Flojera y reputación

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Docente que conozco, cuyo nombre no diré, se queja de que en la institución donde trabaja, que me callo, le obligan a aprobar a todos sus alumnos. La indignación que esto produce sobre las prácticas de ciertos centros educativos de este país, no tardo en extenderla a una profunda desolación sobre el funcionamiento del país entero. Ocurre cuando Docente Que Conozco no encuentra mejor símil para quejarse de sus alumnos, que llegan tarde a clase cuando llegan, que no se esfuerzan nada, que esperan recibirlo todo hecho, que decir que se creen que son congresistas.

Profesor de literatura

Concierta entrevistas. Pergeña informes. Asiste a reuniones. Establece horarios. Corrige faltas de redacción elementales. Lidia alumnos suplicantes. Firma pedidos. Calcula presupuestos.
Finalmente, en media luminosa hora de estudio, prepara para clase el comentario de dos poemas de Neruda.

Poca vida en el espacio

Me cae en las manos un curioso librito de hace un par de siglos: Exámenes de Matemáticas que sufrieron (sic) los alumnos de la clase de la Real Maestranza de Caballería de Granada el día 25 de agosto de 1806, amenizados con una Oración inaugural, y varias piezas de Eloqüencia y Poesía.* Un acta que promete ser tediosa lectura, aunque probablemente no le vaya en zaga ningún acto académico actual, y eso que todos parecen haber extirpado la poesía de sus programaciones.

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Frivolidades

En este artículo de Castellano Actual he echado a un episodio de mi vida profesoral toda la magnanimidad y el buen humor que me caben en el cuerpo. Porque no me negarán que, de estas dos imágenes,

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afirmar (contumazmente) que la que encarna la frivolidad es la de la DERECHA no es como para decirse que más valdría, en verdad, que se lo coman todo y acabemos…

La discriminación positiva: ese invento inquisitorial

Menoscabar el derecho de un individuo por favorecer el de un colectivo, con el pretexto de compensar arraigadas desigualdades, siempre me pareció un retroceso a los tiempos del Antiguo Testamento, cuando los padres transmitían culpas a sus hijos. Aunque últimamente me he ambientado algo más cerca, en la España del Santo Oficio.

Auto de fe

Antiguos alumnos becados por falta de recursos le ajustan las cuentas a los hijitos de papá

Esto requiere explicación. Sobre todo, porque los parangones cotidianos con la Inquisición suelen ser poco rigurosos. A demasiadas voces críticas o censuras personales (eclesiásticas, periodísticas, políticas…) se les suele replicar con el adjetivo de “inquisitoriales”. Algo tan fácil, impactante y vago como, en otros contextos (o no tan otros), “racista”, “radical”, “medieval”, “fascista”, “golpista”, “terrorista”, “nazi”, “caviar”… y no se me ocurren más.

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El desorden del día

Armario

Mi compañera de fatigas culturales CVP elogió lo ordenado de la librería de mi oficina, que no parecía la de un hombre. Aunque matizó en seguida que tal vez  yo, simplemente, era un hombre ordenado, no logró evitar que me pusiera a pensar en voz alta. Tal vez ocurría que la estantería de mis libros la uso poco; que esta encierra a mis espaldas, tras sus vidrios, la ilusión de una vida universitaria cuyas horas las ocupe, en su mayor parte, el estudio intenso y dedicado. Frente a mí, en cambio, está mi diaria realidad: una mesa cubierta de muchos papeles, la computadora (llamarla “ordenador” sería broma cruel) y algunos libros de los que no puedo olvidarme, aquellos que vivo dejando todos los días para mañana, y no a menudo para algún otro día indefinido. Una mesa que, esta sí, vive en varonil desorden.

Escritorio