Carpenter & Lydecker

Lo que tiene el encanto: sendos ternos impecables, sedas frases con aplomo y puntería, y pueden convertirse en mis héroes dos repelentes personajes personajes que Laura, el fascinante filme de Otto Preminger, acertó a crear para la historia del cine.
Shelby Carpenter: “No sé gran cosa de nada, pero sí sé un poco de casi todo”.
Waldo Lydecker: “Yo no escribo con lapicero, utilizo una pluma de ganso mojada en veneno”.

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También de pan vive el hombre

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Con esto de la larga cuarentena (en la que el cuarenta ha devenido un número largo e impreciso, como los cuarenta días y cuarenta noches del diluvio), se han multiplicado las peticiones de rescate a los gobiernos. Igual que la demanda de abastecimiento no había ni que formularla; la de apoyo oficial a las ciencias, al menos a las sanitarias, se ha vuelto unánime. Por su parte, la reclamación de apoyo a las artes, o a lo que podemos llamar la industria cultural, ha sido menor, pero con el eco que suele tener cuando la arman voces conocidas. Sigue leyendo

Nace la derecha

O una modalidad de ella, en fin, que ha tenido desde 1823 tiempo sobrado de expandirse. (Advertí que contribuiría a la sopa galdosiana de este año; acá va un primer tropezón):

Mi fastidioso interlocutor era liberal templado, partidario de un justo medio, muy justamente mediano, y de las dos cámaras y del veto absoluto. Había tenido sus repulgos de masón, repetía los dichos de Martínez de la Rosa y era bastante volteriano en asuntos religiosos. Defendía al clero como fuerza política; pero se burlaba de los curas, del Papa y aun del dogma mismo, sin que esto fuera obstáculo para creer en la conveniencia de que hubiese muchos clérigos, muchos obispos, muchísimas misas y hasta Inquisición. En suma: las ideas del Marqués eran el capullo de donde, corriendo días, salió la mariposa del partido moderado.

(Los Cien Mil Hijos de San Luis, cap. XXII)

Salvar al general Ros

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“Los poetas contemporáneos”, por Esquivel. (Para mí, siempre se titulará “¿Dónde está Antonio?”).

Me lanzo al rescate de un nuevo artículo que escribí hace mucho, digno de mi macetero. Lo dedico a un autor igualmente digno de rescate: Antonio Ros de Olano (1808-1886), que fue caraqueño de nacimiento y catalán de crianza, militar de formación y escritor de afición, político de orden y romántico de temperamento. El resto, lo digo (o lo dije) en las páginas que siguen.

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En Fábula 22 (2007)

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La decadencia exigida

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Andan los medios en España algo revueltos, aparte de por cuestiones importantes, por asuntos de historiografía, quién lo iba a decir. Cómo estará el encono que hasta el diario superpoderoso se esmera en desautorizar a la historiadora de la polémica.
En mis primeras semanas de estudiante universitario, varios profesores míos celebraban cómo nos habíamos librado, después de cuarenta años de dictadura, de una historia oficial. Me parece que estas y otras polémicas revelan, entre otras cosas, que ya estamos echando de menos aquella, o cualquier otra, siempre y cuando sea lo suficientemente oficial como para que confirme lo que ya sabíamos o lo que deseamos. que en este caso, por abrumadora mayoría, parece ser una convicción providencialista de España como país destinado a ser primera potencia política y cultural de Occidente. La disputa viene cuando se trata de identificar al culpable de que no haya sido así: por dejarse influir por el extranjero o por no haberse dejado; por expulsar o por no expulsar; por rendirse o por resistir…

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Jimena feminista, Rodrigo liberal

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Dentro de esa tendencia que ya se anunciaba de publicaciones sobre el Cid, la más reciente parece ser un libro de pura historia,  El Cid, historia y mito de un señor de la guerra, de David Porrinas.

De toda la sustancia que trasluce en las entrevistas y reseñas que leo sobre él, me ha agradado, por supuesto, ver confirmada mi hipótesis del otro día sobre el estilo musulmán de Rodrigo Díaz como señor de Valencia. Que la mayoría de su hueste fuese mora es nuevo para mí, pero tampoco extraña: puestos a trazar paralelos históricos, la mayoría de las tropas de la España imperial no eran españolas, y también las tropas de Cortés y Pizarro (o las de Canterac y La Serna) contaban con más indios que españoles.

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Del Cid o de los Cides

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 El cronista anónimo se lo hace decir a ese mismo pueblo en el viejo romance del Cid, y uno recuerda con frecuencia sus palabras cuando considera la triste historia de nuestras gentes, que siempre dieron lo mejor de sí mismas, su inocencia, su dinero, su trabajo y su sangre, viéndose en cambio tan mal pagadas: «Qué buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor» (Arturo Pérez-Reverte, El capitán Alatriste,VI).

