Aburridos sin caudillos

A finales de enero, ni la fecha exacta recuerdo ahora, tenemos elecciones en Perú. Pero, como son solo al Congreso, no le importa a nadie. Nunca se me había hecho tan patente la índole caudillista de nuestra democracia. Nadie se interesa por alguien cuya función será el diálogo desde un breve escaño: lo queremos monologando desde un palacio. Sigue leyendo

Jimena feminista, Rodrigo liberal

Estatua_del_Cid_(Burgos)

Dentro de esa tendencia que ya se anunciaba de publicaciones sobre el Cid, la más reciente parece ser un libro de pura historia,  El Cid, historia y mito de un señor de la guerra, de David Porrinas.

De toda la sustancia que trasluce en las entrevistas y reseñas que leo sobre él, me ha agradado, por supuesto, ver confirmada mi hipótesis del otro día sobre el estilo musulmán de Rodrigo Díaz como señor de Valencia. Que la mayoría de su hueste fuese mora es nuevo para mí, pero tampoco extraña: puestos a trazar paralelos históricos, la mayoría de las tropas de la España imperial no eran españolas, y también las tropas de Cortés y Pizarro (o las de Canterac y La Serna) contaban con más indios que españoles.

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Del Cid o de los Cides

Estatua_del_Cid_(Burgos)

 El cronista anónimo se lo hace decir a ese mismo pueblo en el viejo romance del Cid, y uno recuerda con frecuencia sus palabras cuando considera la triste historia de nuestras gentes, que siempre dieron lo mejor de sí mismas, su inocencia, su dinero, su trabajo y su sangre, viéndose en cambio tan mal pagadas: «Qué buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor» (Arturo Pérez-Reverte, El capitán Alatriste,VI).

En fin. Que allí, en Santa Helena, el Enano seguía haciendo memoria. A vueltas con los españoles y el Cid, la cita era algo del tipo «qué buen vasallo que fuera si tuviese buen señor» (Arturo Pérez-Reverte, La sombra del águila VIII).

Y confirmando así unos y otros, rojos y azules, otra vez en  nuestra triste historia, aquel viejo dicho medieval que parece nuestra eterna maldición nacional: “Qué buen vasallo que fuera, si tuviese buen señor” (Arturo Pérez-Reverte,  Una historia de España LXXXI)

No llego a más citas. Creo que había otra del mismo estilo en El húsar, primera novela del escritor, pero no la tengo a mano para refrescarme la memoria. En todo caso, estas poquitas me llevan a recibir sin mucha sorpresa el anuncio de que el autor de El capitán Alatriste va a dedicarle un libro a Rodrigo Díaz de Vivar. La noticia me ha llevado más bien a preguntarme cómo es que ha tardado tanto. Es de esperar que esta vez le saque jugo a otros pasajes del Cantar, del romancero o de la historia.

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Iohannes S.A.

A Umberto Eco, in memoriam

Los mitos medievales más populares de hoy día, como la tierra plana o la persecución de brujas, deben su permanencia a tener más de fabulaciones modernas que de medievalismo.

Primera imagen conocida de Arturo y compañía (catedral de Módena)

Otra figura mítica conocida es la del rey Arturo. Esta feliz falsificación, auspiciada por unos reyes de Inglaterra que querían presumir de ancestros a la altura del Carlomagno de los francos, nació en las cortes del siglo XI. Desde allí, los poetas lo difundieron por toda Europa, donde fue acogido como un símbolo de pasada grandeza por una nobleza feudal que empezaba su declive. Tras siglos de olvido, otros poetas lo resucitaron en el siglo XIX a mayor gloria de los gentlemen británicos que, inspirados por las gestas de Cecil Rhodes o las prosas de Rudyard Kipling, se querían comer el mundo en tiempos de Victoria y Eduardo. El resto, o sea su descenso de mito cultural a leyenda audiovisual, lo fue haciendo Hollywood a lo largo del siglo XX.

Enésima puesta al día

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