Ercilla imagina un aleph

Aleph

Yo, con mayor codicia, por un lado
llegué el rostro a la bola trasparente,
donde vi dentro un mundo fabricado
tan grande como el nuestro, y tan patente
como en redondo espejo relevado.
Llegando junto el rostro, claramente
vemos dentro un anchísimo palacio
y en muy pequeña forma grande espacio.
(La Araucana, segunda parte, XXIII)
Alonso Ercilla y Zuniga 
*oil on canvas 
*44.3 x 41.5 cm 
*between 1576/1578

Autoguiones

(Nota cumplidas las 400 entradas de Maceta en el Páramo)

Hacedor
En su famoso epílogo a El hacedor, Borges revelaba cómo una vida entera de imaginación creadora terminaba revelando la imagen de la cara de su autor. Esta verdad se muestra más clara, y creo que menos rica, en quienes se entregan a las variantes de escritura menos creativas.

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La lectura lapicera: desazones y consuelos

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Imagen prestada de aquí

Una secreta vergüenza por la que a menudo mi memoria ha de pasar: en plena primera lectura de un libro, descubrir unas marcas de lápiz inconfundiblemente mías junto a cualquier renglón o margen. Como para preguntarse, con desazón, para qué leer tanto si nunca alcanzarás a reunir todas las lecturas que quisieras, y de las que llegaste a alcanzar tampoco retendrás más que un vago recuerdo, o  un rastro de grafito en una página olvidada.

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‘El otro lado del viento’: próxima, nueva, incompleta

Cuando Jorge Luis Borges, en su cuento “El milagro secreto”, achacaba al imaginario escritor checo Jaromir Hladík que “como todo escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo que vislumbraba o planeaba”, ni se le tenía por qué ocurrir el nombre de Orson Welles. Yo, sin embargo, con otra perspectiva, no puedo evitarlo: cuando leo sobre la obra filmográfica del gordo errante, me da la impresión de que le conceden el mismo peso a sus obras acabadas que a aquellas que nunca terminó de escribir, filmar ni montar. Eso, a pesar de su fama de genio, o más bien gracias a ella, que a otro no se lo perdonarían.

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De puente a puente

constitucion_espanola_de_1978
Al feriado que es largo hasta tragarse días laborables intermedios, en España lo llaman “puente”. El más popular e inevitable de todos los puentes del año es el que sostienen la antigua fiesta religiosa de la Inmaculada Concepción, 8 de enero, y la vieja fiesta cívica de la Constitución votada el 6 de diciembre de 1978. Ambos pilares parecen en estos tiempos bastante corroídos, a fuerza de desacralizados, aunque algunos me dicen que el consumo que se dispara en estas fechas forma una hojarasca tan densa, que ella por sí sola se basta para mantener en pie la construcción  mejor que la Iglesia y el Estado juntos.

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Vicios y remedios de la novela histórica

Se reprocha frecuentemente a la novela histórica que revela mucho más la visión del mundo del novelista que la del mundo que recrea. A fuer de frecuente reprochador yo también, reconoceré que este juicio muchas veces trata de ocultar la decepción porque la novela no coincide con la visión del mundo del propio crítico. Además, es una crítica demasiado fácil de hacer, puesto que se pronuncia sobre un defecto inevitable. El historiador, como anota en sus Escolios Nicolás Gómez-Dávila, “obviamente no estudia el pasado, sino datos presentes con que lo imagina”, así que con el novelista habrá que ser aún más indulgente: junto con la imaginación, tiene la licencia de la invención. Sobre el juego que hace el hoy con elementos del ayer discurre Borges, tan bien como él suele, en el prólogo a Luna de enfrente:

No hay obra que no sea de su tiempo: la escrupulosa novela histórica Salammbô, cuyos protagonistas son los mercenarios de las guerras púnicas, es una típica novela francesa del siglo XIX. Nada sabemos de la literatura de Cartago, que verosímilmente fue rica, salvo que no podía incluir un libro como el de Flaubert.

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Los héroes cansinos

La isla negra (Hergé)

La narración moderna y posmoderna de aventuras nos ha proporcionado personajes más ricos que los de antaño. Menos perfectos en su maldad e incluso en su bondad, con sus debilidades y sus ambigüedades, con su sistema de valores peculiar que los aparta incómodamente de la sociedad en que se mueven, y ocasionalmente los eleva sobre ella. Se trata a menudo de individuos de conductas reprobables, pero aun así sin la doblez de aquellos poderosos a quienes, sin ser mucho mejores que los otros, una vida afortunada los convierte en “oficialmente” buenos. Sigue leyendo