. Le doy la razón, como en tantas cosas. Llega un momento en que hay que decir basta, someter lo que has escrito a la prueba definitiva de la exhibición pública, y empezar a escribir otra cosa. Las palabras y los tonos mejorables del texto son interminables como las pelotillas del jersey, cada corrección crea nuevos detalles corregibles. Así que, una vez publicado, lo mejor es ni siquiera releerse y así no llevarse el disgusto de lo irremediable. Sigue leyendo

Razones para un blog

Que haya un bloguero más, ¡qué importa al mundo! (Espronceda)

    Decido finalmente abrirme un blog.

   Me hago definitivamente el sordo a mis propios argumentos en contra de la empresa: mi notable ineptitud técnica, o la asombrosa superioridad estética e intelectual de esos otros blogueros que sigues y que admiras. Pesan más otros: para empezar, el desordenado montón de papeles (papeles de papel y papeles digitales) que llevo años tenazmente emborronando, cada vez más borrosa la esperanza de llegar a darles forma definitiva y mandarlos en busca de lectores. Soy muy escéptico sobre que la mayoría de ellos encuentre su sitio en revista o editorial alguna, así que recurro a la autoedición barata.

   Qué bien nos hubiera venido esto del blog –la mera existencia de internet- cuando empezábamos a estudiar y todos estábamos deseando fundar una revista con la que sacudir el cotarro de las ideas y las letras. Algunos tuvimos la suerte de lograrlo,  sacrificando al trabajo en equipo buena parte de nuestro egotismo juvenil. Años después, agradecido por todos aquellos obstáculos que me impidieron publicar (demasiadas) burradas en torno a los veinte años, me erijo en mi propio editor virtual aspirando a publicar cosas mejores, y en todo caso sin mayor pretensión que la de poder captar el interés de un lector o, mejor aún, interlocutor.

   ¿Sobre qué? Sobre lo que ((se) me) ocurra… Escribiré de libros y de cine, seguramente. De las mismas palabras, por filólogo. De historia, es probable. De actualidad, puede, siempre que dure lo bastante. De la vida del profesor, seguro que también; tal vez me modere algo con la vida familiar.

   Crear una vida literaria requiere su esfuerzo, y más aún en una ciudad tan refractaria a la cultura como esta. Ya mucha gente cultiva, muy meritoriamente, sus macetas y jardines en medio del desierto, y yo acá planto la mía con la esperanza de verla florecer pacientemente.