En fin. Que allí, en Santa Helena, el Enano seguía haciendo memoria. A vueltas con los españoles y el Cid, la cita era algo del tipo «qué buen vasallo que fuera si tuviese buen señor» (Arturo Pérez-Reverte, La sombra del águila VIII).

Y confirmando así unos y otros, rojos y azules, otra vez en  nuestra triste historia, aquel viejo dicho medieval que parece nuestra eterna maldición nacional: “Qué buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor” (Arturo Pérez-Reverte,  Una historia de España LXXXI)

No llego a más citas. Creo que había otra del mismo estilo en El húsar, primera novela del escritor, pero no la tengo a mano para refrescarme la memoria. En todo caso, estas poquitas me llevan a recibir sin mucha sorpresa el anuncio de que el autor de El capitán Alatriste va a dedicarle un libro a Rodrigo Díaz de Vivar. La noticia me ha llevado más bien a preguntarme cómo es que ha tardado tanto. Es de esperar que esta vez le saque jugo a otros pasajes del Cantar, del romancero o de la historia.

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Rico y Angulo, periodista del siglo XIX

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Desde los peruleros Francisco de Ampuero y Pedro del Castillo hasta los cientos de familias anónimas que, en tiempos menos heroicos, acrecentaron la ciudad chilena de Rancagua, los riojanos han puesto también su granito de uva en la construcción de América. A la sombra de los Andes existen un Logroño ecuatoriano y una Rioja peruana, además de otra argentina que, en honor a su cepa, es una región rica en vinos. Por si esto fuera poco, el Perú le debe también su primer periodista político a mi terruño (uno es de donde hace el doctorado, al menos con una beca).

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Conquistadores españoles, mito anglosajón

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Los conquistadores españoles de América fueron aventureros de pocos escrúpulos pero a quienes la historia cultural privó de la aureola romántica de otros sujetos no mucho más recomendables, tales como piratas del Caribe, pioneros del Oeste o exploradores de África. La literatura tiene aquí mucha responsabilidad, y ya me referí otras veces a cómo los protagonistas de la crónica de Indias llegaron demasiado pronto para beneficiarse del propicio género de la novela. Sigue leyendo

Sobre España y sus héroes

“No conozco ningún héroe español”, me declaró cierto alumno con un tono que invitaba a contestarle que no importa, que fuera del Perú tampoco conoce nadie a Miguel Grau. Pero es mejor morderse la lengua y reconocer que, efectivamente, en relación con la dimensión cultural y política de España a lo largo de su historia, sus héroes son más bien poco conocidos. Hasta para la misma España. Sigue leyendo

La primera es la que cuenta

o Un Greco revisado

El Escorial

Me gusta el monasterio del Escorial, más allá de lo anecdótico de festivos cursos de la Complutense -tinto de verano- o invernales días de sol frío -tinto a secas-, por su mezcla de monumentalidad y recogimiento. Coloso de granito en pueblito estepario, que prefiere el huerto al jardín versallesco, la recta y la arista al floripondio barroco. Que progresa de la fachada ciclópea al cuarto de estudio, del rey al hombre y, finalmente, a la osamenta; de la losa de mármol al baldosín de loza castellana. Me gusta por la manera en que se mimetiza en el paisaje, llanura con sierra al fondo que emana un frío cortante igual que sus esquinas. Me gusta porque, denostado por tantos autores (ejemplo), más por su historia que por su arquitectura, ha merecido luminosos versos de poetas caribeños, quién lo dijera.* Por último, me agrada por algunos de sus tesoros, la sala de los mapas o ciertas pinturas del Greco que tan poco agradaron, dicen, al rey constructor.

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Reyes, armaduras y todo eso

Carlos V por Tiziano

Los Incas –esos señores tan serios– quedan muy lejos, los reyes constitucionales no arraigaron tras la independencia y los que hoy sobreviven en América tienen el pudor de no hacerse llamar reyes. Lo cierto es que en este lado del charco se tiene una idea asaz difusa sobre la institución monárquica y su controvertido pero real papel en algunos países de la Europa contemporánea. Para el imaginario común, Sigue leyendo

El español de la historia

Iñigo de Loyola herido

Era difícil de imaginar hace unos años la abismal bajada que habría de sufrir Juan Carlos I en la estima de su pueblo. Como prueba ejemplar, aquella encuesta ciudadana que, ignorando los siempre antidemocráticos procesos de estudio y discusión, proclamó al hoy jubilado monarca como el español más importante de la historia.
La posible perplejidad ante esta interpretación de un milenio de existencia se convertía en legítimo bochorno cuando se atendía a muchos de los siguientes clasificados del concurso de miss Popularity. Sobre todo, claro, porque mis favoritos no habían sido tan votados como yo hubiera querido. De hecho, este sondeo para el que jamás fui sondeado me invitó a entretenerme un rato pensando cuál hubiera sido mi respuesta. A falta de imaginación para criterios positivos, recurrí a los negativos, es decir, ¿la ausencia de qué español hubiera conllevado, para el mundo de hoy, mayor y más variado número de ausencias? Sigue leyendo